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Retrato de Teresa de Jesús (I): Nacida en una familia de conversos

Teresa de Jesús ha sido la monja que ha contado con mayor repercusión en la historia de España; muy celebrada no solamente en sus fiestas de canonización sino también en sus conmemoraciones vitales. Teófanes Egido, uno de sus más preclaros especialistas, piensa que su existencia conmocionó a sus contemporáneos, que se preocuparon por destacar lo extraordinario vinculado a ella. Esto provocó una notable deformación de algunos aspectos de su realidad histórica y una descontextualización de sus aportaciones a la espiritualidad católica del siglo XVI que la historiografía actual ha ido subsanando. Hubo un tiempo en que fue identificada con las “virtudes” de lo español —si éstas pueden ser definidas—, cuando se la denominó la “santa de la raza”, título debido a fray Gabriel de Jesús antes de la Guerra Civil; subrayado en 1939 por el gran estudioso que fue Silverio de Santa Teresa. Ejemplarizaban en ella la pureza de un supuesto pueblo, caracterizado por la ortodoxia y la defensa de la fe católica. Cuando se descubrió que sus ascendientes fueron conversos desde el judaísmo, entonces se rompieron todos los esquemas. Un santo barroco nunca podía carecer de limpieza de sangre aunque, en realidad, muchos fueron los conversos que protagonizaron iniciativas en la reforma católica. Así lo había resaltado Pablo de Santa María, también converso y obispo de Burgos en el siglo XV. Éste se refería a las iniciativas reformistas de los franciscanos y a fray Pedro de Valladolid, futuro san Pedro Regalado, patrono de la ciudad del Pisuerga. Otros no vieron reconocidas definitivamente sus virtudes como ocurrió con Diego de Laínez, sucesor de san Ignacio o Juan de Polanco, su secretario, a quien el grupo opositor dentro de la Compañía y el papa Gregorio XIII impidieron ser el cuarto prepósito general de la Compañía, en aras a su condición de español y descendiente de conversos, ambos dos contemporáneos de la madre Teresa.

Nuestra monja conservó su nombre de pila, Teresa de Ahumada, hasta el comienzo de la reforma del Carmelo. Después, hablaremos siempre de Teresa de Jesús. Olvidemos otras denominaciones que podían referirse a su ciudad natal y que resultan anacrónicas en el tratamiento histórico del personaje. Ella nunca fue Teresa de Ávila, ni tampoco Teresa de Cepeda y Ahumada. La genealogía teresiana fue falsificada. Primero por sus ascendientes; después por sus hagiógrafos. Incluso, autores relativamente recientes, se han dejado llevar por las ejecutorias de hidalguía del siglo XVI. En 1946, el gran investigador Narciso Alonso Cortés plasmaba el resultado de sus pesquisas, cuando tuvo delante de sí los litigios de la familia de los Cepeda. Su abuelo se autodenunció al Santo Oficio y se vieron obligados, para tener una existencia relevante, a inventarse un pasado en un ámbito diferente al propio, y evitar ser reconocidos, en un nuevo escenario, en una ciudad distinta. Había que buscar, en la dimensión contractual del matrimonio, bodas que oxigenaran teóricamente su sangre. Teófanes Egido aclaró con autoridad todas estas cuestiones cuando publicó en 1986 el “linaje judeoconverso de santa Teresa”. Ella estaba informada de sus orígenes. La preocupaba poco las prioridades de los linajes. Ella sutilmente y con maestría, supo ridiculizar estas preocupaciones tan de su tiempo. A lo largo de su vida, tuvo que tratar a los “grandes de este mundo” pero entendió a los sectores medios y burgueses de una sociedad estamental. A ella también, éstos la comprendieron mejor.

Una ascendencia que se remontaba a tierras cercanas a Valladolid, aunque entonces no existían nuestras dimensiones provinciales. Su abuela paterna había nacido en Tordesillas; sus abuelos maternos y su madre eran de Olmedo, recibiendo el nombre de Teresa de su abuela materna, Teresa de las Cuevas; mientras que el apellido con el que firmaba en su primera etapa vital, el de Ahumada, procedía de su madre, en un tiempo en el que el orden de los mismos no se encontraba reglamentado. La abuela paterna, Inés de Cepeda, contrajo matrimonio con el habilidoso hombre de negocios que era Juan Sánchez de Toledo. Como dijimos, éste chocó con la Inquisición y se vio obligado a trasladarse a Ávila. Fue de los conversos que se denunciaron de inmediato ante el edicto de gracia de 1485, cuando la Inquisición comenzaba a establecerse en Toledo. Su padre, Alonso Sánchez, contrajo matrimonio en dos ocasiones. Su madre Beatriz de Ahumada había nacido en 1495 y era prima en tercer grado de la primera esposa de su marido, Catalina del Peso. Un matrimonio rentable para el linaje y por su dote, celebrado en la localidad abulense de Gotarrendura, donde los padres de doña Beatriz disponían de importantes propiedades. Ella disponía de quince años. Algunos autores tuvieron la “ocurrencia extraña” de situar en aquel lugar el nacimiento de Teresa, cuando en realidad éste transcurrió en la ciudad de Ávila, entonces habitada por unos cinco mil habitantes.

