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#SemanaSantaSalvada

La ministra de Industria, Comercio y Turismo, Reyes Maroto, se ha pronunciado en el programa ‘Gente Viajera’ de Onda Cero sobre la posibilidad de que Semana Santa sea «el reinicio de los viajes nacionales si se cumplen las medidas de seguridad».

Como venimos informando desde la revista ECCLESIA, la mayoría de diócesis españolas, desde hace semanas, se han sumado a la cancelación de las procesiones ante la dramática situación que está viviendo nuestro país. Los actos de culto externo quedan suprimidos para evitar exponer al contagio a la comunidad de fieles y curiosos en la devoción de las imágenes de la Pasión de Cristo.

En Twitter, ante las declaraciones de la ministra, la jauría de aburridos en pijama y atiborrados de desinformaciones se ha puesto a pontificar sobre las implicaciones que esto tendrá; sobre los pingües réditos que la Iglesia sacará  y sobre la “incuestionable” cuarta ola que nos llevará, como los versos de Robe Iniesta, «galopando un camino empedrado de horas, minutos y segundo»,  hasta la siguiente ola. Y así en una literatura distópica que se agota en los límites de la fantasía de cada uno.

Sin embargo, la realidad opera por otros cauces.

Por eso cabe resaltar los hechos que se exponen a los ojos del mundo. Hechos que muchas veces nos gustaría que no estuvieran ahí. Pero lo están.

La Semana Santa, hasta el año 2019, dejaba centenares de millones de euros repartidos por toda la geografía nacional que revertían directamente en las ciudades, pueblos, villas, pedanías y concejos más remotos y despoblados. Bares, hoteles, casas rurales, pastelerías, restaurantes, supermercados, gasolineras… Hasta las tiendas musicales y las imprentas que sacaban calendarios con imágenes de los pasos cuadraban la caja.

Sin embargo, estos no son los motivos por los que hay que hacer el etiquetado de salvemos la Semana Santa —ni en su defensa ni en su crítica —. La Semana Santa ya está salvada porque ésta misma concluye en salvación. Y esto se entiende bien desde el «polvo eres y en polvo te convertirás» hasta el domingo en el que se anuncia que Cristo ha vencido a la muerte.

Este año, como el anterior, bastará con hacer algo de silencio para escuchar el eco de los redobles de tambores que anuncian la Buena Nueva.

Esto es lo que proclaman los cristianos. Esto es a lo que nos anima cada obispo, cada párroco, cada religiosa, cada laico comprometido. Que vivamos con sencillez y humildad esta Cuaresma y Semana Santa —desde nuestro templo doméstico y desde las nuevas condiciones de nuestras parroquias— la certeza de que hay una Esperanza; encarnada en un misterio custodiado en los sagrarios,  que nos alimenta, acoge y fortalece ante los sin sabores y dichas que se dan en los pliegues de la vida cotidiana.

 



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