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Convento de las Carmelitas en Avenida de Santa Teresa. Ramón Gómez
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Retrato de Teresa de Jesús (VII): Las descalzas de Teresa de Jesús

Antonia del Espíritu Santo, María de la Cruz, Úrsula de los Santos y María de San José son los nombres de las primeras carmelitas descalzas que tomaron el hábito en San José de Ávila, tras el comienzo de esta casa, un 24 de agosto de 1562: “Estuve yo —escribe en el Libro de la Vida— a darles el hábito y otras dos monjas de nuestra casa misma, que acertaron a estar fuera… Pues fue para mí como estar en una gloria ver poner el Santísimo Sacramento y que se remediaron cuatro huérfanas pobres (porque no se tomaban con dote)”. Los nombres de las descalzas se multiplicaron, algunas de ellas destacadas escritoras y mujeres de lecturas y letras, que respondían a lo que pedía la Madre. Un apasionante panorama de mujeres fundadoras, intrépidas todas ellas en este siglo xvi con buenos ejemplos que poner.

A María de Ocampo, sobrina lejana, doña Teresa de Ahumada, la conoció en la Encarnación, cuando soñaban con el mencionado San José. Allí hizo su noviciado y emitió sus primeros votos, en 1564, como María Bautista. Eran tiempos en los que la madre Teresa escribía páginas del “Libro de la Vida” o “Camino de Perfección”. Valoraba la fundadora las cualidades de su sobrina. En la cuarta fundación, en Valladolid, ejerció eficazmente de priora durante dieciséis años. Se mostró como habitual interlocutora de cartas y tuvo gran confianza con Teresa de Jesús, compartiendo pareceres y opiniones, hasta que se mezclaron asuntos domésticos de familia. Era la herencia de Lorenzo de Cepeda, hermano de la santa, destinada a la primera fundación de San José.

Anterior a María Bautista fue profesa Isabel de Santo Domingo, perteneciente a una de esas habituales familias incompletas del siglo xvi, definidas por la orfandad, las segundas nupcias o el cuidado de los hijos por otros parientes. Fray Pedro de Alcántara la orientó hacia el modo de hacer de la reformadora, recibiendo el hábito de sus manos en 1563. Ambas convivieron mucho, en viajes que culminaron en las fundaciones de Toledo, Pastrana o Segovia. Precisamente, la fundación de la princesa de Éboli fue su cruz. Como mujer de temple le había encomendado la Madre su gobierno hasta que, en 1574, salió clandestinamente con todas las monjas hacia Segovia. Allí Isabel de Santo Domingo conoció y trató a fray Juan de la Cruz. En 1588 fundó en Zaragoza, casi al mismo tiempo que Catalina de Cristo caminaba hacia Barcelona. De hecho, el protector zaragozano, el canónigo Jerónimo de Sora, había pedido a su amigo el superior carmelita fray Nicolás de Jesús María Doria que, Catalina de Cristo, priora que fue de Soria y Pamplona, desarrollase esta fundación aragonesa. Esta ya se encontraba comprometida con el Carmelo de Barcelona, aunque Doria envió una mujer formada por Teresa de Jesús. Se refería a Isabel de Santo Domingo. Diez años después, esta carmelita ejerció de priora en Ocaña, continuó en Segovia y concluyó en San José de Ávila, con 92 años de vida.

Hablando de fundadoras, una de las de mayor trascendencia organizativa fue la medinense Ana de Jesús. Desde San José de Ávila y trasladada a Salamanca, conoció a fray Juan de la Cruz. Después siguió la trayectoria de la Madre, en Beas de Segura (1575), convento del que fue priora, para después proseguir camino junto al mencionado descalzo y establecer el Carmelo de Granada. Madrid había sido el horizonte soñado de Teresa de Jesús y ella lo culminó tras su muerte, en 1586. Trataron con “tanta familiaridad que de vista y por escrito de su propia letra supe casi todas las cosas”. Tampoco faltaron las controversias en esa etapa posfundacional del Carmelo Descalzo, entre las diferentes orientaciones en el caminar de una orden religiosa. Las representaban el genovés Nicolás Doria y su vida de rigores, ejerciendo de general; Jerónimo Gracián, ya fuera de la orden o Tomás de Jesús, que pasó del eremitismo del desierto de Batuecas hasta la expansión misionera o las persecuciones que sufrió otra íntima de la madre Teresa, María de San José. Ana de Jesús abrió nuevos escenarios para las monjas carmelitas en Francia —entraba en París en 1604— y después en los Países Bajos fieles a la Monarquía de España. En estas últimas tierras, Ana de Jesús y Gracián impulsaron la edición del “Libro de las Fundaciones”. La madre Ana, que dispuso como biógrafo al cisterciense fray Ángel Manrique, murió de 1621.

