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Retrato de Teresa de Jesús (VIII): Muerte en santidad

Teresa de Jesús fue hija de la obediencia hasta sus últimos días. A pesar de estar herida de muerte, tenía intención tras haber regresado de la fundación de Burgos (1582) y haber pasado por Valladolid —donde conoció duros enfrentamientos con su familia—dirigirse por el camino de Medina del Campo hacia Ávila, donde daría la profesión a su sobrina Teresita de Ahumada —la hija quiteña de su hermano Lorenzo—, para después continuar hacia Salamanca y poder culminar en Madrid, su deseada fundación en la Corte. Sin embargo, en la villa de las ferias, fray Antonio de Jesús —aquel que había iniciado la primera casa de descalzos junto con san Juan de la Cruz en Duruelo— le pidió que atendiese con su presencia y oración a la nuera de la duquesa de Alba, María Colonna, a punto de parir, en la localidad salmantina de Alba de Tormes. Hacia allí partió el 19 de septiembre, acompañada de su fiel enfermera y secretaria, Ana de San Bartolomé, que ya había escrito bajo el dictado de la madre Teresa, la que se ha considerado su última carta, donde no faltaban preocupaciones, nuevas candidatas para los claustros e incluso la fundación de Pamplona. Estaba dirigida a la priora de Soria, Catalina de Cristo.

Pero cuando llegaron a la villa ducal, ya había nacido el pequeño y débil Fernando Álvarez de Toledo. Ella no tendría ocasión para más. Moría el 4 de octubre, en la víspera de que entrase en vigor la reforma del calendario realizado por el Papa Gregorio XIII. Se eliminaban, excepcionalmente, diez jornadas de aquel mes, cuando su cuerpo recibía tierra. Esta histórica variación será importante para el futuro. Su fiesta no se iba a celebrar en la fecha de su muerte —pues ya se encontraba fijada la de san Francisco de Asís— sino diez días después. Así sucedió avanzado el siglo xvii porque, al principio, era celebrada el 5 de octubre.

Su cuerpo fue visitado con gran afluencia de gente en el coro bajo del convento de Alba de Tormes, patrocinada por Teresa Laiz y su esposo Francisco Velázquez. Así confirmaba su primer biógrafo Francisco de Ribera. Indicó su secretaria, Ana de San Bartolomé, lo que la fundadora material del convento hizo para que tan preciada reliquia nunca le fuese arrebatada: “Pusieron su cuerpo en un ataúd. Cargaron sobre él tanta piedra, cal y ladrillo, que se quebró el ataúd y se entró dentro”. Pero aquel cuerpo salió de Alba hacia Ávila, con nocturnidad en noviembre de 1585, para ser depositado en San José donde el obispo que tanto la favoreció, Álvaro de Mendoza, gustaba de descansar eternamente junto a ella. La casa ducal se empleó en que regresase al lugar de donde nunca debía haber partido, un 23 de agosto de 1586.

Poco futuro hubiese tenido en el reconocimiento de la santidad si no hubiese generado esta pasión devocional y el habitual descuartizamiento de los cuerpos santos, que comenzó con la actuación de fray Jerónimo Gracián nueve meses después de su muerte. La mano, el brazo mancado con la caída, el corazón, los dedos, el pie derecho, pedazos de piel son algunos de los ejemplos. A veces sirvieron para compensar el regreso del cuerpo a Alba de Tormes. En otras ocasiones, el padre Gracián convirtió a su mano, en itinerante geográfica y temporalmente: Lisboa, regreso a España cuando las monjas huían de la Revolución portuguesa de 1910, depósito en Ronda, circunstancias bélicas en 1936, devoción a la mano por el general Franco en el Pardo, hasta que fue devuelta días después de la muerte de este a las monjas. El cilicio, regalado por la madre Teresa al prior de la Colegiata de Medina del Campo, lo custodiaron primero los frailes de Valladolid y, tras la desamortización, fue depositado en la cuarta fundación, además de un fragmento del velo y del hábito. También se expandieron fragmentos de tela mojada en su sangre, rosarios o sandalias. Recientemente, ha estado expuesto en las Edades del Hombre, en la sede de Ávila, un hábito completo. Este 2015 ha tenido gran éxito devocional el supuesto báculo. Sabemos que Teresa de Jesús no viajaba como peregrina, ni en solitario, casi nunca caminaba y utilizó todo tipo de “vehículos”. Una reliquia del bastón que no es mencionada por sus primeros biógrafos.

