Carta del Obispo Iglesia en España

Salid al encuentro del Señor que viene, mensaje de Adviento, por Mario Iceta, obispo de Bilbao

Monseñor Iceta hace una llamada especial a favorecer “personal y socialmente”, la unión de todas las fuerzas e instituciones, civiles, sociales, empresariales y políticas, para afrontar la actual crisis y encontrar caminos compartidos y medidas justas, equitativas y valientes, “que nos permitan construir  un futuro digno para todos”.

Queridos hermanos y hermanas.

1. Casi sin darnos cuenta, ha terminado el año litúrgico y nos encontramos a las puertas del Adviento. Constituye un tiempo precioso para disponernos a esperar al Señor que viene. Una espera siempre activa. La hojarasca que inunda y oscurece nuestra vida no nos deja percibir en muchas ocasiones lo esencial, lo que verdaderamente importa. Entre el torbellino de ocupaciones, se nos presenta este tiempo para elevar la mirada a Quien es la esperanza cierta, de Quien verdaderamente nos podemos fiar. Dios no nos ha dejado solos ante los avatares de los acontecimientos. Él no hizo alarde de su categoría de Dios sino que, tomando la condición de esclavo, se ha hecho uno de nosotros (cfr. Flp 2, 6-7). Por eso es capaz de compadecerse de nuestras debilidades, porque, en su humanidad, ha sido probado en todo como nosotros, menos en el pecado y por ello podemos acercarnos con confianza, para encontrar en Él la gracia y la misericordia que nos ayude oportunamente en nuestras dificultades (cfr. Hb 4, 15).

2. En estos tiempos en los que parece que la esperanza se ha escondido, Jesús vuelve a mostrarnos su humanidad probada por el sufrimiento, y a anunciarnos que en Él hemos vencido a todo aquello que oprime nuestra dignidad de hijos e hijas de Dios. Esta humanidad de Jesús se prolonga en su Iglesia, que ha sido constituida a modo de sacramento, instrumento o signo de la presencia viva y vivificante de Dios en medio de nosotros. Por eso, como afirma el concilio, “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo (GS 1).

3. El tiempo de Adviento es tiempo de esperanza, en el que estamos llamados a levantarnos de nuestros desánimos y salir al encuentro de Quien nos muestra el camino de una humanidad renovada en el amor y la misericordia. No hay crisis incapaz de ser superada cuando atendemos a sus causas y raíces últimas que no son otras sino el desplazamiento de la centralidad de la dignidad de la persona considerada como un fin por otros intereses que terminan por alienarla e incluso abolirla. Nos asomamos a este tiempo de Adviento con datos socioeconómicos que continúan siendo una de nuestras principales preocupaciones: una tasa de desempleo en nuestra diócesis superior al 14%, que se agrava en el caso de los jóvenes, sobrepasando el 35%; la pobreza que alcanza a unas 50.000 personas y pone en riesgo de caer en ella a más de 150.000; el drama de los desahucios y de las personas sin hogar que encuentran refugio como pueden en locales abandonados, portales, cajeros automáticos o dramáticamente pasan la noche prácticamente a la intemperie. Conocemos entre nosotros casos de escolares para quienes la comida del centro educativo es prácticamente la única que reciben al día. Por otro lado, sigue siendo escandalosa la enorme diferencia de renta entre diversos sectores de la población y la desigual situación de aquellos que tienen un empleo frente a los que no encuentran trabajo. Todo ello sin olvidar las enormes bolsas mundiales de pobreza que constituyen un clamoroso aldabonazo a nuestras conciencias.

4. En la Carta Pastoral de Cuaresma, los obispos apuntábamos a la crisis antropológica, ética y cultural que subyace a esta crisis económica y financiera. En concreto hacíamos referencia a tres carencias básicas: la de reglas adecuadas para regir el mercado global, especialmente el financiero, la de instituciones con capacidad suficiente para garantizar su buen funcionamiento y, finalmente, la carencia ética, sin la que esta crisis no se habría producido del modo como lo ha hecho (Obispos de Pamplona-Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, Una economía al servicio de las personas. 2011, 12). También el Santo Padre beato Juan Pablo II afirmaba que es necesario denunciar la existencia de unos mecanismos económicos, financieros y sociales, los cuales, aunque manejados por la voluntad de los hombres, funcionan de modo casi automático, haciendo más rígida las situaciones de riqueza de los unos y de pobreza de los otros (Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, 16).

5. Pero como os decía anteriormente, el Adviento nos abre caminos de esperanza cierta y, al mismo tiempo, nos constituye a nosotros mismos en sembradores de esperanza a través del compromiso personal, familiar, comunitario y social. Así lo reconocemos en diversas llamadas que la Palabra de Dios nos ofrece durante este tiempo. La meditación orante de la Escritura, la celebración de la Eucaristía y del sacramento de la Reconciliación, junto con la caridad generosa y operante hacia los necesitados constituyen los medios fundamentales que la Iglesia nos ofrece para la preparación a la celebración de la Navidad. La segunda lectura del primer domingo nos introduce en uno de los aspectos de este tiempo mediante el deseo del apóstol San Pablo: Que el Señor os haga progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos (1 Tes 3,12). El amor no conoce fronteras y es siempre motor de renovación personal y social, haciéndonos capaces de recuperar la centralidad de la persona y el sentido último del destino universal de los bienes con implicaciones concretas e inmediatas a la situación actual en clave de compartir con generosidad y de colaborar al logro del bien común.

