Retiro sacerdotal San Juan de la Cruz (14 diciembre fiesta)
Blog del director Los Santos

Retiro sacerdotal sobre San Juan de la Cruz (14 de diciembre, memoria litúrgica)

Vamos a articular la presente meditación en tres apartados. Primero: Algo de historia. Segundo: Consideraciones sobre la gracia a partir de una gracia particular. Tercero: Bases sólidas para un sacerdocio santamente vivido.

PRIMERO: CONSIDERACIONES BIOGRÁFICAS E HISTÓRICAS

 

San Juan de la Cruz, hijo de un pobre tejedor, nacido el 24 de junio de 1542 en el pueblo de Fontiveros (Ávila), fue ordenado sacerdote en Salamanca en el año 1567, a los 25 años de edad.

 

Vivió 49 años y ejerció su ministerio sacerdotal en esta vida durante 24 años (la mitad de su vida). Así que, al tiempo de celebrar sus bodas de plata sacerdotales, completó su peregrinación.

 

No vamos a repasar toda su vida, ni siquiera a repasar toda su vida sacerdotal. Nos interesan ahora sólo tres años de su vida, de los 22 a los 25 años, los años más próximos a su sacerdocio, es decir, desde que empieza a estudiar Teología en 1564 hasta que recibe la ordenación sacerdotal en 1567. Una vez marcado el espacio cronológico de estos tres años, trataremos de extraer aquellas enseñanzas espirituales que nos puedan servir para nuestra vida de presbíteros.

 

Fray Juan de Santo Matía (éste era su nombre al ordenarse) se había trasladado a Salamanca desde Medina del Campo en el año 1564 para cursar estudios universitarios. Era norma constante la ordenación de los alumnos universitarios a lo largo de sus estudios en la Universidad. En los tres años que residió en Salamanca “recibió los sacros órdenes de subdiácono, diácono y sacerdocio”, dirá uno de sus biógrafos, el P. Alonso de la Madre de Dios.

 

En aquellos años estaba muy candente el tema de las ordenaciones sacerdotales a raíz de los impulsos del concilio ecuménico de Trento (celebrado entre 1545 y 1563, a lo largo de XXV sesiones) y del concilio provincial de Salamanca, que se celebró en tres sesiones (del 8 de septiembre de 1565 al 28 de abril de 1566). Concilios provinciales, semejante al de Salamanca, se celebraban en casi todas las diócesis de España para aplicar las normas del Concilio de Trento.

 

Era obispo de Salamanca D. Pedro González de Mendoza (no confundir con el gran cardenal D. Pedro González de Mendoza, hijo del primer duque del Infantado, obispo que fue de Sigüenza en los finales del siglo XV). Este D. Pedro González de Mendoza del que ahora nos ocupamos y que ordenó de sacerdote a fray Juan de Santo Matía, era hijo del cuarto duque del Infantado. Fue nombrado obispo de Salamanca en 1560 y un año más tarde, en 1561, fue al concilio de Trento, siendo ya pontífice Pío IV, el papa que llevó a feliz terminación el Concilio de Trento. El obispo de Salamanca, D. Pedro González de Mendoza, asistió a las últimas sesiones conciliares. Por cierto que en sus Memorias del Concilio deja traslucir un cierto desencanto acerca de la reforma de los frailes. Estas son sus palabras: “La reformación de los frailes está hecha con menor rigor del que era menester; porque fueron frailes los que entendieron en hacerla, y después ha sido tanto el negocio que han traído, que más valiera que nunca se hiciera, que hacerse de la suerte que se hace” (“Memoria”, en M. Serrano Sanz, Autobiografías y Memorias, p. 267). No podía imaginar el obispo González de Mendoza que aquel frailecillo al que imponía las manos en 1567 iba a llevar adelante de forma bien cumplida la reforma de los frailes tan añorada por el prelado.

