Firmas

Revisando la fe, por José-Román Flecha Andrés (Diario de León, 1-12-2012)

En este “Año de la fe” conmemoramos la apertura del Concilio Vaticano II. Han pasado cincuenta años desde aquel día 11 de octubre de 1962. Con frecuencia olvidamos lo que aquel acontecimiento ha supuesto para la Iglesia y para la vida cristiana de cada uno de nosotros. Son muchas las cosas que damos por normales y no lo eran antes de aquel día.

 En este año tenemos confiada una seria tarea: la de examinar la verdad de nuestra fe.

En otros tiempos la fe se daba por descontada. Eran los no creyentes los que tenían que justificar su increencia ante sí mismos y ante la sociedad. Hoy son los que creen en Dios los que tienen que preguntarse por qué creen y dar razón de su fe ante los demás.

 

La fe es un don de Dios, como lo es la esperanza y lo es el amor. Pero el don reclama siempre una tarea. Cuando los dones se nos conceden en gratuidad hay que responder a ellos con sincera gratitud. La fe nos ha sido dada, pero no sobrevivirá si no la cuidamos, si no la cultivamos, si no la comunicamos a los demás.

Este último punto no resulta tan evidente para muchas personas. Tal vez porque no han descubierto la belleza y la grandeza de la fe. No la ven como un camino de liberación, sino como un fardo difícil de soportar. Por eso mismo, se resisten a transmitir ese don a los demás, especialmente a las personas que aman.

Y, sin embargo, es preciso transmitirla. Las cosas materiales se pierden cuando se dan. Pero en el mundo del espíritu sucede exactamente lo contrario. Sólo disfrutamos del amor cuando lo entregamos con alegría. Sólo nos acompaña la esperanza si logramos contagiarla. Y sólo mantenemos la fe cuando la anunciamos.

Creer en Dios no es un acto aislado. Ni puede reducirse a un mero sentimiento individual. Como ha dicho Benedicto XVI, “nuestra fe es verdaderamente personal  sólo si es también comunitaria… La fe nace en la Iglesia, conduce a ella y vive en ella”.

Además, tanto la creencia como la increencia tienen repercusiones sociales. La fe impregna toda nuestra vida y condiciona nuestras acciones y omisiones. Por eso hemos de preguntarnos por la seriedad y la coherencia de nuestra fe.

En primer lugar la fe profesada. Es hora de preguntarnos si sabemos lo que creemos y por qué creemos. En segundo lugar, la fe celebrada. No vale ser creyentes y no practicantes, como no vale ser practicantes no creyentes. En tercer lugar, la fe vivida en la aceptación de los valores, los mandamientos y los ideales cristianos. Y, finalmente, la fe rezada, puesto que nuestra forma de orar revela nuestro modo de creer.

Y, hablando de la oración, no debemos dejar de agradecer a Dios el don de la fe. Hay que pedirle que nos ayude a mantenerla, a cultivarla y a difundirla con alegría y con una humilde osadía. No podemos ni debemos imponer la fe a los demás. Pero siempre tendremos que proponerla con sencillez y coherencia. Es decir, con el testimonio de nuestra  vida.

 

José-Román Flecha Andrés

 

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Sobre el autor José Román Flecha Andrés

José Román Flecha Andrés, sacerdote, catedrático de Teología Moral, especializado en Bioética,