Junto a ella, más allá de los Pirineos, se encontró Ana de San Bartolomé, la que antes había sido hermana de velo blanco, enfermera y secretaria de Teresa de Jesús, el otro yo de la fundadora en su deterioro físico, vejez y enfermedad, la pastora que aprendió a leer escribiendo aquellas cartas que comunicaban conventos y descalzas, mujeres orantes capaces de fascinar. Tras aquella jornada de Alba de Tormes de octubre de 1582, Ana de San Bartolomé volvió a San José, junto a la priora María de San Jerónimo, pasaron a Madrid y, finalmente, se volcó en la expansión francesa y flamenca, lo que la obligó a convertirse en monja de velo negro. En aquellas tierras gobernadas por los archiduques Isabel Clara Eugenia y Alberto de Austria, Ana de San Bartolomé no solo fue priora de Amberes, sino que por sus oraciones fue llamada “libertadora” de aquella ciudad, ante el ataque de los protestantes. Julen Urkiza la ha calificado como escritora fecunda, capaz de memorizar, copiar y difundir los versos de fray Juan de la Cruz o de escribir su autobiografía. Buena maestra tuvo, esta sencilla descalza que ha sido beatificada.

Ante la trayectoria literaria de María de San José Salazar, se admiraron los que recuperaron su nombre tras las mencionadas tensiones en el Carmelo. Depositaria esta toledana, aunque fuese en vasijas de barro, del legado de aquella Teresa de Jesús que conoció en el palacio de Luisa de la Cerda. Descalza esencial en la fundación de Sevilla, convento del que fue priora y desde el cual se escribió, en medio de dificultades, con la Madre —el legado de la correspondencia conservada en el Carmelo de Valladolid—. Las letras sustituyeron a la presencia física, cuando sufrió intromisiones, prisión o la destitución de su priorato. Y aunque fue la primera carmelita que fundó fuera de Castilla, en la Lisboa que formaba parte de la Monarquía de Felipe II, su final reflejaba las complicaciones de su vida religiosa, hasta el punto de ser confinada en secreto en los Carmelos de Talavera y Cuerva y su memoria silenciada por las primeras historias oficiales. Atesoraba el humanismo teresiano, esta María de San José —y hubo más de una—, calificada por su prosa “fácil, tersa y elegante” como la “primera gran escritora carmelita descalza”, después de la propia madre Teresa.

En aquellos últimos años de la fundadora, no podemos olvidar a su sobrina quiteña, Teresita de Ahumada, la nueva Teresa de Jesús. Antes de octubre de 1582, formaba parte de esa “oficina” joven que auxiliaba a la andariega, escritora y reformadora. Tras los conflictos familiares y su profesión religiosa, fue la monja que murió en San José de Ávila con cuarenta y cuatro años, después de haber declarado la santidad de su tía. En la correspondencia, la doctora de la Iglesia la recordaba como la que entretenía bien en las recreaciones, “contando de los indios y de la mar”. Indias que fascinaban incluso en el interior de las clausuras. La última carta que se conserva de la madre Teresa se dirigía a la priora de Soria, Catalina de Cristo: la joven de Madrigal que comenzó en Medina en 1571, que extendió ese primer Carmelo, no solo a las extremaduras de Castilla, sino a otros reinos y ciudades, a Pamplona en 1583 y Barcelona en el año de la Armada Invencible, que se encargó de profetizar en el desastre: “Espíritu muy alto y no es menester saber más para gobernar”, indicaba la propia Madre.

Existió pues, una importante expansión fundacional tras la muerte de la madre Teresa de Jesús, todavía pendiente de estudiar en conjunto. La vallisoletana Ana de San Agustín, que acompañó a la madre Teresa a Villanueva de la Jara, después fundó el Carmelo de Valera, en la actual provincia de Cuenca. La monja reformadora había apostado por la vocación de María de Jesús —beatificada por Pablo VI— a pesar de sus enfermedades. Casi toda su vida transcurrió en Toledo pero contribuyó al convento de Cuerva. María de la Cruz Machuca no conoció a la madre Teresa pero sí en Granada a Ana de Jesús, Jerónimo Gracián y al prior de los Mártires, fray Juan de la Cruz, que le dio el hábito y recibió sus votos. Fue fundadora del Carmelo de Úbeda, donde vivió y escribió el resto de su existencia. Catalina de la Asunción Muncharaz y Estefanía de los Apóstoles consolidaron San José de Medina de Rioseco, fundado en 1603 y la que había sido heredera de los títulos de los Adelantados de Castilla y consuegra del valido de Felipe III, Luisa de la Cruz —hermana de Casilda de Padilla—, impulsó el Carmelo de la villa ducal de Lerma. Tampoco conocieron las hermanas Sobrino Morillas a Teresa de Jesús, al entrar en el convento vallisoletano en 1589, pero ambas, María de San Alberto y Cecilia del Nacimiento demostraron que el camino hacia el siglo xvii iba a estar repleto de hitos femeninos en la trayectoria del Carmelo.

Javier Burrieza Sánchez
Profesor de Historia Moderna. Universidad de Valladolid



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