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Retrato de Teresa de Jesús (III): Una mujer de proyectos

Hablamos de una mujer reformadora y fundadora para un siglo, como el XVI, plagado de dinamismo desde lo espiritual. En el imaginario de aquella monja de La Encarnación llamada doña Teresa de Ahumada, que había tornado de prioridades espirituales, se encontraban los primeros eremitas del Monte Carmelo, que habían vivido de acuerdo a la regla primitiva. En todo ello, estaba la aplicación del rigor, siguiendo el modelo de reforma que había desarrollado un hombre formado en su hechura “de raíces de árboles”: fray Pedro de Alcántara. El rigor fascinaba, era la coordenada principal de los procesos de reforma de las órdenes religiosas, olvidando desviaciones y acomodaciones. La transmisión de la santidad rigorista se entendía desde el religioso mortificado, que ayunaba y dormía mal, que huía de las acomodaciones de la reflexión intelectual, viviendo además en la pobreza, dependiendo sólo de las limosnas y no de las seguridades de las rentas —que no siempre eran tan seguras—. Este retrato, a veces demasiado estereotipado, no siempre respondía al horizonte que pretendía Teresa de Jesús.

Antes y después de san José

Existió un antes y un después, inicialmente limitado a la fundación del convento de San José de Ávila, el 24 de agosto de 1562. Salieron de un monasterio que en su comunidad superaba el centenar de monjas para morar dentro de un pequeño grupo de mujeres orantes, preocupadas por las necesidades de la Iglesia más próxima, la de la monarquía católica de Felipe II que debía luchar contra los “herejes”. Ellas no podían superar ese límite. Desde 1562, se iniciaba un tiempo singular en su existencia: “los [años] más descansados de mi vida, cuyo sosiego y quietud echa harto menos muchas veces mi alma”, según explica en el Libro de las Fundaciones. Estas páginas fueron posteriores pues entonces, realizaba la versión definitiva del Libro de la Vida, así como Camino de Perfección, letras esenciales para alcanzar el desarrollo de una dimensión espiritual para las mujeres.

El nuevo convento de San José, la primera casa que se dedicó en la Iglesia al “ayo del Señor”, fue contemplada como una muestra de locura. Estaba bajo la autoridad del obispo de Ávila, Álvaro de Mendoza. Cuando en 1567 visitó las casas de la Orden en España su general, el padre Rubeo, vino a conocer la fundación de esta carmelita. Ella temía lo peor pero no fue así. La dio patente para extender esa comunidad de mujeres orantes a otras ciudades —la madre Teresa será una mujer urbana— contando inicialmente con alguna de las monjas de La Encarnación. Si Teresa de Jesús, con cuarenta y siete años, había comenzado el camino de la reforma; con cincuenta y dos inició, y nunca mejor dicho, el de las fundaciones. El nuncio pontificio Felipe Sega, de manera peyorativa, la denominó fémina “inquieta y andariega”, dentro de una sociedad inmóvil, donde muy pocos eran los que viajaban —casi ninguno por placer— y menos en iniciativa de mujeres. Con la perspectiva del tiempo, podemos decir que la madre Teresa fue una mujer de proyectos constantes, en diecisiete localidades diferentes, pasando por quince de ellas, a lo largo de otros tantos años, entre 1567 y 1582.

17 fundaciones

Las administraciones actuales, con un impulso del turismo religioso gracias a esta reformadora del siglo XVI, han hablado de diecisiete ciudades teresianas, a saber, Ávila (1562), Medina del Campo (1567), Malagón y Valladolid (1568), Toledo y Pastrana (1569), Salamanca (1570), Alba de Tormes y Segovia (1571), Beas de Segura y Sevilla (1575), Villanueva de la Jara y Palencia (1580), Soria (1581) y Burgos (1582). En estas quince localidades abrió físicamente las puertas de los conventos, aunque por otras dos lo hicieron otras en su nombre, la localidad murciana de Caravaca (1576) por Ana de San Alberto, y Granada, por Ana de Jesús acompañada de fray Juan de la Cruz. Restaba el ansiado convento de la Corte, el de Madrid, que no pudo conocer en vida. Todo ello obligó a la fundadora a viajar, muchas etapas por los caminos, a lo largo de todas las estaciones y en diferentes medios de transporte.

