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Revivir el congreso para reactivar el proceso, por Isaac Martín

Ha transcurrido solo un año, pero parece que hubiera pasado un siglo. Los días 14, 15 y 16 de febrero de 2020 celebrábamos en Madrid nuestro Congreso de Laicos —que queda para la historia—, tras un proceso serio y bien trabajado que implicó a las distintas diócesis españolas, asociaciones y movimientos y que nos hizo protagonizar una auténtica experiencia de comunión eclesial, verdaderamente profunda. La pandemia, sin embargo, lo ha cambiado todo. No solo hace pensar que lo vivido antes de su llegada es tiempo remoto; además, nos ha empujado a redefinir prioridades, nos ha impedido seguir con los planes organizados para articular la fase poscongresual y nos ha obligado, incluso, a renunciar a gran parte de nuestra forma ordinaria de vivir la fe. Ciertamente, esta situación nos ha hecho descubrir nuevas posibilidades, pero, conviene reconocerlo, la inercia generada con el Congreso se ha visto afectada.

Un vistazo a la realidad de la Iglesia que peregrina en España, sin embargo, nos permite comprobar que la ilusión, la esperanza y, en definitiva, los frutos del proceso siguen vivos en nuestra memoria y en nuestras acciones. La presentación de la Guía de Trabajo del Poscongreso elaborada desde la Comisión para los Laicos, Familia y Vida —documento de referencia que contiene las claves sobre la base de las cuales articular el trabajo que tenemos por delante— está ayudando a recuperar paulatinamente su actualidad; la creación del Congreso Asesor de Laicos, uno de los frutos del Congreso, ayudará eficazmente a dar continuidad a lo vivido, a profundizar en los cuatro itinerarios (primer anuncio, acompañamiento, procesos formativos y presencia en la vida pública) y a poner en práctica la sinodalidad y el discernimiento. En definitiva, revivir el Congreso nos permitirá reavivar el proceso. Así ha de ser, no por obligación ni porque nos venga dado, sino porque, como Iglesia, hemos experimentado la fuerza de la comunión del Pueblo de Dios y la necesidad de salir de nosotros mismos para ser el corazón del mundo.

Sería un error pensar que el proceso ha caducado. Antes al contrario, la pandemia no ha hecho sino poner de manifiesto la centralidad de los cuatro itinerarios, su «utilidad» para articular nuestras acciones pastorales y la urgencia de ser verdaderamente Iglesia en salida. Podemos afirmar, con rotundidad, que tanto el Congreso como todo el proceso han sido providenciales.

Así se está entendiendo en las distintas realidades eclesiales, desde la que, paulatinamente, se están retomando iniciativas pospuestas, presentando la Guía, creando equipos de trabajo y, en definitiva, comenzando a discernir cómo interiorizar las propuestas planteadas durante el mismo. Ese es el camino en este momento. Pero, de nuevo, lo más importante está por hacer: hemos identificado las prioridades, hemos reflexionado y hemos planteado propuestas concretas que merecen ser puestas en práctica; sin embargo, ahora nos corresponde recorrerlo juntos.

Nos puede ayudar a afrontarlo rememorar lo vivido: ¿No ardía nuestro corazón cuando estábamos en el Pabellón de Cristal? ¿No notamos que algo nuevo estaba naciendo con este proceso? ¿No comprendimos que cuantos hemos participado en él y quienes se vinculen ahora a al mismo somos auténticos protagonistas llamados a escribir una importante página en blanco del momento presente?

De nuevo, la responsabilidad es nuestra. ¿Salimos?

Isaac Martín Delgado
Delegado de Apostolado Seglar de Toledo
@imdelga



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