Revista Ecclesia » Retrato de Teresa de Jesús (V): El trato de amistad en la convivencia con Dios
PASO DE LA CONVERSIÓN DE SANTA TERESA ANTE EL ECCE HOMO EN UNA PROCESIÓN DEL V CENTENARIO EN SEVILLA
Opinión Última hora

Retrato de Teresa de Jesús (V): El trato de amistad en la convivencia con Dios

La actividad constante, la labor incesante en el escribir, la fundación de los conventos, no ocultaba la existencia de una contemplativa con una rotunda autoridad espiritual: aquella que ha merecido el máximo reconocimiento de la Iglesia cuando Pablo VI la convirtió en su primera doctora. Es la dimensión de Teresa de Jesús como mujer espiritual. Para ella, se ha insistido en su relación con la Sagrada Escritura en un tiempo de oficialidad de la lectura en latín. Existían, eso sí, traducciones al romance de algunos de los libros como los Salmos o el singular Cantar de los Cantares, tan importante en la inspiración de la poesía mística.

A través de los sermones se podía acceder a la palabra bíblica. Fue la limitación del catolicismo de aquel siglo xvi, la imposibilidad de tener acceso a la Sagrada Escritura si no se poseían los suficientes conocimientos en lengua latina. Limitación que se arrastrará durante siglos como autoridad que velaba e impedía la pluralidad interpretativa. Desde ahí se entiende la existencia de comentarios y meditaciones que realizaban segundos autores.

Encontramos a la Teresa de Jesús valiente que se quejaba frente a lo que era norma por parte del poderoso tribunal de la ortodoxia. Valentía, aunque no imprudencia, cuando otros autores espirituales, como el arzobispo fray Bartolomé de Carranza, había sido encarcelado por la Inquisición.

Luz en medio de controversias

En un siglo de controversias sobre el modo de oración —las sufriría uno de sus confesores, Baltasar Álvarez, dentro de la Compañía de Jesús—, ella ofrecía este camino como contribución y servicio a las necesidades eclesiales de su tiempo.

Pensaba que la oración era un arma más eficaz y pacífica que la de los soldados de la monarquía. Indicaba Teófanes Egido que la obra escrita y espiritual de Teresa de Jesús estaba orientada, en gran medida, a la aclaración de su postura frente a la oración, animando a su ejercicio y a la experiencia de la presencia de Dios. Ella había vivido los días de tibieza, y con un camino muy andado, supo hablar de sus grados, y de forma tan didáctica, convertirse en su maestra.

En este ámbito de la oración encontramos aquellas mercedes que han sido tan esenciales en la perduración, percepción y materialización de la imagen de Teresa de Jesús. Nos referimos, por ejemplo, a la transverberación  —que como ella misma narra— no se trataba de nada físico, ni sensorial: “No es dolor corporal —insistía describiendo esta experiencia (Vida 29)— sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento”.

Tratar de amistad

Advertía sobre otras visiones que no habían sido percibidas por los ojos corporales, sino con los del alma. Después han atraído mucho más las interpretaciones físicas desde un mundo material que no sabía entrar en un ámbito espiritual tan profundo. Es muy difícil encontrar belleza superior a esa definición de la convivencia con Dios, desde el “trato de amistad”, fácilmente traducible a la propia del prójimo que rodea. De nuevo, Teresa de Jesús estaba implicada en el fondo del debate espiritual del siglo xvi: “Obras quiere el Señor”, escribía en la Morada quinta.

Ha contemplado la humanidad de Dios, lo que permite una convivencia con el Dios amigo, conceptos espirituales que hoy no resultan novedosos pero sí entonces. Ella había leído, escuchado y le habían aconsejado que no era posible apasionarse de Dios.

Sacratísima humanidad de Nuestro Señor Jesucristo

La madre Teresa, aficionada a las imágenes, estampas, pinturas y esculturas, reivindicaba la humanidad del cuerpo de Dios en la vida espiritual. Ante el Cristo llagado y que padecía, sus lágrimas brotaban y contribuían a ponerlo entre sus prioridades más absolutas: Pues ya andaba mi alma cansada y, aunque quería, no la dejaban descansar las ruines costumbres que tenía. Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allí a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota, que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrójeme cabe él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle”, (Vida 9,1).

