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Retrato de Teresa de Jesús (IV): La mujer de letras

Las mujeres que mejor conocemos en el siglo XVI son las que moraban en los conventos y, entre ellas, las que escribían. Lo que hoy conocemos como “obra” escrita de Teresa de Jesús se encuentra convenientemente documentado. Mientras que de Miguel Cervantes no disponemos de un solo manuscrito, los tesoros autógrafos de esta reformadora son abundantísimos. Hay páginas escritas por la monja carmelita en las cuales narra su propia vida. Respondía, inicialmente, al mandato de sus confesores como primer impulso para realizarlo. El Libro de la Vida no son unas memorias personales sino una autobiografía espiritual, que transcurre desde su infancia hasta la fundación del convento de San José en 1562. Fue redactado definitivamente en 1565, aunque después fue retenido por la Inquisición —la madre Teresa no fue nunca procesada— en la copia de la que disfrutaba su obispo amigo, Álvaro de Mendoza.

A lo largo de sus páginas encontramos únicamente dos nombres propios: fray Pedro de Alcántara y Francisco de Borja. Hablará, por ejemplo, de sus padres pero nunca nos dirá cómo se llamaban. El franciscano y el jesuita, sin embargo, habían sido esenciales en su trayectoria espiritual. Teresa de Jesús dispuso del sosiego suficiente para la conclusión de estas páginas, en los meses posteriores a la fundación de su primer convento.

Una primera etapa

A aquella etapa también correspondía, uno de los escritos espirituales más importantes: Camino de Perfección. Del mismo existen dos manuscritos, los códices de El Escorial y de Valladolid, depositado en la cuarta fundación.

Sin abandonar esa dimensión autobiográfica de su experiencia espiritual, y como continuación de lo que ha supuesto el Libro de la Vida, alcanzamos las Cuentas de conciencia, que abarcaban desde 1560 hasta el año anterior de su muerte.

Nueva etapa, nuevo estilo

El cambio que se produjo en su existencia en los años sesenta fue plasmado en otro libro narrativo que le encomendó realizar el jesuita Jerónimo Ripalda: el Libro de las Fundaciones. Respondió, de nuevo, a la disculpa de la obediencia, aunque ella no lo escribió de seguido sino que lo retomó en distintas ocasiones. Comenzó a narrar ese discurrir singular en 1573 y lo prosiguió hasta la última de sus fundaciones en Burgos, en el mismo año de su muerte.

El confesor, a veces ordenaba escribir y otras quemar, como ocurrió con Diego de Yanguas y las Meditaciones sobre los Cantares —el Cantar de los Cantares—. Afortunadamente, se conservaban copias manuscritas y éstas circulaban en vida de la Madre. Gracias a ellas, hoy disponemos de esta obra. Un libro bíblico considerado como “peligroso”, comentado por una mujer, pero tan importante para conocer la mística del siglo XVI. Tampoco se conserva el autógrafo de Exclamaciones del alma a Dios, asociado a su modo de rezar. En lo místico, los grados y las cumbres cuentan con su importancia. Ésta se halla en Las Moradas o Castillo Interior, escrito en los días de máxima tensión con los calzados y en los cuales estuvo Teresa de Jesús confinada en Toledo y Ávila. En sus páginas, como obra cumbre de la mística, describía con gran belleza su experiencia de vida espiritual. En todas estas páginas, también en su epistolario, la palabra de Teresa de Jesús no estaba reñida con el humor, según ha dejado bien explicado Teófanes Egido.

Algunas de sus palabras más popularmente repetidas han sido sus versos, aunque en ella no encontramos la cumbre de fray Juan de la Cruz. La poesía en la monja reformadora se encuentra subordinada —como subraya Egido— a la expresión de sus experiencias, a la animación de la vida comunitaria —comportamiento que seguirán sus hijas—, a la respuesta ante un acontecimiento en el claustro —la profesión de una monja—, a la celebración de la fiesta con un carácter alegre, sobre todo en determinados momentos del año —en las Navidades—. Los debates se han sucedido sobre su autenticidad pues no contamos con la riqueza de autógrafos de los que disponemos para la prosa.