 

Eran recientes las normas del concilio de Trento sobre la ordenación de presbíteros, dadas en la sesión XXIII del día 15 de julio de 1563. Allí se dice, por ejemplo, que para las órdenes mayores deben “presentarse al Obispo un mes antes de ordenarse. Los respectivos superiores de los ordenandos darán informes sobre el nacimiento de los promovidos, su edad, costumbres y vida, y remitan lo más presto que puedan al mismo Obispo las letras dimisoriales” (c. 5). La edad de los ordenandos estaba señalada detalladamente: “Ninguno sea promovido a Subdiácono antes de tener 22 años de edad, ni a Diácono antes de 23, ni a sacerdote antes de 25. Tampoco se ordenen los Regulares de menos edad sin diligente examen del Obispo” (c. 12). (Notemos que el Denzinger sólo recoge cuatro capítulos de esa sesión sobre el sacramento del orden y ocho canónes; recordemos, en fin, que Trento habla de siete órdenes “de tal manera distribuidos que, quienes ya están distinguidos por la tonsura clerical, por las órdenes menores subieran a las mayores” (c. 2, D 958). El canon correspondiente lo sancionará así: “Si alguno dijere que, fuera del sacerdocio, no hay en la Iglesia Católica otros órdenes, mayores y menores, por los que, como por grados, se tiende al sacerdocio, sea anatema” (can. 2, D 962). Actualmente el planteamiento es otro en el Pontifical Romano: más que ascendente (escalafón, carrera), es descendente (orden de la gracia, sentido más receptivo): Ordenación de Obispo, presbíteros y diáconos. Las llamadas órdenes “menores” han pasado a ser ministerios laicales)

 

Antes de ser promovidos a un orden sagrado mayor habían de ejercer el anterior durante un año. “Tampoco se confieran en un mismo día dos órdenes sagradas, ni aún a los regulares” (c. 13). “Antes de recibir el Sacerdocio habrán ejercido el Diaconado un año entero” (c. 14).

 

Esto supone que Fr. Juan había sido ordenado subdiácono en 1565, y diácono en 1566, pues era ley: “No se permita a los promovidos al sagrado orden del Subdiaconado ascender a más alto grado, si por un año, al menos, no se hayan ejercitado en él” (c. 13). Y para el sacerdocio, “los que han servido de diáconos un año entero, por lo menos” (c. 14). Las ordenaciones se celebraban cada año en las Témporas de septiembre, concretamente el viernes de las Témporas. Aunque nadie ha tomado nota del día de la ordenación de Fr. Juan, se concluye fácilmente armonizando los datos que Fr. Juan fue ordenado sacerdote en septiembre de 1567, a los 25 años de edad; aún se puede precisar más: puesto que las Témporas de septiembre se celebraban en la tercera semana, la ordenación sacerdotal de San Juan de la Cruz hubo de ser el viernes, 19, en el marco de la vieja catedral románica de Salamanca, pues aunque la nueva se habilitó al culto en 1560 cuando la edificación llegó al crucero, sin embargo las obras continuaron todavía dos siglos y fue consagrada en 1761; por tanto, el marco a propósito para las ordenaciones masivas era la completa catedral románica de Salamanca y no la nueva, que había crecido hasta entonces sólo hasta la mitad.

 

Vamos ofreciendo datos diversos: fechas de calendario, nombre del obispo ordenante, lugar de la celebración…, no por alarde de erudición sino por una razón teológica: la gracia entra en la historia, no es una abstracción o una difusa iluminación interior sino un entrecruce real con los mimbres del tiempo y de los lugares. No estamos soñando sino que Dios, (que eso es la gracia: Dios que se nos da en Cristo), ha venido a nuestro encuentro y sabemos cuándo y donde. En realidad, donde dicen los mapas “red de carreteras”, nosotros podíamos poner “red de vías sacras”.

 

Pues sigamos ahora por la “via sacra” que va de Salamanca a Medina, por donde caminaba el nuevo presbítero, junto con su colega fray Pedro de Orozco.

 

Quince leguas de camino andadero separaban a Medina de Salamanca. La legua es medida itineraria, como sabemos, variable según países o regiones y que se define por el camino que regularmente se andaba en una hora. En el sistema español de entonces, en aquellos tiempos de muy buenos andadores, la legua equivalía a 5,5 km. Entre Salamanca y Medina, por tanto, 82,5 km. Los dos nuevos sacerdotes pudieron salir de Salamanca la misma tarde de la ordenación, caminar durante toda la noche y llegar a Medina a mediodía del sábado día 20, tras quince horas de camino. Al día siguiente, domingo día 21 de septiembre, cantó su primera Misa.