Es el sentimiento de compadecer, del “padecer con”, “si pudiere, ocuparle en que mire que le mira, y le acompañe y hable y pida y se humille y regale con Él, y acuerde que no merecía estar allí” (V 13,22). La corporeidad de Jesús le convierte en objeto de su amor y de su presencia, pues al no ser ángeles “tenemos cuerpo que necesita ese arrimo”. Precisamente, el descubrir las “debilidades” de Cristo —concepto realmente peligroso en el siglo xvi— permitía superar las dificultades de cada uno: “Que en negocios y persecuciones y trabajos, cuando no se puede tener tanta quietud y en tiempo de sequedades, es muy buen amigo Cristo, porque le miramos hombre y vémosle con flaquezas y trabajos, y es compañía”. (Vida 22,10)

Con todo ello, Teresa de Jesús se convierte en sustentadora espiritual e intelectual de todo lo que se va a desarrollar posteriormente en los pasos de la Pasión, pieza esencial de nuestras procesiones.

Un proceso en el que estuvieron implicados otros autores como fray Luis de Granada, Luis de la Puente o Luis de la Palma. Eso sí, la monja carmelita advertía contra todos aquéllos que se sentían heridos ante la contemplación de tanto dolor y les pedía que volviesen su mirada hacia el Resucitado, que no era la imagen más habitual de la espiritualidad católica.

La carmelita le describió con gran belleza: “Si estáis alegre, miradle resucitado; que sólo imaginar cómo salió del sepulcro os alegrará. Más, ¡con qué claridad, con qué hermosura, con qué señorío, qué victorioso, qué alegre!” (Morada 6 9,3). Era su imagen preferida y la más habitual en sus experiencias de la humanidad de Cristo. Así pues, todo ello se resumía en una espiritualidad cristocéntrica.

No será la religiosidad de la madre Teresa erasmista, sino que se encontraba implicada en la propia de su tiempo. Los demonios, que eran habitantes en la cotidianidad, también se hallaban presentes en la suya. Su proyecto de fundaciones se presentaba como una victoria frente al demonio. Describió el lugar de residencia propia, en el abismo: el infierno. Las reacciones contra la personificación del mal parecían estar acordes con la vulgaridad del mismo y ella no deseaba responder de esta manera, sino más bien a través de los santos protectores, la cruz, el agua bendita.

Jesucristo y su madre María

Como gustaba Felipe II de las reliquias, ella también, así como de los poderes que tienen en su dimensión terapéutica. Se sentía acompañada y protegida por la convivencia de los santos de su devoción, los propios de su Orden —desde un sentimiento de orgullo—. La atraían los santos pecadores que se habían convertido como el rey David o san Agustín, sin olvidar los santos familiares de Cristo, la Sagrada Familia, tan presente también en las iconografías de los conventos y en los nombres de las descalzas: los abuelos de Jesús, santa Ana y san Joaquín.

Desde pequeña, ante la ausencia de su madre, se había arropado bajo la protección de la Virgen María y era consciente —como decían las monjas en su profesión— de pertenecer a la Orden de Nuestra Señora, aunque la devoción mariana por antonomasia era el rosario, recibida de su madre. Para entonces, no disponemos de la definición iconográfica de la Virgen del Carmen, tal y como la conocemos por la acción escultórica de Gregorio Fernández, aunque los primeros pasos se darán desde la escuela de Toro.

Y san José

Su contribución devocional por antonomasia, como dijimos anteriormente, fue la de san José, que dispone de un antes y un después de la madre Teresa y de su proyecto fundador.

La monja reformadora aplicó el fundamento teológico de san José a la vida espiritual de los que no formaban parte de las élites. Si estuvo junto a Cristo —en su humanidad— se convertía en un poderoso y próximo intercesor, en el cual no existían límites. En san José se fundamentaba un auténtico modelo de oración: “Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso santo por maestro y no errará en el camino” (Vida 6,8).

Javier Burrieza Sánchez
Profesor de Historia Moderna. Universidad de Valladolid



O si lo prefieres, regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

HAZME DE ECCLESIA

Cada semana, en tu casa