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Retrato de Teresa de Jesús (II): «Para este camino, paz y sosiego en el alma»

En la existencia de una mujer castellana del siglo XVI, dos eran los caminos adecuados para su futuro: el matrimonio y el convento. Para el primero, el amor no era la motivación principal. Un matrimonio era un pacto, contrato o alianza que más bien servía para culminar un proceso u horizonte de negociación, ya fuese social o económica. Tanto el matrimonio como la profesión religiosa estaban necesitados de dote. Por eso, era habitual que una de las obras pías de aquel tiempo fuese la dotación de doncellas huérfanas. La soltería se contemplaba negativamente, por lo que podía suponer de independencia para la mujer. Y más si esa mujer soltera mostraba, además, una espiritualidad intensa y singular.

Estamos ante una población clerical abundante, más de hombres que de mujeres. En el siglo XVI solamente hallamos órdenes religiosas femeninas contemplativas, dentro de clausuras reforzadas por el Concilio de Trento. A ello se unirán los procesos de reforma que ya se habían puesto en marcha desde el interior de esas religiones. Habrá que esperar al siglo XVII para que otros trabajos empiecen a ser desarrollados por una monja. Será el caso de la educación de las niñas o la atención a los enfermos. No se concebía que la mujer asumiese ministerios pastorales para los cuales la Iglesia de aquel tiempo tampoco la había capacitado: “si las que os trataren quisieren deprender vuestra lengua, ya que no es vuestro de enseñar —escribirá años después en Camino de perfección—, podéis decir las riquezas que se ganan en deprenderla; y de esto no os canséis, sino con piedad y amor y oración” (CV 20, 6).

Desconocemos todavía la razón de la entrada de Teresa de Ahumada en el monasterio de la Encarnación de Ávila, aunque sí la presencia de una amiga suya —Juana Juárez— en el mismo. Anteriormente, había estado interna en las agustinas de Nuestra Señora de Gracia. Si al principio se mostraba hostil hacia la condición de ser monja, las cosas cambiaron y a los veinte años, un “día de Ánimas” de 1535, entraba en el monasterio abulense de la Encarnación. Desde su toma de hábito y posterior profesión, se iba a producir en ella una lógica identificación con su nueva familia, la Orden de Nuestra Señora del Carmen. Numerosas ciudades y villas de Castilla eran profundamente levíticas. Ávila contaba ya con cistercienses, clarisas, dominicas y agustinas, cuando un grupo de beatas reunidas desde 1479, se asentaron de manera definitiva en los extramuros de la ciudad en 1515: las que habrían de ser monjas carmelitas en este monasterio de la Encarnación.

Órdenes religiosas que se convertían en “grupos de presión” en lo espiritual, con profundas rivalidades que alcanzaban también lo material. Si se vivía de limosnas, la proximidad de otro monasterio cercano con los mismos fines, despertaba recelos y oposiciones bien encontradas. Religiones que se sentían orgullosas de su antigüedad y de los privilegios concedidos. Las carmelitas vistieron a la Virgen Niña con su hábito e insistieron en la paternidad del profeta Elías sobre la Orden del Monte Carmelo. Una asimilación como algo propio que se realizaba en el primer periodo de probación y formación y a cuyo fin servían —y lo siguieron haciendo en mayor medida durante el barroco— los sermones de la propia familia religiosa y las crónicas de la orden.

Teresa de Ahumada vivió en este monasterio de la Encarnación el periodo más prolongado de su vida, hasta 1562. Hubo algunas salidas provocadas por su enfermedad y ya, como carmelita descalza, se vio obligada a regresar como priora, entre 1571 y 1574. En el remedio de sus dolencias, participó activamente su familia. Vivió las precariedades de los remedios, en una época medicinal no científica y de escaso prestigio hacia los médicos. De ahí, que doña Teresa diese a parar con la curandera de Becedas, cuya fama se habría difundido por su supuesta eficacia. Sin embargo, en un momento fue dada por muerta, su sepultura abierta en la Encarnación y no enterrada, solamente por empeño de su padre. Después hubo de recuperar sus fuerzas desde un estado de parálisis, contando con el que habría de convertirse en su santo por antonomasia: San José. Teresa de Ahumada vivirá fuertemente la crisis, la atonía espiritual, el desasosiego ante un abandono de la oración: “pasé este mar tempestuoso casi veinte años por estas caídas”. El ambiente del monasterio de la Encarnación tampoco ayudaba en demasía, con una población monástica tan heterogénea y desigual, dentro de una comunidad numerosa que tenía que hacer concesiones en los rigores si quería sobrevivir, que debía atender en exceso a las curiosidades exteriores si pretendía ser atractiva, captar esas limosnas de las que estaba necesitada. De ahí, esos tiempos de locutorios que, cada vez Teresa de Ahumada fue asumiendo peor.