El proyecto de reforma fue evolucionando, como lo hizo ella como persona en contacto con la realidad. Nunca lo podemos entender como relajación sino como aplicación inteligente a las circunstancias y a las personas. Y así, la madre Teresa hablaba de la necesidad de caminar con la virtud y el amor, por encima del rigor por el rigor: “Virtudes pido yo a nuestro Señor me las dé, en especial humildad y amor”, escribía a la priora y hermanas del convento de Soria. No obró con precipitación y apasionamientos. Reflexionó sobre lo que significaba vivir en pobreza, de su propio trabajo y de limosnas, aunque fray Pedro de Alcántara pensaba que en los “consejos evangélicos” se obraba sin pareceres. La pobreza era esencial para lograr un clima de cercanía con las hermanas de la comunidad, aunque lejanas de las amistades particulares, camino propicio para la vivencia de la oración teresiana.

Si la Madre deseaba que sus conventos estuviesen privados de rentas, era para alcanzar un objetivo de libertad, para que aquellas mujeres orantes no tuviesen que cumplir con las obligaciones que les imponían los celosos patronos que abundaban tanto. No se trataba de buscar el aislamiento sino de evitar la dependencia que tanto había experimentado en las horas de locutorio en el monasterio de La Encarnación. Tampoco podía permitir que no se pudiese alcanzar una vocación por la falta de recursos económicos. Era menester buscar las limosnas, los espacios de prosperidad, que no siempre fueron posibles. Por eso, cuando se vio obligada a ámbitos diferentes, Teresa de Jesús tuvo que permitir las rentas. Tenía que dejar asegurada la subsistencia de las monjas y la atención a las enfermas.

Oración, fervor, austeridad, sensatez

Lo económico no fue el único tema de debate: tratar sobre el ayuno, la abstinencia y la penitencia. Ya lo dijo uno de los cronistas oficiales de la Orden del Carmen, fray Francisco de Santa María: ella “era la primera en el silencio, en el fervor, en la observancia y caridad, en acudir al coro y a los oficios más humildes como era barrer y fregar”. Y cuando las hermanas la quitaban el estropajo o la escoba, respondía con contundencia: “Hijas, no me hagan floja, déjenme trabajar en la casa del Señor”. La abstinencia cuaresmal no podía ser guardada con el mismo celo en todos los lugares. Por eso, en Malagón dio licencia para comer carne. Acomodarse también en el hábito cuando las temperaturas eran agobiantes como ocurría en Sevilla, pues para alcanzar la santidad era necesario conservar la salud.

La reforma también pasó por el establecimiento de la misma entre los frailes. Lo realizó la propia madre Teresa a partir de la fundación de Medina del Campo, donde pudo conocer a fray Juan de la Cruz en 1567, treinta y dos años más joven que ella. No estuvo ajeno a este otro proceso el consiguiente debate, en el llamado “noviciado” del carmelita, cuando la madre Teresa de Jesús caminó junto a él, a fundar en Valladolid en 1568.

La reformadora deseaba moderar esos rigores que pretendía desarrollar aquel joven que dudaba sobre su entrada en la Cartuja, tras haber profesado en el Carmelo, ordenado sacerdote y haber pasado por Salamanca. Lo que la madre Teresa fue conociendo, a los descalzos les iba a costar descubrirlo, pues se hallaban más vinculados con el concepto del rigor que se había expandido en el siglo XV. No cumplía sus expectativas lo que se empezó a desarrollar en Duruelo, como describió con tono rico de matices en su libro de las Fundaciones.