 

Uno de sus biógrafos, Jerónimo de San José, escribe así: “Habiéndose ordenado, le trajo la obediencia al convento de Santa Ana de Medina del Campo, cuyo hijo era, para que allí cantase la Primera Misa y diese consuelo a su madre y a los que en aquella villa le amaban y estimaban” (cf. Efrén, 206).

 

Los contornos exteriores de aquel suceso, de una primera Misa en aquellas circunstancias, son fáciles de imaginar: los frailes de Santa Ana, presididos por el P. Antonio de Heredia, muy rumboso él, darían la máxima relevancia; además, el calor de sus íntimos, desde la madre hasta los sobrinos, arropaban al nuevo sacerdote con el amor familiar.

 

¿Y por dentro? El historiador Jerónimo de San José, del que ya hemos escuchado algún testimonio, osó introducirse en sus sentimientos personales y advertía: “Para este acto se aparejó el devoto misacantano con largas vigilias de oración. Bien se lucieron las diligencias y preparación para su Misa, pues le hizo Nuestro Señor en ella una de las más rras y señaladas mercedes que él recibió de su divina mano en el discurso de su vida, que fue reducirlo a la inocencia bautismal y sencillez de un niño, y juntamente confirmarlo en gracia” (cf. Efrén, 207).

 

Y el historiador aclara que “aunque bien conoció la gran merced que pedía, sintió en su corazón un vehemente impulso para pedirlo y una viva confianza para esperarlo, que suele ser indicio muy seguro de que el Señor suele conceder lo que así se le pide… Y estando ya en el altar celebrando el santo sacrificio, después de haber consagrado, viendo en sus manos al Dios y Señor que le podía llenar y colmar sus deseos, le dijo: “Señor, ¿qué me podéis negar pues os me dais a Vos mismo? Pues lo que os pido es lo que queréis que os pida”.

 

Estos sentimientos internos tenía, así oraba en su interior, cuando, herido de luz clara y sutil, oyó envuelta en ella esta voz: “Hete concedido lo que me pides”. Sintió en su alma una renovación y purificación de toda ella, con la cual quedó convertido en otro hombre, formado de la mano de Dios, rodeado de su amparo y asegurado en la prerrogativa de su Gracia” (cf. Efrén, 207).

 

Otro de sus biógrafos, el P. Alonso, da cuenta también de esta gracia de su Primera Misa con estas palabras: “En la Primera Misa recibió de su Divina Majestad una rara y grandiosa merced, restituyéndole la inocencia de un niño de dos años y confirmándole en su gracia, privilegio grande, comprobado con el testimonio de aventajados espíritus, a quien el Señor lo reveló”.

 

Notemos que esta gran merced (lo que llamaremos desde ahora la “gracia de la Primera Misa”), no la habría revelado a nadie por sí mismo San Juan de la Cruz, si no lo hubiera revelado el Señor a algunos de esos espíritus aventajados próximos al Santo. Pero por sí mismo, a nadie la habría contado. En uno de sus dichos escribió: “Calle lo que Dios le diere y acuérdese de aquel dicho de la esposa: Mi secreto, para mí (Is 24, 16)” (D 152). Pero en este caso fue el Señor el que lo reveló. Oigamos el testimonio de una religiosa de la Encarnación de Avila: “Estando un día esta testigo esperando al Santo Padre Fr. Juan que acabase con una persona que por entonces le tenía ocupado, para entrar ella y comunicarle cosas de su alma y confesarse, recogiéndose ella entre tanto en oración, le manifestó nuestro Señor la gran santidad del Santo Padre Fray Juan, y reveló que, cuando dijo la primera Misa, le había restituido la inocencia y puesto en el estado de un niño inocente de dos años, sin doblez ni malicia, “confirmándole en gracia” como a los Apóstoles, para que no pecase ni le ofendiese jamás gravemente…” (Testimonio de Ana María de Jesús, en P. Efrén 208). Y en parecidos términos se expresa otra religiosa, ésta en Granada, la M. Beatriz de San Miguel, quien afirma que “entre otras cosas supo de Nuestro Señor cómo el Sol de justicia había dado su luz muy temprano en el hemisferio de esta santa alma, y cómo él, con esta luz, desde muchacho suplicaba a Dios que le preservase de ofenderle, y no de penas y trabajos que merecía si, dejándole Su Majestad de su mano, le ofendiera; y que en la Primera Misa le había confirmado en gracia, concediéndole su petición y otros peculiares favores” (cf. P. Efrén, 209).

