Revista Ecclesia » Retrato de Teresa de Jesús (IX): El triunfo de la santidad española
GRA098. MADRID, 11/03/2015.- "Busto de Santa Teresa escritora" (Siglo XVII) Policromía de la Escuela Castellana, junto con más de un centenar de piezas entre libros, pinturas, grabados y esculturas, componen "Teresa de Jesús. La prueba de mi verdad", y forman la exposición que le dedica la Biblioteca Nacional de España (BNE) en el V centenario de su nacimiento y que, tras su presentación en rueda de prensa, será inaugurada por los Reyes. EFE/ PACO CAMPOS
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Retrato de Teresa de Jesús (IX): El triunfo de la santidad española

La beatificación de la madre Teresa de Jesús se produjo en 1614, siendo muy celebrada en el ámbito urbano del sigloxvii, matizado ya por la crisis y convertido en un escenario barroco de primer orden. Este tipo de fiestas se mostraban las más importantes, sobre todo, cuando se referían a santos y beatos nacidos en España, según se comprobó en repetidas ocasiones a lo largo de la centuria. Valladolid, por ejemplo, tuvo conocimiento que había sido beatificada la madre Teresa de Jesús el 26 de mayo de 1614, tras un breve del Papa Paulo V de 24 de abril. El Pontífice ponía de manifiesto que tanto la orden del Carmelo Descalzo como la Monarquía de España habían sido repetidamente favorables e insistentes con esta petición. La beatificación suponía que, en todos los monasterios e iglesias que perteneciesen al Carmelo descalzo, se podía rezar y celebrar el oficio y la misa de la nueva beata, en el día de su muerte, el 5 de octubre —sin tener en cuenta la reforma gregoriana del calendario—. En la celebración, todos tenían muy en cuenta la cercanía que había manifestado la beata Teresa de Jesús con sus respectivas ciudades. Por muchas había pasado, se había alojado e, incluso, había fundado. En el prólogo de su Compendio, fray Diego de San José Sobrino resaltaba que tal manifestación estaba dirigida a “una Santa propia, Santa española”. Esa fue la razón, por la cual, la celebración de esta festividad superó los límites conventuales propios a los que se reducían otras y condujesen a la participación de distintas instituciones que morasen en cada uno de estos núcleos.

En la mencionada cuarta fundación teresiana, la iglesia de las monjas no se encontraba lo suficientemente capacitada para acoger a los fieles. Por eso, se decidió la construcción de un templo efímero, junto al propio de las Madres, en el espacio del compás del convento. No estuvieron ajenos a las fiestas los carmelitas calzados, en cuya iglesia vallisoletana había oído misa, precisamente, la propia beata Teresa en agosto de 1568. Fiestas que dependiendo de los lugares, eran apoyadas por las mencionadas instituciones, nobles u otros particulares, que con sus labores de protección, costeaban las diferentes iniciativas.

No faltaron las justas poéticas a las que concurrían los más conocidos y desconocidos poetas, dependiendo de los ámbitos de alcance. Las letras eran un medio de expresión de la grandeza, de las virtudes y de la santidad de quién había sido elevada a los altares. Letras no solo en la poesía, sino en la escena dramática, con Teresa de Jesús como motivo de inspiración. Las reglas —hoy diríamos bases del concurso— detallaban los premios y los cifraban en objetos de plata, prendas de vestir consideradas de lujo, además de la entrega de las obras ya editadas. En Madrid o en Córdoba, acudieron grandes de las letras, sin olvidar el acompañamiento de los emblemas junto a los versos. Se organizaban también los cortejos procesionales, por las principales calles de las ciudades, a veces como pregoneros de las fiestas y los concursos, otras con la propia imagen de la que había sido inscrita en el catálogo de los bienaventurados. Plasmación y recuerdo de todo ello quedó en las páginas del mencionado fray Diego de San José, bajo el título “Compendio de las solemnes fiestas que en toda España se hicieron en la beatificación de Nuestra Madre Santa Teresa de Jesús”, además de otras relaciones más particulares en lo local, en cuyas páginas se incluían poesías y sermones.