Más la llamaba la atención el establecimiento de conventos en ciudades como Salamanca o Valladolid, según escribía a fray Jerónimo Gracián. Ciudades universitarias porque pretendía para sus frailes formación, con la cual ganar las almas de los que ignoraban a Dios. Y todavía, en este proyecto fundacional, había que conseguir la separación entre calzados y descalzos, con numerosas controversias en medio. Una de las víctimas más claras de todo ello fue fray Juan de la Cruz, que llegó a sufrir prisión. Cuando llegó la resolución de la provincia independiente de los descalzos, serían menester unas constituciones nuevas, documento que salió del capítulo de Alcalá de 1581. Diez años después de morir, Teresa de Jesús, se rompió la independencia relativa y se consiguió la definitiva como nueva orden del Carmelo descalzo.

Mujer valerosa

Mucho habría de saber Teresa de Jesús como fundadora y no solamente de gobierno, sino también de maneras de enfrentarse a un mundo masculino de decisiones eclesiales —teniendo en cuenta que ella también decidía—. Con la concesión de la patente de 1567 para fundar conventos de la reforma fuera de Ávila y tras la consolidación de la empresa de Medina del Campo, la madre Teresa parecía contar con el máximo apoyo de quien gobernaba la Orden de Nuestra Señora. Las palabras que Rubeo escribió a la nueva comunidad de la villa de las ferias, no todos las habrían suscrito. ¿Cuál iba a ser el papel de esta monja fundadora que no iba a vivir de manera estable en ninguno de los conventos que se iban abriendo?: “Os amonesto a todas —escribía el general Rubeo— a obedecer a la susodicha Teresa, como a verdadera prelada”. No todos los superiores provinciales iban a ser iguales. El padre Ángel de Salazar terminó consiguiendo que fuese enviada como priora de aquella casa de la Encarnación de la que había salido y en la cual no fue recibida con entusiasmo apoteósico. La madre Teresa demostró la forma de hacer las cosas con estrategia cuando el mencionado superior lo que pretendía era detener su actividad fundacional.

En este trabajo “gestor” de la monja carmelita, debía tratar con fundadores, los que le eran más amigos y los más desagradables; aprender a manejarse en el mercado inmobiliario —aunque dispondrá de ayudantes de grandísimo valor como su capellán Julián de Ávila—; conocer las disciplinas constructivas. De manera, más independiente —ella fue su fundadora pero no su superiora— se expandieron también los conventos de descalzos, con la consiguiente reacción —no podía ser de otra manera— de aquellos que se resistían a la reforma.

Nos encontramos ante una sociedad inmóvil, con una mujer  que transita de un lugar a otro y que, además, hace narración de todo ello, convirtiéndolo también en imagen de los gozos y fatigas de su ámbito espiritual, cuando hablaba de la salvación al concluir “Camino de Perfección”. Y así comparaba el infierno con las posadas que tuvo que pisar. Mientras que estos mesones y posadas eran efímeras, los tormentos del infierno se tornaban eternos. Años después, el vallisoletano fray Jerónimo Gracián aportaba muchos datos de las vivencias de la reformadora en las posadas. Trataba de preparar espacios, para convertirlos en pequeñas clausuras en las que vivir, aunque solamente fuese una noche.

En estos viajes, sus condiciones de salud no solían ser las más adecuadas. Las monjas no sabían dónde guisar la comida y lo hacía, según el padre Gracián, uno de los frailes —“la Madre reía mucho y las monjas se acongojaban viendo que no podían regalarla”—. La situación podía ser más complicada para la clausura pues había ventas que no tenían habitaciones y colgaban mantas de jerga que llevaban en los carros en los que se transportaban, para que las monjas “siempre quedasen encubiertas”. Los caminos, iban a ser otro tormento: “no pongo en estas fundaciones los grandes trabajos de los caminos, con fríos, con soles, con nieves, que venía vez no cesarnos en todo el día de nevar, otras perder el camino, otras con hartos males y calenturas”. Al menos, en sus manos, Teresa de Jesús contaba con algunas ayudas como era el Repertorio de 1546. A pesar de todo, la comitiva, pues nunca caminaba sola, también se perdía. Proyectos logrados, costosos, fracasados, exitosos, siempre con proyección.

Javier Burrieza Sánchez
Profesor de Historia Moderna. Universidad de Valladolid



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