 

¿Cuál era el ambiente general sobre sacerdocio, su vida y ministerio, en pleno siglo XVI? Podemos afirmar que en general, en el siglo XVI y hasta la celebración del concilio de Trento, que se ocupó del sacerdocio en 1563, en la sesión XXIII, el ambiente general dejaba bastante que desear. Baste recordar aquí los memoriales escritos por San Juan de Avila.

 

El primer memorial lo redacta San Juan de Avila en 1551, cuando ya el Concilio de Trento había tratado de la reforma del clero y de las órdenes religiosas en la sesión V, en 1546, un año antes de la famosa sesión VI sobre la justificación. Pues bien, la reforma y más aún la aplicación de las leyes de reforma habían sido decepcionantes, todo había quedado sobre el papel, pero el nivel espiritual del clero seguía siendo, en general, bajo.

 

Quedaba pendiente como trabajo conciliar sobre el sacerdocio el estudio sobre el sacramento del orden (lo haría en la sesión XXIII, en el año 1563). Con vistas a ese estudio escribe los dos memoriales: el de 1551 y el de 1561. Escribe en su primer Memorial: “Paréceme que el estado en que al presente estamos es semejable al de la vieja Ley, y a la república de los descuidados, y a la negligencia de los maestros, que mandan y no ayudan a cumplir. Porque ¿qué mejores leyes puede haber que las que hay hechas cerca de la santidad, y letras, y régimen de toda la Iglesia? ¡Qué de penas puestas para los transgresores de estas buenas leyes! Y con todo esto, no hay quien ignore cuán malos, cuán ignorantes y desordenados estemos los eclesiásticos”

 

Diez años después, en 1561, redacta su segundo Memorial. Su opinión sobre la situación moral del clero no ha cambiado. Escribe: “Basta a mover a compasión cualesquiera entrañas, por duras que sean, de ver los ministros de Dios hechos esclavos de la maldad, cautivos del demonio y con vida más sucia que los sucios del pueblo”. Leyendo los Memoriales de San Juan de Ávila, parece que los fallos más acusados del clero eran estos tres: la inobservancia bastante extendida de la virtud de la castidad, el afán desmedido de dinero y la escasa formación.

 

Cuando los historiadores nos hablan de la situación del clero en ese tiempo, pensamos que exageran y que se las ido la pluma, bien por ligereza o por animadversión contra la Iglesia. No es tal. A veces no ahondan en las causas ni se preocupan de encontrar remedio, cosa que sí hace ciertamente San Juan de Ávila, pero en cuanto al hecho de la situación del clero, los historiadores reflejan bastante bien la realidad.

 

Los historiadores narran, y es verdad, cómo dentro de la Iglesia se reproducían también las clases sociales del mundo laico: los grandes dignatarios procedían de la nobleza y muchos de ellos sabían más de armas y caballos que de latines y cantos litúrgicos. En un nivel inferior, estaban los curas de a pie; estos procedían del pueblo y eran casi tan ignorantes como él; estos eran los calificados como “curas de misa y olla”, expresión que nosotros empleamos despectivamente pero responde a una realidad y es que había muchos curas que no eran capaces de más ni aspiraban a más. De hecho, el Catecismo cristiano de Carranza, de 1558, en su gran deseo por elevar el nivel espiritual del clero, ha de reconocer esta dolorosa herencia y es que había como dos modos de vivir el sacerdocio, como “dos oficios”: “el uno es para el “cuerpo natural de Cristo” y el otro para su “Cuerpo Místico”, que es la Iglesia. Algunos se ordenaban para sólo el primer oficio, que es decir una misa, como se hace con muchos de los monasterios, los cuales nunca han de administrar otro sacramento sino el del Altar”. Carranza, lógicamente, quiere ir más allá, es decir, quiere que los sacerdotes estén preparados para una acción pastoral completa y por eso dirá: “Y porque el pueblo demanda de la boca de éstos (de los sacerdotes) la Ley de Dios, están obligados a saber las Leyes que el pueblo ha de guardar y lo que está obligado a creer, porque lo ha de enseñar así, y oir las confesiones del pueblo” (Cf. P. Efrén, 204).

