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Sábado Santo: Hágase

Querida María:

Aunque solo han pasado unas horas desde que te despediste de Él, parece que fue hace una eternidad cuando dejaste a Jesús en el sepulcro. Tuvieron que arrancarlo de tus brazos de la misma manera que José, en aquella amarga y feliz noche de Belén, te ayudó a traer la Luz al mundo. Aquel día estabais los dos solos, José y tú, ayer te acompañaban un grupo de amigas incondicionales y unos cuantos hombres buenos. Sin embargo, no hay soledad mayor que la que ayer sentiste, la de una madre que pierde a un Hijo.

Han sido tantos momentos vividos junto a Él… Todo empezó con unas extrañas palabras. Aun recuerdo cuando me contabas que no podías creer lo que te pasó. Sentiste un profundo temor y una profunda alegría a la vez y, finalmente, el silencio más absoluto. Y es que es así, María, como se presenta Dios… lo invade todo con su ausencia, vacía todo con su plenitud. Después todo vino muy rápido: tu visita a Isabel, el viaje a Judea, su nacimiento… ¡Qué suerte tuviste con José! Te cuidaba, se preocupaba del Niño. Y es que a veces pienso que solo quien tiene una fe como la de José puede hacer lo que él hizo de esa manera tan sencilla y tan callada…

¿Recuerdas lo que te dijo el anciano Simeón cuando lo llevasteis al Templo? Ahora comprendes esas palabras… «una espada te atravesará el alma». Aquella lanza que traspasó el corazón más grande del mundo traspasó también el tuyo. Pero mucho antes empezaste a mirar a tu Hijo con admiración y temor, como aquella vez en que tuvisteis que buscarle tres días y, finalmente lo encontrasteis en el Templo. Solo más tarde, cuando dejó tu casa para ir a anunciar el Reino de Dios, comprenderías lo que aquel día os dijo: «¿No sabíais que yo debo estar en las cosas de mi Padre?».

Sólo tú que confiabas en el Dios de tus padres de esa manera tan sencilla, tan natural, solo tú que buscabas su voluntad en cada paso que dabas en la vida, estabas preparada para recibirle en esta tierra como Madre.  Solo tú, su madre, le conocías lo suficiente como para saber de lo que era capaz, como en aquella boda en Caná de Galilea en la que, gracias a Él, no se acabó la alegría antes de tiempo. Y, a pesar de que muchos de tus familiares pensaban que no estaba bien de la cabeza, tú siempre confiabas en Él igual que confiaste en las palabras del ángel aquella tarde en Nazaret.

Hoy todo eso queda lejos. También quedan lejos todas esas noticias que te llegaban… que curaba a todos los enfermos, que devolvía la dignidad a los descartados por el mundo, que escuchaba como nadie ha escuchado en este mundo, que se retiraba de madrugada a estar con su Padre… Hoy todo eso parece haberse evaporado como una gota de agua sobre un cristal…

Ayer, después de dejarlo en el sepulcro y de rodar la piedra, volviste a escuchar, de nuevo de manera misteriosa, aquellas palabras con las que empezó todo: «No temas María porque has encontrado gracia ante Dios». Y dentro de ti, como aquél primer día volvió a sonar un «hágase» para toda la eternidad.

Antonio Fco. Bohórquez Colombo, SJ



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