Entre la beatificación y la proclamación como santa, habrían de llegar otros asuntos controvertidos en torno a la monja carmelita, sobre todo los relacionados con el patronato de España, contándose con la oposición del Cabildo compostelano. Se habían enviado cartas desde las distintas instituciones y cabildos para solicitar al Papa que extendiese al resto de los fieles de la catolicidad la posibilidad de venerarla, pudiéndose conocer “sus heroicas virtudes y la santidad de su vida”, no solo dentro de los límites más estrechos de los próximos al Carmelo Descalzo. Lo que tanto se había ansiado, se alcanzó el 12 de marzo de 1622, cuando el Papa Gregorio XV canonizó a la monja carmelita en compañía —y nunca mejor dicho— de Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Isidro Labrador y Felipe Neri. Con este motivo las instituciones implicadas en las fiestas a celebrar eran más “públicas”, si podemos utilizar este término para el siglo xvii, con participación de las corporaciones municipales y cabildos catedralicios, sin olvidar la organización de una gran procesión general, donde se trató de eliminar protagonismo a las órdenes religiosas, en este caso a los jesuitas y carmelitas.

Volviendo a Valladolid, el calzado fray Juan de Orbea, de la Orden del Carmen, manifiesto gran devoto de santa Teresa, impulsó que en su convento se levantase una efímera fuente de tres cuerpos, rematada con la figura de la reformadora, esta vez en actitud de escribir. En su mano izquierda contaba con un libro, mientras que en la derecha sujetaba la habitual pluma. Narraba el cronista que “pasavan de cien caños los que surtían de la fuente […] de la pluma de la santa y del libro salían otros quatro, los quales recibían las figuras en las tazas de las cornucopias”. Las funciones que se desarrollaron en el convento se prolongaron por espacio de cuatro días y a la propia de la fiesta de la nueva santa, asistió el cardenal Lerma, antiguo valido, en medio de su decadencia política. Tampoco estuvo ausente la alta nobleza que residía todavía en esta antigua Corte. Para la vida y muerte de la fundadora, se recurrió a cuatro autos que fueron escritos por Lope de Vega y Mira de Amescua. El padre Orbea había sabido recurrir a ellos, pues ambos habían participado en las fiestas que se habían celebrado en Madrid. Desgraciadamente, como ha indicado Germán Vega, no disponemos de estos textos que se debieron escribir para las fiestas de los calzados en Valladolid. Si se pretendía alcanzar la solemnidad con algunos gestos, con otros se trataba de no olvidar la asistencia a los pobres, proporcionándoles la necesaria comida.

Refiriéndonos al patronato y tras la beatificación, los frailes con la implicación de la Monarquía solicitaron a Felipe III y a las Cortes de Castilla, el nombramiento de la monja como patrona de estos reinos, solicitud que fue admitida el 30 de noviembre de 1617. Entre las razones esgrimidas se hallaban “sus libros y su admirable doctrina”. Frente a las letras en el patronato, habría de reaccionar la espada. Y así, el arzobispo de Sevilla, Pedro Vaca de Castro y Quiñones, se opuso totalmente a esta decisión de las Cortes, considerando que menoscababa el patronato único de Santiago. Pensaba que el nombramiento de patrono correspondía a Roma y que, además de ser entonces beata y no santa, era mujer. Se sucedieron los memoriales en favor y en contra, hasta derogarse este brevísimo patronato del Reino, en septiembre de 1618.

Tras la canonización en 1622, se buscó la ratificación de Roma de Urbano VIII, cuando las Cortes volvieron a nombrarla compatrona en mayo de 1626. El breve pontificio confirmaba esta decisión, matizando que era “sin perjuicio para Santiago”. El documento fue enviado por Felipe IV a todas las ciudades para celebrar su fiesta cada 5 de octubre. La reacción compostelana se volvió a producir —como ha estudiado Ofelia Rey—, con división de ciudades y cabildos que aceptaban o no esta decisión. La polémica estaba servida con la intervención de Francisco de Quevedo —escribió “Su Espada por Santiago”— o de la sobrina de la madre Teresa, la también carmelita Beatriz de Jesús Ovalle. Haciendo caso omiso a las cartas del Rey, el Papa Urbano —que no destacó por sus relaciones de amistad  con la Monarquía de España— se negó a confirmar el compatronato teresiano y derogó en 1629 el breve anterior. El tema prosiguió con las Cortes de Cádiz de 1812. Esto no impidió que distintas villas y ciudades se comprometiesen, para con sus autoridades y en corporación, a emitir voto solemne de asistir anualmente a la fiesta de la santa carmelita, costumbre que se mantiene hasta hoy. Así ocurrió, por ejemplo, en Medina del Campo, el lugar de su segunda fundación.

Javier Burrieza Sánchez
Profesor de Historia Moderna. Universidad de Valladolid



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