 

En 1563, en la sesión XXIII, el concilio de Trento se ocupó del sacramento del orden. Así comienza su primer capítulo: “El sacrificio y el sacerdocio van de tal modo unidos por disposición divina, que siempre ha habido uno y otro en toda Ley. Habiendo, pues, recibido la Iglesia católica, por institución del Señor, el santo y visible sacrificio de la Eucaristía, es necesario confesar también que hay en la Iglesia un Sacerdocio nuevo, visible y externo, en que se mudó el antiguo” (Ses. XXIII, c. 1: Dz 957).

 

Cuatro años después de esta doctrina conciliar sobre el sacerdocio, fue ordenado presbítero San Juan de la Cruz, en 1567. Y dos años después de la ordenación de presbítero de San Juan de la Cruz, muere San Juan de Ávila (1500-1569).

 

En este ambiente eclesial recibe San Juan de la Cruz la gracia del sacerdocio y el don particular de la “confirmación en gracia” durante la celebración de su Primera Misa. La trayectoria que la gracia iba trazando en él era en continuo crecimiento y él no estaba dispuesto a conformarse con menos. Él no había quedado satisfecho con la aplicación de los planes de reforma que habían salido de la sesión quinta de Trento; le parecía una reforma tímida, complaciente e insulsa. Él se sentía llamado a lo más porque había recibido una gracia de máximos y estaba decidio a responder al máximo.

 

Fray Juan había resuelto en su interior que, tal como estaba el Carmelo español, al que él pertenecía, no era posible vivir en él como creís que debía ser observada la regla primitiva y el espíritu de la Orden. Lo más urgente era resolver la superficialidad y el silencio, y pensndo que esto por lo menos lo habían resuelto los Cartujos, comenzó a tramar la forma de pasar a la Cartuja.

 

¿Le pudo pasar por la cabeza y por el corazón entrar en los círculos de San Juan de Ávila, donde había unas propuestas de máximos? No sabemos. Seguramente no, aunque en muchas de sus páginas se nota la huella avilista. No es difícil encontrar el espíritu del “Audi Filia” de San Juan de Ávila en las páginas de la Subida del Monte Carmelo, lo mismo que no es difícil encontrar huellas de San Ignacio en algunos párrafos del Cántico Espiritual. Sería interesante, por ejemplo, hacer un estudio comparado entre la “Contemplación para alcanzar amor” de los Ejercicios ignacianos y la “Oración de alma enamorada” de San Juan de la Cruz. Lo que sí sabemos es que él estaba decidido a dar una respuesta de totalidad a las gracias recibidas.

 

“¿Seguía pensando en la cartuja después de la gracia recibida en su primera Misa? Parece que sí; pero de otra manera. Superado todo tipo de ansiedades, como si el rumbo de los acontecimientos lo llevase exclusivamente Dios, él no debía sino esperar a la vera del camino, hasta ver pasar al heraldo de Dios que la traería su mensaje” (P. Efrén, 211).

 

Pasó ese heraldo y se lo llevó. Ese heraldo era Santa teresa de Jesús. Nosotros le dejamos que siga su camino, mientras nosotros seguimos el nuestro.

 

SEGUNDO: CONSIDERACIONES SOBRE LA GRACIA A PARTIR DE UNA GRACIA

Hemos hecho mención en varios momentos de la gracia recibida en su Primera Misa. Es una gracia que marca una especie de punto de no retorno en la vida espiritual del presbítero San Juan de la Cruz. Su alma quedó confirmada en gracia. Tal vez el mejor comentario a esta gracia particular de la Primera Misa sean las palabras escritas por él al hablar del matrimonio espiritual en la canción 22 de Cántico: “Es una transformación total en el Amado, en que se entregan ambas las partes por total posesión de la una a la otra con cierta consumación de unión de amor, en que está el alma hecha divina y Dios por participación, cuanto se puede en esta vida. Y así, pienso que este estado nunca acaece sin que esté el alma en él confirmada en gracia, porque se confirma la fe de ambas partes, confirmándose aquí la de Dios en el alma. De donde, éste es el más alto estado a que en esta vida se puede llegar” (C 22, 3).

 

A partir de aquí, de la gracia de la primera Misa, podríamos elaborar una especie de breve decálogo sobre la comunicación de Dios al alma, es decir, sobre la gracia en su diálogo vital, salvífico y real con el alma, en nuestro caso, con el alma sacerdotal.

