Carta del Obispo Iglesia en España

Roma, la ciudad de Pedro y Pablo, por Josep Àngel Saiz Meneses, obispo de Terrassa

Roma, la ciudad de Pedro y Pablo, por Josep Àngel Saiz Meneses, obispo de Terrassa

(26/06/2016)

La proximidad de la fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo, especialmente en este año jubilar, invita a reflexionar sobre Roma como meta de peregrinaciones. La Iglesia de Roma desde los tiempos más antiguos celebra la solemnidad de los apóstoles san Pedro y san Pablo en una única fiesta, en el mismo día, el 29 de junio. Por su martirio se convirtieron en hermanos, y forman parte de Roma. Más aún, podemos decir que por su martirio ellos son los fundadores de la Roma cristiana, la ciudad en la que dieron testimonio de Cristo con su vida.

La primera persecución que se recuerda es la de Nerón. Estamos en el año 64, cuando sufre el martirio el apóstol Pedro. Tres años más tarde le tocará al apóstol misionero entre los paganos dar su hermoso testimonio de Cristo con la decapitación. Desde los inicios, la Iglesia quiso celebrar conjuntamente la fiesta de los dos apóstoles, uniendo en la misma alabanza el testimonio único de su martirio. Ya en el año 258 se fijó la fiesta de los santos Pedro y Pablo el día 29 de junio. Otras persecuciones seguirán a la de Nerón: en el 250 el emperador Decio emprende una particularmente sangrienta. No menos violentas serás las persecuciones lanzadas por Valeriano (257) y Diocleciano (310).

Con el famoso Edicto de Milán (313), el emperador Constantino dio libertad a la Iglesia y la diócesis de Roma comienza a construir las grandes basílicas. Como observa el arzobispo Rino Fisichella, “sobre la tumba de Pedro fue el mismo emperador quien decidió levantar una gran iglesia. Su construcción duró veinticinco años y fue terminada en el 337, convirtiéndose desde aquel día en el punto de referencia para los cristianos del mundo entero”. “También –añade- se iniciaron los trabajos sobre el lugar de la tumba de Pablo. En la vía que lleva a Ostia, la gran basílica, reconstruida numerosas veces, indicará el lugar donde el apóstol que se había hecho ‘todo a todos’ dio su último testimonio de amor a Cristo.”

Las catacumbas y los sepulcros de Pedro y Pablo son la meta de la peregrinación de los cristianos de manera especial en los años jubilares, a partir del año 1300, para obtener la “gran indulgencia”: primero cada cien años, después cincuenta, a continuación treinta y tres y, finalmente, en la actualidad cada veinticinco años los jubileos ordinarios. El actual no se acomoda a estos plazos por ser de carácter extraordinario.

La peregrinación a Roma tiene un momento muy significativo al rezar el Credo ante la tumba de san Pedro en la basílica vaticana, frente al altar de la confesión. Es el altar principal de la Basílica, llamado así porque invita a los fieles a confesar, o profesar la propia fe en Cristo, verdadero Dios y hombre. Es Él, quien ha constituido a Pedro y a los sucesores de éste, en la autoridad visible de la Iglesia, en su principio de comunión. El altar está colocado sobre la vertical de la tumba de San Pedro y cubierto por el baldaquino de Bernini y la cúpula de la Basílica. Recordamos aquel momento de la vida de Jesús, junto a las fuentes del Jordán, a punto de encaminarse a Jerusalén, en que hace una pregunta a los apóstoles y Pedro contesta confesando su fe en él, reconociéndolo como Mesías e Hijo de Dios. Jesús responde a Pedro: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18). El Señor le encarga su misión particular mediante esta imagen de la roca, que se convierte en cimiento. Al rezar el Credo, el peregrino profesa la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y se une al Santo Padre, sucesor de Pedro, que hoy está llamado a confirmar en la fe a sus hermanos.

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Obispo de Terrassa.

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