Reformadora y creadora

En una reformadora y creadora de una nueva estructura, debemos encontrar páginas que respondían a hacerla funcionar. Estos escritos estaban dirigidos a sus monjas —que también eran las destinatarias de Camino de Perfección aunque no las únicas—. Las cartas contribuían al adecuado engranaje de todo ello. Pero debían existir Constituciones. Las primeras las escribió en San José en 1565. Las posteriores, un año antes de su fallecimiento, ya no fueron escritas por ella. Su dimensión de fundadora también se aplicaba en el Modo de visitar los conventos, escrito en 1576, cuando ya se había culminado la fundación de los primeros “palomarcicos”. Se destinaba al carmelita Jerónimo Gracián que desempeñaba este cargo de visitador.

Teresa de Jesús manifestó en sus miles de cartas un conocimiento delicioso y un manejo práctico del lenguaje escrito dentro de un tono narrativo de la cotidianidad. Los lectores, sobre todo los posteriores del barroco, disponían una imagen literaria asociada con la gran mística. Olvidaban a la mujer preocupada por mil afanes domésticos y cotidianos. En las cartas, nos acercamos por escrito al modo en que se comunicaba oralmente. Desconocemos el número aproximado de cartas que pudo escribir pues se conservan una mínima parte y, además, únicamente disponemos de las que escribió ella, nunca de las que fue receptora. En vida de la carmelita, tuvieron una primordial función de comunicación, para una persona que viajaba y que tenía que disponer de diferentes medidas para los conventos que había fundado.

Tras su muerte, las cartas se convirtieron en una reliquia, siendo regaladas y cedidas por algunos de sus propietarios ante peticiones justificadas.

Comentarios del beato obispo Juan de Palafox

En las ediciones contemporáneas que manejamos, el «alfa y omega» de este abecedario epistolar se encuentra en un breve billete fechado el 12 de agosto de 1546 y en la carta que ya tuvo que “garabatear” su secretaria y enfermera, en septiembre de 1582, cuando llegaban por última vez a Medina del Campo. Entre esos dos hitos, Tomás Álvarez situaba unas quince mil cartas. Muchas —unas dos mil— eran las que se conservaban todavía, a mediados del siglo XVII, cuando se publicaba en 1658 la edición de una selección inicial de setenta y cinco. Un trabajo de análisis y notas encomendado a Juan de Palafox, entonces obispo de Osma.

Hasta ese momento, el texto de la carta no siempre había sido respetado. Conservando la firma eso sí, habían sido mutiladas y sus letras cajeadas, para servir a la devoción de las reliquias. Existía un tono de prevención hacia lo que el epistolario podía aportar. Palafox no eligió los documentos sobre los que trabajó, sino que le vinieron dados y seleccionados. El prelado estaba seguro de que el lector “saldrá del leerlas aprovechado, por lo mucho que la Santa alumbra y enseña en sus cartas”. Estos escritos también iban a disponer de gran éxito, con sucesivas ediciones, traducciones, ampliaciones de nuevas colecciones de epístolas de tal manera que, a finales del siglo XVIII, ya habían sido publicadas 371 cartas de Teresa de Jesús.

Fray Luis de León, editor de Teresa

La primera piedra en la edición de las obras de la reformadora la había puesto fray Luis de León en Salamanca en 1588, el mejor editor que podía haber tenido la Madre. Él no la pudo conocer personalmente pero indicaba que la reconocía en sus hijas y en sus escritos. Subrayaba la “pureza y facilidad del estilo […] dudo yo que haya en nuestra lengua escritura que con ellos se iguale […] Me parece que no es ingenio de hombre el que oigo; y no dudo sino que hablaba el Espíritu Santo en ella en muchos lugares, y que la regía la pluma y la mano; que ansí lo manifiesta la luz que pone en las cosas oscuras y el fuego que enciende con sus palabras en el corazón que las lee”.

Este trabajo editorial del agustino no había completado la publicación de las obras de la madre Teresa. El Libro de las Fundaciones fue más tardío, por implicar su contenido —especialmente algunos capítulos vallisoletanos referidos al caso de Casilda de Padilla— a numerosas personas contemporáneas, que exigían prudencia.

Sobre este texto iba a intervenir Ana de Jesús, la fundadora del Carmelo en Francia y Países Bajos y el padre Jerónimo Gracián. Habrá que esperar a 1610.  Así, pues, la que la Iglesia reconoció como doctora; los conocedores de la lengua, del manejo del lenguaje y de la expresión literaria del mismo, la han podido definir como una verdadera autoridad.

Javier Burrieza Sánchez
Profesor de Historia Moderna. Universidad de Valladolid



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