 

Primer enunciado. La gracia no se improvisa. También a la gracia le podemos aplicar el principio de la “hermenéutica de la continuidad”. Parece que este santo presbítero venía pidiendo esta gracia desde muchacho: no ofender deliberadamente al Señor en nada, ni en materia grave ni en materia leve, mantenerse fiel en la amistad perfecta, en la donación mutua total y en la identificación completa ¿Recuerdan las tres maneras de humildad de San Ignacio en los Ejercicios?  En un ambiente general de poca exigencia y de bastante descuido, él desde pequeño pensó en lo más. La gracia de la primera Misa no llegó de golpe sino tras un largo camino de trabajo sólido y de continuada fidelidad. “Al que tiene, se dará”, es decir, al que responde a una gracia, Dios le da otra gracia mayor; y así va creciendo la gracia hasta que todo llega a su tiempo y número y sazón. Y en su tiempo y sazón Dios le concedió la tan ansiada gracia.

 

Segundo. La gracia no conoce límites. Para la gracia no hay nada imposible. Acostumbrados a mirar el lastre de nuestra vida o los límites de nuestra existencia, pensamos que nuestra situación es irremediable y que ya no hay nada que hacer. Esta es sin embargo la peor tentación que tiende el maligno y en la que se puede caer: el considerar las situaciones como irremediables y la santidad como imposible. “¿Podrán revivir estos huesos?”, le preguntaba Dios al profeta Ezequiel. Y Dios mismo les respondía: “Yo lo haré”. Al ver lo que ha hecho la gracia en otros, en este caso concreto en San Juan de la Cruz, ¿por qué vamos a dudar de que lo puede hacer también en nosotros? Por poder, puede hacer eso y más. Tiene más deseos de llevarnos a la unión perfecta de amor con Él de los que podemos tener nosotros ¿Por qué de hecho no hace esta gran obra en nosotros? Porque no le dejamos y porque no le hacemos caso; pero deseos y capacidad, le sobran.

 

Tercero. La gracia no defrauda. Todavía no conozco a nadie que se haya dado de veras a Dios y que se haya sentido frustrado o insatisfecho o defraudado o menguado en sus expectativas o mermado en aspiraciones. Dios puede y quiere hacer más de lo que nosotros podemos pensar. La gracia suele desbordar todas nuestras previsiones cuando se es honesto y fiel con Dios. Nuestras previsiones son previsiones de criaturas y la obra de santidad es de Dios y como dista el cielo de la tierra, así son de diferentes los pensamientos grandes de Dios de la mezquindad de los nuestros (Cf. Is).

 

Cuarto. La gracia siempre quiere ir a más. De hecho, la perseverancia cristiana no es permanecer siempre en el mismo sitio, sino permanecer en el amor y el amor siempre quiere ir a más. No ama de verdad ni se deja amar de verdad el que tiene para su vida moral un programa de mínimos. El deseo de no ofender a Dios es como la raya que no se desea pasar hacia a tras, pero hacia delante no hay raya; por eso, al fin lo que se ha de desear es practicar en cada momento la virtud adecuada a ese momento y al más alto nivel, que ese es el modo de proceder de Dios: un actuar virtuoso adecuado a cada momento y vivido al modo más alto posible, al modo divino.

 

Quinto. La gracia sigue un camino progresivo. Tiene sus leyes de crecimiento que el alma debe conocer y respetar. Dios es libre al actuar, ciertamente, pero eso no significa que actúe a capricho ni se salte las leyes del crecimiento que Él mismo ha ido señalando. Es verdad que Dios respeta los ritmos propios de la persona pero hace pasar a la persona por todos los tramos del camino. La gracia va dando pasos lógicos y sucesivos, sin omisiones ni saltos. La santidad no es un golpe de suerte o azar sino un camino largo, lento, paciente; no es un salto por encima de la realidad diaria sino un recorrido fiel, paso a paso, acompasado al ritmo amante y sabio de la voluntad divina. Una gracia lleva a la siguiente, y esta a la siguiente, y esta a la siguiente.

