Revista Ecclesia » Retrato de Teresa de Jesús (VI): Una mujer de vanguardia… para el Amado 
TERESA DE JESÚS, MAESTRA DE SUS HIJAS DE LA VITA B. VIRGINIS TERESIAE DE ADRIEN COLLAERT Y CORNELIO GALLE
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Retrato de Teresa de Jesús (VI): Una mujer de vanguardia… para el Amado 

Mujer y espiritualidad, dos elementos que en el siglo xvi resultaban sospechosos y dignos de ser vigilados por los guardianes celosos de la ortodoxia. Y en ambos dos, Teresa de Jesús se encontraba intensamente implicada. Ella quería la formación de monjas orantes y siempre la oración, en un camino de madurez, levantó controversias, incluso entre los varones —recordemos las originadas, por ejemplo, en los jesuitas, con el protagonismo del confesor teresiano Baltasar Álvarez—. La monja carmelita y reformadora estuvo a la vanguardia de ubicar a las mujeres en un ámbito —no solo de igualdad— sino incluso de superioridad para el desarrollo de la vida espiritual con respecto a los hombres. Parecía que manifestaba lo contrario cuando se refería a ella misma como “mujer y ruin”, o cuando escribía en el prólogo de Camino de Perfección que “a cosa tan flaca como las mujeres todo nos puede dañar”. Sin duda, era una estrategia, pues ella misma se adelantaba a las objeciones, a los peros que los lectores podían ponerle. Esas declaraciones de humildad anunciaban el prólogo a un ataque hacia los varones, pero no un ataque desmotivado, sino contextualizado en los vínculos con lo espiritual.

Mujeres que parecían estaban marginadas desde su nacimiento —a pesar de que para ella, su padre había manifestado un singular entusiasmo—. La madre Teresa lo llegó a calificar de ignorancias, que se podrían entender al contemplar “la verdad de todas las cosas”: “Cuántos padres —escribe en el Libro de las Fundaciones— se verán ir al infierno por haber tenido hijos, y cuántas madres, y también se verán en el cielo por medio de sus hijas” (F 20,3). Palabras que escribía cuando narraba la historia de Teresa Laiz, fundadora del convento de la Anunciación de Alba de Tormes. La narración era muy propia de la valoración negativa que el ámbito familiar de los siglos xvi y xvii hacía de las niñas, de las hijas. Repetimos, Teresa de Ahumada había sido una excepción.

Orar en la amistad de Dios

Privilegiadas, a sus ojos —las mujeres—, para recibir mercedes espirituales. La Virgen María era un perfecto ejemplo de ello, esclava de la palabra de Dios de quien se fiaba. Llamaba a los letrados, a los especialistas, a los sabios, a entender algo de esa humildad de la Virgen María. Y con esa referencia nada se le podía achacar. Por eso, sus obras son un impulso inicial para sus monjas de San José de Ávila, a orar en amistad con Dios y así lo va a repetir en las importantes páginas de “Camino de Perfección”. Habló con rotundidad y esto le valió la censura, no inquisitorial. Hasta hace poco — gracias al trabajo y mérito de Tomás Álvarez— no se había podido descifrar lo que ella había escrito en la primera redacción de esta obra. Acusaciones dirigidas a los inquisidores, puestos a los pies de los caballos de quien es el “juez justo”: “y no como los jueces del mundo, que, como son hijos de Adán y, en fin, todos varones, no hay virtud de mujer, que no tengan por sospechosa. Sí, que algún día ha de haber, rey mío, que se conozcan todos. No hablo por mí, que ya tiene conocido el mundo mi ruindad, y yo holgado que sea pública —prepara desde la humildad la afirmación siguiente—; sino porque veo los tiempos de manera que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres” (CE 4,1). Es pues, como ha indicado Teófanes Egido, un duro frente de “feminismo”.

No faltará nunca claridad cuando se refiera a la actitud de los letrados: “que tampoco nos hemos de quedar las mujeres tan fuera de gozar las riquezas del Señor”, según indica en la “Meditación de los Cantares”: “y no yendo con curiosidad —como dije al principio—, sino tomando lo que su Majestad nos diere a entender, tengo por cierto no le pesa que nos consolemos y deleitemos en sus palabras y obras, como se holgaría y gustaría el rey si a un pastorcillo amase y le cayese en gracia, y le viese embobado mirando el brocado, y pensando qué es aquello y cómo se hizo” (MC 1,8).

