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Sally Read, la poeta atea sedienta de Eucaristía, en Cambio de Agujas

Sally Read, la poeta atea sedienta de Eucaristía, en Cambio de Agujas

Sally Read pertenece a esa generación de jóvenes poetas que están construyendo el futuro de la poesía británica. Nació en Suffolk, Inglaterra, en 1971. Su familia —de origen protestante—, hacía mucho que había derivado hacia un profundo ateísmo, de corte muy anticatólico.

 

Se formó y trabajó como enfermera psiquiátrica, pero su profunda sensibilidad la empujaba a plasmar en forma de poesía las experiencias que más la marcaban, las que la herían, las que le desconcertaban… Llegó a publicar tres libros de poesías y varias novelas antes de su conversión. Su encuentro con Cristo estuvo precedido por la amistad de un sacerdote bueno, amable y con capacidad de responder a sus agresivas preguntas sin perder la paciencia con ella. Pero fueron tres experiencias cercanas a la mística las que cambiaron radicalmente su vida. Tras esas experiencias había llegado a la fe cristiana. La sed de Eucaristía la llevó a la Iglesia Católica.
Sally comienza presentándose: «Me educaron atea. Mi padre era muy ateo. Me inculcó que, la religión, no era solo algo que se pudiese ignorar, sino que era algo malo e incorrecto. Crecí con la ideología de Karl Marx, y le citaba. Así que, siempre me mostré en contra de la religión, sobre todo del cristianismo y de la Iglesia católica».
Es cierto que, en ocasiones, Sally se planteó la existencia de Dios pero, según su forma de razonar, «no veía ninguna razón por la  que Dios tuviese que existir».
De su familia recibió también el preocuparse por los demás, la inquietud por ayudar a los que eran más débiles. Por eso decidió estudiar enfermería, pero en el ámbito psiquiátrico, porque pensaba que este campo le permitiría estar más cerca de las personas concretas, al no tener que atender tanto sus cuerpos, podría escucharles y hablarles. Se describe a sí misma en aquellos años: «Tenía poco más de veinte años. Era muy joven e inocente. Estaba llena de buenas intenciones, pero era muy “pro-choice” y “pro-eutanasia”. Mi padre estaba muy a favor de la eutanasia. Y eso fue un gran reto cuando —como enfermera— tuve que atender a moribundos».
Algunas de estas experiencias con enfermos graves la perturbaban y hacía que se planteara algunas cosas. Con todo, durante los años en los que trabajó como enfermera nunca se planteó seriamente el tema de Dios: «Parece increíble, pero fue años después… De hecho, el mismo año en que me convertí, estaba escribiendo sobre los pacientes de psiquiatría que había cuidado, y fue entonces cuando empecé a pensar en Dios y en el alma. Tenía ese gran vacío. Y, el no saber que Él estaba ahí, hizo todo mucho más difícil». El sufrimiento, en especial, no tenía ningún sentido para Sally: «Escribía poesías y utilizaba la literatura para encontrar una manera bella de expresar las cosas. Cuando tenía una experiencia traumática con un paciente, o algo muy feo ocurría, si podía, hacía una poesía sobre eso para embellecerlo de alguna manera, y lo elevaba a lo eterno. Había algo de religioso en todo eso, pero yo no me daba cuenta. En cierta manera, yo idolatraba la literatura, pensaba que me podía salvar. Pero claro, no puede. Cuando terminas un buen libro, tienes una grata sensación durante un tiempo, pero después se va…».
Fueron años de un fuerte sufrimiento interno. Se esperaba que viviera de una determinada manera, pero esa forma de vivir la hacía daño: «Como mujer joven de poco más de veinte años, no me atrevía a decir que quería casarme. Tampoco ningún hombre en Londres me hubiera dicho: “Oh, yo estoy pensando en casarme”. Estaba fuera de lugar. Y esto es trágico. Yo sufrí mucho cuando tenía alrededor de veinte años por esto. Vivíamos sumergidos en esa ideología extraña de que tenías que tener el mayor número posible de parejas, y que no tenías que decir “te amo” o “estoy pensando en casarme y tener niños”. Eso estaba fuera de lugar. Tuve muchas relaciones que me hicieron daño. Una en particular me hizo mucho daño. Eso formó parte de esa etapa de mi vida, fue una época  desastrosa. Hablo de eso en mi libro, porque creo que —cuando en ese momento toqué fondo—, y sentía que Dios no estaba, de alguna manera la oscuridad y la ausencia de Dios eran tan fuertes que lo uno con mi conversión. Años después descubrí la existencia de Dios, y veía que la inmensidad de la soledad y la inmensidad de Dios estaban relacionadas. Se unían a través de esta experiencia. Y Dios siempre estaba presente».
En esas circunstancias de vacío moral y espiritual, Sally sufrió la muerte de sus abuelos y, poco después, la de su padre, cuando este tenía poco más de cincuenta años: «Siempre estaba buscando algo, pero ese algo nunca me llevó a Dios. Aunque, cuando murieron mis abuelos y mi padre, sí fui a los cuáqueros un par de veces. Quería silencio y sabía que los cuáqueros no te imponían ninguna doctrina o creencia. Entiendo que hay cuáqueros de diferentes clases, pero en Londres, donde yo iba, eran bastante light».
La vida fue pasando, Sally se casó y tuvo un hija. Vivía cerca de Roma y seguía publicando sus libros de poesías: «Estaba buscando un nuevo proyecto, algo nuevo para escribir. Y decidí escribir un libro sobre la sexualidad femenina, junto con un médico con quien antes trabajaba en Londres. Queríamos escribir sobre el cuerpo de la mujer y sobre lo que pensábamos que desconocían de su cuerpo. Algo que estaba bien, porque las mujeres no saben mucho acerca de su cuerpo. Queríamos escribir acerca del preservativo, el aborto, el sexo y todo eso. Y yo tenía que entrevistar a muchas mujeres. Era muy fácil encontrar lesbianas, era muy fácil encontrar mujeres sin fe, pero cuando intentaba hablar con mujeres musulmanas, judías y cristianas, nadie quería hablar de eso conmigo. Tenía una amiga en Santa Marinella llamada Cristina. Era una católica muy devota. Y le dije: “¿Puedo entrevistarte para mi libro?” Y me dijo: “¡No, no!” No quería hacerlo por nada del mundo. Yo no podía entender la razón de porqué no quería. Le expliqué que no iban a salir los nombres, solo se contarían los hechos, pero no quiso hacerlo. Yo estaba frustrada y pensé: “Voy a intentar hablar con una monja”. Pero no sabía cómo acercarme a alguna de las hermanas que estaban en el pueblo».