 

Sexto. Las gracias particulares tienen su momento. Aunque el alma va manteniendo una actitud de fidelidad y de santos deseos de algunos dones particulares y de súplica confiada de algunas gracias muy estimadas, sin embargo, estas gracias particulares tienen su momento que se conoce por algunas señales, sobre todo por dos: el vehemente impulso a pedirlas en un tiempo determinado (San Juan de la Cruz en su primera Misa) y la viva confianza de alcanzarlas, que en ese momento supera en intensidad a la confianza habitual que se tiene en la Providencia divina. En una línea de fidelidad habitual, hay que estar atento, por consiguiente, a los momentos queridos por Dios para comunicar gracias particulares.

 

Séptimo. La gracia de Dios no piensa sólo en salvar “in extremis”. El que Dios pueda salvar “in extremis” (como hizo con el buen ladrón), no significa que sea eso lo que más le gusta. Ciertamente que tiene tantas ganas de salvar que hasta es capaz de salvar “in extremis”, pero a Él le gustaría salvar antes, adelantar la salvación y la santificación a primeras horas. De hecho, muy a primera hora, en el bautismo, nos introdujo en su vida y en su misterio trinitario. Y en cuanto a la gracia sacerdotal, a la que bien podemos llamar gracia esponsal, aquí tenemos el ejemplo de San Juan de la Cruz que recibe y da lo más en la primera hora de su sacerdocio. Si Dios madruga para darnos lo más, también nosotros hemos de proceder con Él de esa manera. ¿O es que a Dios le vamos a dar las sobras? ¿Le vamos a dar los restos de un corazón ajado y marchito?

 

Octavo. Con la gracia no sirve hacer trampas. Dios procede siempre con una gran lealtad: es la verdad y no miente ni engaña al alma. Dios no hace falsas promesas sino que cumple todo aquello que promete. Se mueve, ciertamente, en caminos de eternidad, mientras que nosotros nos movemos en caminos de carne y tiempo y por eso hay algunos desencuentros o dificultad en las relaciones. Pero Dios no engaña. El alma que desea mantener unas relaciones auténticas con Dios ha de acostumbrarse, lo primero de todo, a no engañar. La primera batalla que hay que ganar en la vida espiritual es la batalla contra la mentira. La relación con Dios ha de ser siempre leal y honesta. Con Dios se consigue todo por caminos de lealtad, en cambio, por caminos de apariencia y de disimulo, se pierde el tiempo.

 

Noveno. La gracia busca ámbitos de fidelidad y crecimiento. La gracia busca ambientes oxigenados para poder desarrollarse en el alma y el alma busca también espacios apropiados para responder con totalidad a la llamada y a la acción divina. La gracia está reñida con la pereza. La gracia busca y el alma también busca: “Buscando mis amores/ iré por esos montes y riberas,/ ni cogeré las flores,/ ni temeré las fieras/ y pasaré los fuertes y fronteras” (C 3). En el caso particular de San Juan de la Cruz vemos cómo él no se resigna a un ambiente de mediocridad y acomodación, sino que piensa en el Carmelo reformado y, ante las insuficiencias de éste, en la Cartuja. Todo menos ceder al conformismo.

 

Décimo. La gracia suscita iniciativas personales ante las insuficiencias ambientales. La gracia es muy creativa. “Siempre el Señor descubrió los tesoros de su sabiduría y espíritu a los mortales; mas ahora que la malicia va descubriendo más su cara, mucho [más] los descubre (D 1). Se ha de estar muy atento porque dentro de nosotros mismos o cerca de nosotros mismos, el Espíritu Santo enciende continuamente luces para que las almas que quieran ir adelante, puedan hacerlo. Se ha de estar muy a la escucha del Maestro interior para entender y secundar sus sugerencias.

 

Tercero. Bases sólidas para un sacerdocio santamente vivido ———–

 

Vayamos ahora más allá de la biografía concreta del presbítero San Juan de la Cruz y de la gracia particular de su Primera Misa, y tratemos de descubrir las bases sobre las que él asentó su vida espiritual y su vivencia sacerdotal.

 

Las podemos concretar en tres grandes bases: la meta, el camino y el estilo. Hay tres capítulos en el segundo libro de la Subida (los capítulos 5, 6 y 7) que deberían ser los primeros en estudiarse para entender el pensamiento espiritual de San Juan de la Cruz, que en realidad no es pensamiento propio sino el pensamiento de la Revelación.