De la atonía se pasa a la necesidad de cambio, la conversión, más bien un tornar de prioridades: “deseaba vivir (que bien entendía que no vivía, sino que peleaba con una sombra de muerte) y no había quien me diese vida, y no la podía yo tomar, y quien me la podía dar tenía razón de no socorrerme, pues tantas veces me había tornado a sí y yo dejándole” (V 9,12). Todo ello estaba intensamente representado en el encuentro con un Cristo que demostraba sus flaquezas ante el dolor. Un cambio espiritual sancionado por las lecturas de esos libros que nunca quiso abandonar, con autores de referencia como los franciscanos Francisco de Osuna —con su “Tercer Abecedario” que lo leyó por vez primera en 1538—, Bernardino de Laredo —en “Subida del Monte Sión”— o Alonso de Madrid —“Arte de servir a Dios, que es muy bueno y apropiado”—; su encuentro con fray Pedro de Alcántara — “no está ya el mundo para sufrir tanta perfección” dirá a su muerte (V 27,16); o el dominico fray Luis de Granada: “con excelente doctrina y concierto para principio y fin de la oración” (CV 19,1).
Libros en romance, lecturas que le fueron privadas en virtud de esos “tiempos recios”, de esa intervención atosigante de la ortodoxia —no sobre ella sino sobre el conjunto de la sociedad—, en los días de 1559 —vividos con tanta proximidad de supuestos luteranos—: “iban a mí con mucho miedo a decirme que andaban los tiempos recios y que podría ser me levantasen algo y fuesen a los inquisidores” (V 33,5). Y ante libros que fueron prohibidos, la promesa del mismo Jesús que ella reflejó: “cuando se quitaron muchos libros de romance, que no se leyesen, yo sentí mucho, porque algunos me daba recreación leerlos, y yo no podía ya, por dejar los [escritos] en latín, me dijo el Señor: No tengas pena, que yo te daré libro vivo. Yo no podía entender por qué se me había dicho esto […] ha tenido tanto amor el Señor conmigo para enseñarme de muchas maneras, que muy poca o casi ninguna necesidad he tenido de libros. Su Majestad ha sido el libro verdadero adonde he visto las verdades. ¡Bendito sea tal libro, que deja imprimido lo que se ha de leer y hacer de manera que no se puede olvidar!” (V 26, 5-6).

La advertencia, no ocasional y puntual, del peligro que suponía el acceso de la mujer a los caminos intensos de la espiritualidad, con la desconfianza y la aplicación rápida de acusaciones de alumbradismo, hacía caminar por las sendas de la precaución. Una experiencia espiritual como la de Teresa de Ahumada estaba necesitada de la ratificación de adecuados consejeros espirituales. Ella manifestaba su descorazonamiento en esta búsqueda, pues no había encontrado confesores que la ayudasen sino, más bien que la despistasen. Faltaban directores espirituales con experiencia, capaces de hacer frente a los rincones del alma y de formar a futuros confesores en un tiempo en que la frecuencia de los sacramentos —de la confesión a la comunión— se iba a ir intensificando, sobre todo a partir de Trento. La solución llegaba desde las órdenes religiosas —pensemos en los dominicos o en nuevas realidades eclesiales como era la Compañía de Jesús—. Eso fue lo que supuso la presencia de nuevos nombres, como el padre Francisco de Borja, anterior duque de Gandía: “díjome que era espíritu de Dios y que le parecía que no era bien ya resistirle más […] como quien iba bien adelante dio la medicina y consejo, que hace mucho en esto la experiencia” (V 24,3). Ávila, entonces desprovista de estos hombres avezados en lo espiritual, ganó con el establecimiento del colegio de la Compañía, sobre todo con la presencia del padre Baltasar Álvarez. Seguridad, pues, en la conversión y deseos de cambio, no solamente en uno mismo sino proyectado hacia el exterior. Nacía el proyecto de reforma de su orden: “lo que mucho conviene para este camino que comenzamos a tratar es paz y sosiego en el alma” (CV 20, 5).

(V, Libro de la Vida / CV, Camino de Perfección manuscrito Valladolid)

Javier Burrieza Sánchez
Profesor de Historia Moderna. Universidad de Valladolid



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