Justo en ese momento, le surgió la oportunidad de hablar con un sacerdote «joven, amable e inteligente». Sally pensó que, tal vez a través suyo, podría contactar con alguna religiosa: «Así que, un día, por desesperación, le escribí y le dije: “Querido Padre, estoy escribiendo un libro sobre sexualidad femenina”. Pensé que a lo mejor le iba a molestar, pero me contestó, y quedamos para hablar. Mientras estábamos valorando cómo hacer este libro, de repente pensé: “Pero ¿cómo puede este hombre que es tan bueno, amable y tan inteligente, ser católico?” Porque, en ese tiempo, estaban saliendo todos los escándalos de casos de abusos en la iglesia. Yo odiaba a la Iglesia. Pensaba que era horrible, algo malo».Sally descargó agresivamente contra el sacerdote todas sus dudas y prejuicios sobre la Iglesia Católica: «Le dije: “¿Le puedo hacer algunas preguntas?” Y me dijo: “Por supuesto”. Así que le escribí algunas preguntas, cosas como: Si, al hacer una inversión,  descubres que la mafia tiene conexiones con tu banco ¿No  cambiarías de banco? Así que, ahora que sabes que la Iglesia Católica está llena de abusos, ¿por qué no te cambias de Iglesia? ¿Por qué las mujeres no pueden ser sacerdotes? Y una lista de preguntas así… Él me contestó, y tuvimos una conversación muy animada por e-mail. No fue una casualidad el que P. Gregory apareciese en mi vida. Era un sacerdote joven que había sido superior de la orden de San Basilio en Ucrania. Tuvo que salir del país por amenazas de muerte. Le querían matar porque estaba luchando contra la corrupción. Así supe que él estaba en contra de la corrupción. Sabía que había arriesgado su vida por el bien de la Iglesia y de la sociedad en general. Y eso me tranquilizo. No era uno de los malos, era uno de los buenos. Y, sin embargo, su lealtad a la Iglesia y al Papa eran firmes, y su fe en Dios era un testimonio. Creo que eso me impactó».
Pero los argumentos del P. Gregory no bastaron para convencer a Sally. Ella seguía escribiendo su libro con las experiencias de sus pacientes de psiquiatría, y el mismo curso de su investigación la llevó a reflexionar sobre el alma: «Reflexionaba que, si alguien tiene Alzheimer y no se acuerda ni de su propio nombre, ¿qué es lo que  queda en él? ¿Qué puede expresar? ¿Qué queda? Al final, estaba pensando sobre el alma. Y, a lo mejor suena extraño, pero estaba muy, muy nerviosa y revuelta. Sentía que estaba ansiando algo, pero no sabía lo que era. Y ese fue el comienzo de esa experiencia de conversión tan grande, que ocurrió prácticamente entre abril y mayo de 2010».
Visto que los argumentos no eran suficientes para convencer a Sally, Dios mismo tomó cartas en el asunto: «En ese momento, Dios entró en el asunto. La gente se olvida de que él no es un agente pasivo, sino que tiene un plan para cada uno de nosotros. En mi caso ha sido muy claro que Dios estaba esperando su momento, hasta que mi alma estuvo preparada para poder recibir este nuevo conocimiento». Sally vivió este «asalto» de Dios en tres tiempos, a través de tres experiencias que rozaban el campo de lo místico: «Al principio, tuve tres —por llamarlo así—, experiencias místicas. Me doy cuenta, mirando hacía atrás, de que eso es lo que fueron. La primera ocurrió así: estaba sentada en el borde de la cama leyendo un libro que ya había leído muchas veces antes, “Capturar el Castillo”. Es un libro de niños, muy bueno. En la historia aparece un vicario que está hablando con el joven protagonista, que es ateo, y le está explicando acerca de la religión. Y dice cómo el arte está en esforzarse por buscar la comunión con Dios. Y dice que la palabra “Dios” es una forma taquigráfica de referirnos a ese del cual venimos y hacia el que vamos, y de qué trata todo eso. Y tuve una epifanía, un entendimiento de que existía Dios, de que había un creador. Fue algo aplastante. No sabía ningún atributo que pudiese tener Dios. Era un Dios sin rostro. No sabía si era el Dios cristiano o el Dios del Islam o de otra cosa. Pude  sentir mucha alegría y pensé: “Si este es el creador, y si este creador me conoce, hay razón para estar super alegre”. Pero también tuve miedo, porque no entendía por qué existía el sufrimiento en el mundo, y ¿qué tipo de Dios era este si lo permitía?»
Gracias a Dios, ahora Sally tenía al P. Gregory para poder hablar y consultarle sus inquietudes espirituales: «Empezamos a hablar de eso. Y en esa misma primavera, hubo otros dos momentos… Uno donde tuve una experiencia muy extraña con el espíritu una noche. Fue como un sentimiento de rendimiento completo, una experiencia donde se me caían las lágrimas continuamente. Físicamente sentía como que me había ablandado. Algo increíble. Y la última experiencia, y la que finalmente me trajo la paz: Entré en una Iglesia cerca del colegio de mi hija. Estaba sentada ahí, con mis pies sobre el rodillero, llorando. Y, de repente, miré hacia arriba y vi un icono de Cristo, y le dije: “Si estás ahí, me tienes que ayudar”. Y de repente, hubo una presencia que bajó a mí, y casi me levantó. Y las lagrimas se secaron, y la cara se me relajó. Era como si hubiera tenido amnesia toda mi vida, y como si alguien que conocía de toda la vida entrase en la habitación y me lo devolviera todo. Fue una experiencia de las más increíbles, cambió todo”. 