La “Santa” supo retratar y recordar un ambiente familiar para su infancia y adolescencia, subrayando la ternura que no era habitual en las realidades cotidianas de la privacidad. Esa cercanía y unidad familiar quizás tenían que ver con la exclusión social que habían vivido en su condición de conversos. Hablaba de una madre de “muchas virtudes”, cargada de enfermedades desde sucesivos y no distanciados partos. Y aunque murió de treinta y tres años —cuando Teresa había cumplido los doce—, de suyo era hermosa aunque parecía, por estos sufrimientos maternales y por los diez hijos que tuvo, una mujer de mucha mayor edad. Su padre, por otra parte, anotó el momento del nacimiento de su hija; “en miércoles [de pasión] veinte e ocho días del mes de marzo de quinientos e quince años nasció Teresa, mi fija, a las cinco horas de la mañana, media hora más o menos, que fue el dicho miércoles casi amaneciendo”. Después la joven manifestó el dolor de una huérfana: “afligida fuime a una imagen de nuestra Señora y supliquéla fuese mi madre, con muchas lágrimas” (V 1,7). Y sintió, con profundidad, marchar al claustro con veinte años, y dejar a su padre, solo y viudo: “me parece cada hueso se me apartaba por sí” (V 4,1).

Esa historia de la ternura se prolongó a lo largo de su vida con sus hermanos y sus sobrinos, donde no faltaron los disgustos y los conflictos, de nuevo, por las herencias familiares, cuando tuvo que defender que parte de lo conseguido por sus hermanos deseaban destinarlo a la reforma del Carmelo descalzo. Mientras que el ámbito familiar habitualmente no estaba presidido por los afectos, la suya fue excepcional aunque no única en el ámbito carmelitano, según transmitieron —por ejemplo— los ocho hermanos que componían la familia de los Sobrino, hijos de Antonio Sobrino y Cecilia Morillas, cuatro de ellos frailes y monjas descalzas del Carmelo. Teresa de Jesús, por su parte, supo contar con sobrinas dentro de las clausuras, en mayor o menor proximidad como ocurría con su sobrina Teresita o con la que fue priora de Valladolid, María Bautista. Y eso que, en sus Constituciones, pedía evitar “tratar mucho con deudos”. A pesar de todo, se reafirmaba en la superioridad del estado religioso sobre el matrimonial. Ella hablaba de evitar el enfado al marido —“mirad de qué sujeción os habéis librado, hermanas”—. Conceptos que estaban asociados a las mentalidades colectivas de su tiempo cuando se afirmaba que el peor de los frailes era más santo que el mejor de los seglares.

No fue una niña que vivió sus años de infancia y adolescencia en medio de carencias, aunque después la situación familiar se empezó a derrumbar y cada vez fue más difícil mantener los comportamientos propios de un hidalgo. Precisamente, esta situación privilegiada, le permitió tener acceso a la lectura, a la afición a leer; primero aquellas novelas de caballerías que tanto las distraía a su madre y a ella. En medio de una sociedad analfabeta, sus padres les animaban a acercarse a esos productos de lujo de la imprenta. Ella lo recalcaba en el Libro de su Vida, “era mi padre aficionado a leer buenos libros, y así los tenía de romance, para que leyesen sus hijos éstos”. Después, la necesidad de asegurar un futuro obligó a buena parte de los hijos de Alonso Sánchez de Cepeda a tener que emigrar a las Indias —donde se disimulaba un pasado y se trataba de construir un futuro diferente— o a enrolarse en el ejército. Con todo, a pesar de las dificultades de ambas metas, los hermanos de Teresa de Jesús llegaron a edad adulta. Un ambiente familiar que contribuyó a una intensa devoción y una vida piadosa que desarrolló especialmente su madre, con la oración del rosario, tan popular en esos momentos. Devociones y prácticas piadosas que se unían a las de caridad con los necesitados en una sociedad que carecía de atención sanitaria generalizada. Teresa de Jesús, olvidando las polémicas de la honra, recordaba en sus progenitores a esos “padres virtuosos y temerosos de Dios”.

Javier Burrieza Sánchez
Universidad de Valladolid



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