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Opinión

Salir a las periferias, testigos de la misericordia de Dios – editorial Ecclesia

El cardenal-arzobispo de La Habana, con autorización del nuevo Papa, difundió días atrás el texto que leyó el cardenal Bergoglio durante las congregaciones generales previas al cónclave. Se trata de texto breve pero enjundioso, que desvela el verdadero rostro del Papa Francisco y que pudo producir en el aula cardenalicia una auténtica sacudida. El entonces arzobispo de Buenos Aires afirmaba que “la Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no solo las geográficas, sino también las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria”. Y añadía que “cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar deviene autorreferencial y entonces se enferma”.

Estas mismas ideas las ha ido repitiendo y desmenuzando el Santo Padre con insistencia y claridad a lo largo de sus ya numerosas intervenciones. No cabe ya duda de que el Papa Francisco es el Papa de las periferias, lo cual es, a nuestro juicio, otra manera de denominar a la nueva evangelización y, en suma, de retomar y renovar el mandato evangélico, reactualizado por el Concilio Vaticano II y por los últimos de Papas, de que la identidad misma de la Iglesia es la misión, una misión además siempre samaritana.

En relación a todo ello, bueno será asimismo recordar que en la última Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (V CELAM, Aparecida, mayo 2007), el entonces cardenal Bergoglio fue el presidente de la comisión de redacción del documento final de la misma, el documento que urgió a la Iglesia latinoamericana a la llamada Misión Continental. Y ahora diríase, pues, que aquella llamada misionera de hace casi seis años se extiende, se universaliza a la toda la Iglesia.

Para acometer esta misión, para salir a las periferias, el Papa Francisco nos está ya diseñando las actitudes básicas e imprescindibles. En sus intervenciones, una serie de palabras y de conceptos aparecen siempre por doquier. Son las ideas claras, sencillas y claves de la misericordia, el perdón, el amor, la ternura, la cruz, la pascua, la paciencia. Al respecto, se han conocido también y con la pertinente autorización las palabras mediante las cuales Jorge Mario Bergoglio aceptó la elección papal. Fueron palabras no solo muy hermosas, sino también muy significativas. Fueron estas: “Soy un gran pecador. Confiando en la misericordia y en la paciencia de Dios, en el sufrimiento, acepto”.

La confianza en la misericordia del Señor, el saber poner nuestras cuitas y heridas –como afirmó el domingo 7 de abril, segundo domingo de Pascua, Domingo de la Divina Misericordia- junto a las llagas de Jesucristo crucificado y resucitado, constituye, junto a sus gestos, uno de los primeros legados e interpelaciones del Papa Francisco. Y lo es tanto para “los de cerca” como para “los de lejos”. Esto es, el Papa Francisco es muy consciente de que uno de los grandes retos de la Iglesia actual son los alejados, a quienes –y hasta por Twitter- no ha dejado de hacer “guiños”.  El mismo Domingo de Pascua escribía en la citada red social: “Acoge a Jesús resucitado en tu vida. Aunque te hayas alejado, da un pequeño paso hacia Él: te está esperando con los brazos abiertos”.

Servir la misericordia de Dios a toda la humanidad –misión permanente de la Iglesia de hoy y de todos los tiempos- requiere igualmente de parte de todos los sacerdotes el revestirse de los verdaderos sentimientos y actitudes de la identidad y ministerio sacerdotal. Especialmente emblemática al respecto fue la homilía del Papa Francisco en la Misa Crismal (ver páginas 30 y 31). El Papa quiere sacerdotes encarnados, entregados, ungidos y servidores. “Pastores –dijo textualmente- con olor a oveja”. Y esta afirmación ha de resonar en el corazón de todos los pastores de nuestra Iglesia no como una acusación, sino como un don, como un aldabonazo, como una invitación al permanente examen de conciencia para que sepan dar siempre lo mejor de sí mismos y del ministerio recibido.

El “pastores con olor a ovejas” creemos, por nuestra parte, que también se puede parafrasear, traducir, trasladar al laicado con ecos como “sed cristianos con olor a la humanidad”. Y es que la Iglesia, fue instituida por el Señor no para sí misma, sino para los demás. Para salir a las periferias, testimoniando su amor y su misericordia.



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