Teresa de Jesús en sus páginas —nunca entregadas a la imprenta en vida— exige que se acabe el silencio femenino en la Iglesia. Desde una clausura, donde como mujer tenía más libertad que las casadas, manifestaba en “Camino de Perfección” su deseo de “dar voces y disputar, con ser la que soy, con los que dicen que no es menester oración mental” (CE 22,2). En su sexta Morada hablaba de aquella “pobre mariposilla, atada a tantas cadenas, que no te dejan volar como querrías; y ha gran envidia de los que tienen libertad para dar voces publicando quién es este gran Dios de las caballerías (M6,6). Palabras que aunque no impresas sí generaron problemas, censuras de sus amigos, no procesos inquisitoriales, y manifestaciones en las que se atacaba su pretendido magisterio, cuando las mujeres no podían tener esta función según se interpretaba a san Pablo. La priora, subrayaba en las Constituciones que ella escribió, era la que se tenía que ocupar de que hubiese buenos libros en los conventos, “en especial Cartujanos —la “Vita Christi” del cartujano Ludolfo de Sajonia—, Flos Sanctorum —podía ser la de Martín de Lilio o Pedro de Vega—, Contemptus mundi —es la “Imitación de Cristo” con traducciones desde 1491—, Oratorio de Religiosos —fue escrito por fray Antonio de Guevara, con una primera edición en Valladolid en 1542—, los de fray Luis de Granada —podía referirse al “Libro de la oración y consideración” de 1554, la “Guía de pecadores” de 1556 o el “Memorial de la vida cristiana” de 1565— y del padre fray Pedro de Alcántara —quizás el “Tratado de la oración y meditación”—, porque es en parte tan necesario este mantenimiento para el alma, como el comer para el cuerpo” (Const. 8).

Escritora y doctora

Todo ello está en relación con la dimensión de escritora de Teresa de Jesús, ámbito que se extiende a sus primeras carmelitas. Páginas reducidas, teóricamente, a la intimidad de estas monjas o al mandato de los confesores y no entregadas a la imprenta hasta después de su muerte. Eso conducía a que circulasen copias manuscritas, con el consiguiente peligro de las variaciones en la transcripción. Por eso, la madre Teresa empezó a preparar el texto que le resultaba más familiar para la imprenta, “Camino de Perfección” —que por las censuras disponía de doble redacción, los manuscritos de El Escorial y Valladolid— y que confió, en su preparación, al arzobispo de Évora, Teutonio de Braganza. Poco antes, el dominico fray Diego de Yanguas, había mandado arrojar al fuego la glosa o meditación que había realizado del Cantar de los Cantares, porque era obra de mujer. Ella accedió, en su manuscrito, y de manera ceremoniosa y escenográfica, sabiendo que ya existían copias en los conventos. “Camino de Perfección” llegaba un año después de su muerte, en la edición de Évora. No faltó en la misma la censura local y la eliminación del capítulo dedicado a la oración de quietud, que era precisamente el trigésimo primero y que había sido muy reelaborado por la autora. No será la única enmienda. Ella condensa y sabe muy bien dónde está el núcleo de su  Camino de perfección:

“Tratad con él como con padre y como con hermano y como con señor; a veces de una manera, a veces de otra, que él os enseñará lo que habéis de hacer para contentarle. Dejaos de ser bobas; pedidle la palabra, que vuestro Esposo es, que os trate como tales […] que está el Señor dentro de nosotras y que allí nos estemos con él […] Las que de esta manera se pudieran encerrar en este cielo pequeño de nuestra alma —adonde está el que hizo el cielo y la tierra— y acostumbrar a no mirar ni estar adonde oya cosa que le destraya, crea que lleva excelente camino y que no dejará de llegar a beber el agua de la fuente, porque camina mucho en poco tiempo. Es como el que va en una nao, que con un poco de buen viento se pone en el fin de la jornada en pocos días, y los que van por tierra tárdanse mucho más” (CE 46,3 / 47,2). Sin duda, ella y sus monjas quieran zarpar al encuentro con el Amado.

(CE, Camino Perfección manuscrito El Escorial / Const, Constituciones / MC, Meditación de los Cantares / F, Libro de las Fundaciones / M6, Morada Sexta)

Javier Burrieza Sánchez
Profesor de Historia Moderna. Universidad de Valladolid



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