6. El mensaje de Juan Bautista nos interpelará directamente los dos domingos siguientes. Primero, valiéndose de las palabras del profeta Isaías: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas,… lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos (Lc 3,4-5). Aquí percibimos una llamada directa a colaborar en la superación de las injusticias, consecuencia directa del pecado personal y comunitario. El texto bíblico nos ofrece pautas concretas en este camino de conversión y espera. Así Juan Bautista propone que el que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo (Lc 3,11).

7. Finalmente, en la antesala de la Navidad, la escena de María con Isabel resulta ejemplar para la acción evangelizadora de la Iglesia. La tradición cristiana la ha denominado con el término de “visitación”. En efecto, la misión consiste en el arte de la visita y del encuentro entre personas y de éstas con Dios. Así se realiza el apostolado de María, que sirve de modelo para la vocación de cada uno de nosotros a llevar a los demás al Señor y hacer presente la realidad de la salvación. La presencia de Jesús, concebido en el seno de María, le impulsa a hacerse servicio y donación concreta, en este caso, a su prima Isabel. Y en ese encuentro de disponibilidad y servicio se ve reconocida como bendita entre las mujeres y como madre del Señor (Lc 1,42-43). Por eso, María nos enseña a acoger el don de Dios en nuestra vida, nos invita a acoger a Quien es nuestra Esperanza. Y al mismo tiempo, esa acogida se transforma en servicio, en donación, en convertirnos en esperanza concreta para los demás, siendo signo y anuncio de la Esperanza de Dios, que no se desentiende de nuestros sufrimientos, sino que viene en nuestra ayuda. Son muchos y variados los modos en los que muchos de nosotros queremos ser ayuda, colaboración, entrega y servicio en estos tiempos recios de crisis.

8. Pongo ante vuestros ojos algunos de los que ya lleváis a cabo para invitar a todos a acoger una forma concreta de ayuda: hay quienes están donando un día de salario al mes; otros han decidido compartir la paga de Navidad o donar una mensualidad al año; muchos optan por gestos de denuncia profética ante la existencia de estructuras injustas de pecado, proponiendo estructuras renovadas y respetuosas con la dignidad humana capaces de generar una sociedad justa y fraterna; algunos ofrecen viviendas para que sean empleadas en programas para alojar familias sin hogar de Caritas u otras organizaciones; otros ofrecen varias horas semanales de trabajo social en Caritas, servicios diocesanos, parroquiales, comunitarios o de otra índole, volcados en la ayuda concreta en los diversos campos de atención a los más empobrecidos; también hay quienes colaboran en sumarse a campañas tales como la dación en pago, o la participación en banca solidaria o en empresas “con corazón”, que tienen en cuenta la responsabilidad social de la actividad económica; lo mismo ocurre con la siempre exigible transparencia y responsabilidad tributaria que nos concierne a todos, así como el empeño generoso en paliar las nuevas y antiguas pobrezas, tanto en nuestro entorno como en países empobrecidos.

9. Valorando mucho todos estos esfuerzos y signos de esperanza en medio de situación tan adversa, quiero haceros una llamada especial a favorecer tanto como podáis, personal y socialmente, la unión de todas las fuerzas e instituciones, civiles, sociales, empresariales y políticas, para afrontar la actual crisis y encontrar caminos compartidos y medidas justas, equitativas y valientes, que nos permitan construir de modo compartido un futuro digno para todos.

 

10. Que este tiempo de Adviento, haciendo propia cualquiera de estas iniciativas y otras muchas que se están llevando a cabo, se convierta en esa espera activa, preparando nuestro corazón y nuestro hogar, nuestra Iglesia y nuestra sociedad a acoger con corazón sincero y ánimo generoso a Jesús, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de enriqueceros con su pobreza (2 Co 8, 9). Desprendámonos de hojarascas, desánimos e inercias. Acojamos a Cristo, Esperanza del mundo, y ofrezcámoslo a nuestros contemporáneos con gestos concretos de amor y ayuda fraterna. Recibámoslo en los empobrecidos y los que sufren, como un verdadero acontecimiento espiritual de acogida al mismo Jesús cuyo rostro se refleja de modo particular en los débiles y pequeños. Seamos, de este modo, esperanza cierta para el prójimo y para toda la sociedad. Salgamos bien dispuestos al encuentro del Señor que viene, cargados de buenas obras, para que, cuando llegue, nos encuentre en vela, encendidas nuestras lámparas de fe, esperanza y amor. Con afecto, pido al Señor que os bendiga y os disponga a recibirle en vuestros hogares, en vuestras vidas, en lo más profundo de vuestro corazón.

+ Mario Iceta Gabicagogeascoa

Obispo de Bilbao

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