La poeta atea era ahora cristiana, totalmente cristiana. Había sido un proceso de unos nueve meses. Pero todavía tenía que descubrir la Iglesia Católica. El hambre de Eucaristía la llevó definitivamente a su verdadero hogar: “Durante ese verano estuve leyendo a los místicos: San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila, también a Tomás de Aquino y los Evangelios, que son de mucha importancia. Pero, más importante aún, es que me di cuenta que yo siempre buscaba visitar una Iglesia católica. Quería estar con Cristo. En ese momento yo no sabía lo que era el sagrario, pero sabía que, cuando entraba a una iglesia católica, sentía su presencia. Y cuando, después de un tiempo, caí en la cuenta  de que eso era donde se guardaba la hostia, tan sólo quería recibir la comunión. Fue esta hambre total por la Eucaristía la que me empujó hasta la Iglesia católica. Fue entonces cuando todo se colocó en su sitio, el amor a Cristo ocupó su lugar. Empiezas a ver cómo la lógica y el amor van juntos. No puedes tomar el amor y decir: “Bueno, voy a hacer lo que me da la gana”. Se trata de amarle tanto que su ley tiene sentido absoluto en tu corazón. Por eso, a finales de ese verano, quería ser católica, y en diciembre me hice católica».
Poco a poco sus ideas sobre la homosexualidad, la anticoncepción, el sexo como recreación… fueron transformándose según el Corazón de Cristo. El día de su entrada en la Iglesia Católica fue una jornada inolvidable: «Experimenté un gran sentido de alivio. Al recibir la Comunión, fue como un abrazo. Y sentir, como dice la gente, que había vuelto a casa. Sentí mucho amor y mucha certeza». El cambio operado en la vida de Sally Read fue realmente grande: «Voy a Misa todos los días. Y la oración es algo muy importante en mi vida. Yo siempre he sido una persona inquieta, y todavía lo soy. En ese sentido no cambiamos, tenemos estas cosas, esas cruces que tenemos que cargar. Pero ahora, casi siempre, puedo ir a Cristo en seguida  para que me ayude y para poner las cosas al pie de la cruz. Eso es una ayuda muy grande. Así que las cosas han cambiado muy notablemente, y no me desespero ante las dificultades como antes». 

 

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