Mucho más importantes y veraces históricamente fueron sus letras. Dos mil folios manuscritos prueban que sus escritos también fueron considerados como reliquias; algunas cartas cajeadas en sus letras; las firmas recortadas, amén de la cuidadosa recogida que realizó el entonces profesor universitario y canónigo de Valladolid, Francisco Sobrino de sus grandes obras para ser depositadas en la biblioteca de El Escorial, por orden de Felipe II. Si de “Camino de Perfección” existen dos códices manuscritos; el primero —con las correspondientes censuras que le indicaron sus letrados conocidos— fue entregado a la mencionada Biblioteca Real; mientras que el segundo se envió al Carmelo de Valladolid, donde vivían dos hermanas de Francisco Sobrino, profesas en aquel convento y notables escritoras: María de San Alberto y Cecilia del Nacimiento. En cuanto a las cartas, las hoy conservadas son una mínima parte de las miles que escribió la madre Teresa. Ella nunca conservó las que le debieron escribir. Sin embargo, los que poseían un manuscrito de estas características lo conservaron individual o institucionalmente como si fuese una reliquia. Y cuando lo regalaron, recibieron mucho a cambio. Así ocurrió a las monjas de Valladolid, que disponían de la colección de cartas que había recibido la priora de Sevilla, María de San José y que fueron entregadas a este convento a través de José Sobrino, otro de los hermanos de don Francisco. Cuando las carmelitas remitieron a las descalzas de Turín, en 1714, una de esas cartas, a cambio recibieron de limosna, tres años más tarde, del “convento de nuestras madres de Moncaller, más allá de Roma, un quadro de Nuestra Señora de la Conzepción, muy grande”. Este juego de las cartas como reliquias, lo tuvo que considerar el obispo Juan de Palafox, cuando comentó los documentos epistolares que los carmelitas le habían seleccionado para configurar la primera edición de estas particulares y cotidianas obras en 1658.

Los testimonios, destacando su santidad, empezaron a sucederse, recogidos y publicitados por hagiógrafos de gran calidad. Fueron las distintas “Vidas”. El agustino fray Luis de León, no sólo editó las principales obras de la madre Teresa en 1588, sino que la emperatriz viuda María de Austria —hermana de Felipe II— le encargó que escribiese Vida, muerte, virtudes y milagros de la santa madre Teresa de Jesús. Estas últimas páginas quedaron inconclusas y manuscritas. La edición de las obras fue otra cosa. Y desde él, se fijaron los primeros tópicos relacionados con sus orígenes familiares. Aunque la censura de la Compañía de Jesús, retrasó la publicación del padre Francisco de Ribera, esta fue la primera “Vida” publicada de Teresa de Jesús en 1590. Teófanes Egido la ha calificado como “excepcional, llena de información personal, de documentos originales, fruto de la investigación y la devoción”. Él mismo confirmaba la visita que había realizado a la pieza o habitación donde había nacido y a otra  adjunta donde había dormido, hoy incluidas en el convento de los carmelitas, conocido popularmente en Ávila como “la Santa”.

La otra “Vida” de esos primeros tiempos apareció en 1606, atribuida —por autoridad— a fray Diego de Yepes, el obispo jerónimo de Tarazona. Sin embargo, su autor verdadero fue fray Tomás de Jesús Dávila, carmelita y postular de la Causa, lo que le permitió disponer de un material de testimonios de una gran riqueza. Y aunque afirma que los padres de Teresa de Jesús eran “nobles y virtuosos”, también indica que “importa poco saber el origen de los padres que los siervos de Dios tuvieron en la tierra”. No fueron las únicas, aunque sí las primeras que contribuyeron a la expansión de esa opinión de santidad, apoyada por las instituciones que se dirigían a Roma. A esto se añaden los procesos, “envidiables y locuaces” como ha indicado Egido, con unas valiosas participaciones de testigos, que no separaban los mitos necesarios en la hagiografía barroca y que no podían incluirse en nuestro concepto actual de “mentira”. Todo ello, culminó en la beatificación y canonización, en 1614 y 1622 respectivamente.

Javier Burrieza Sánchez
Profesor de Historia Moderna. Universidad de Valladolid



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