En esos tres capítulos se habla de la meta a la que hay que tender, del camino por el que hay que ir y del estilo que hay que llevar. Y esas han de ser en definitiva las bases sólidas sobre las que asentar un sacerdocio santamente vivido.

 

La meta a la que hay que tender es la unión con Dios; el camino, Cristo crucificado; el estilo, la vida teologal.

 

La meta es la unión con Dios, pero no de esa unión o presencia sustancial de Dios en el alma, que siempre se da, sino de la unión de semejanza, que es transformación del alma en Dios. Esta unión de semejanza se da “cuando las dos voluntades, conviene a saber, la del alma y la de Dios, están en uno conformes, no habiendo en la una cosa que repugne a la otra. Y así, cuando el alma quitare de sí totalmente lo que repugna y no conforma con la voluntad divina, quedará trasformada en Dios por amor” (2S 5, 3).

 

De modo similar se expresa comentando la primera canción de Cántico: Lo que el alma desea es la clara presencia y visión de la esencia divina en que desea estar certificada y satisfecha en la otra vida (cf. C 1, 4). Mientras tanto, el alma deseará “unirse con él por unión (perfecta) de amor en esta vida”, cuanto se pueda, pero esto no es más que entretener la sed con una gota de agua, que es lo que se puede gustar en esta vida (cf. C 1, 6).

La meta no puede ser más alta: unión con Dios en la vida eterna y, mientras llega esa plenitud, vivir la unión con Dios por perfección de amor cuanto se pueda en esta.

 

Esta meta tan elevada no es una ocurrencia de San Juan de la Cruz sino que es la meta que aparece en la Revelación cristiana. Como resumen de todo recordemos los versos finales del capítulo 17 de San Juan. Decía San Agustín que lo mejor de la Escritura era el Evangelio de San Juan y lo mejor del Evangelio de San Juan era el capítulo 17 y lo mejor del capítulo 17 sus últimos versos; pues bien, en los últimos versos se habla precisamente de esta alta meta: “Padre, quiero que donde yo esté estén también conmigo… Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17, 24-26).

 

Y de la Revelación ha pasado al Catecismo y al Compendio. La primera frase del Compendio hace referencia precisamente a esta meta: “Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida bienaventurada” (Compendio, 1). La misma idea aparece en el número 6: “Este designio (de benevolencia) consiste en hacer partícipes de la vida divina a todos los hombres, mediante la gracia del Espíritu Santo, para hacer de ellos hijos adoptivos en su Hijo Unigénito” (Compendio, 6). Precisamente por eso, “El mayor deseo del hombre es ver a Dios. Éste es el grito de todo su ser: “¡Quiero ver a Dios!”. El hombre, en efecto, realiza su verdadera y plena felicidad en la visión y en la bienaventuranza de Aquel que lo ha creado por amor, y lo atrae hacia sí en su infinito amor” (Compendio, 533).

 

Decíamos que la segunda base sólida para un sacerdocio santamente vivido se refiere al camino conducente a esta meta; ese camino es Cristo crucificado. Trata de ello en el cap. 7 del segundo libro de la Subida. El misterio de la cruz de Cristo es una de una riqueza tal que por más que vamos adentrándonos en él, sin embargo se tiene la sensación de que estamos todavía en las primeras matas.

 

Para encarecer y recomendar este camino de cruz, como el único camino conducente a la meta de la unión con Dios, San Juan de la Cruz repite en el capítulo 7 por dos veces la misma estructura gramatical (“Oh, quien pudiera…”), que repite en otros pasajes de sus escritos. Los términos ¡oh! y ¡cuán! significan encarecimiento afectuoso; “los cuales, cada vez que se dice, dan a entender del interior más de lo que se dice por la lengua” (L 1, 2).

 

Así se expresa en el 2S 7: “Oh, quién pudiera aquí ahora dar a entender y a ejercitar y gustar qué cosa sea este consejo que nos da aquí nuestro Salvador de negarnos a nosotros mismos, para que vieran los espirituales cuán diferente es el modo que en este camino deben llevar del que muchos de ellos piensan!” (2S 7, 5). Y un poco más adelante añade: “El verdadero espíritu antes busca lo desabrido en Dios que lo sabroso, y más se inclina al padecer que al consuelo, y más a carecer de todo bien por Dios que a poseerle, y a las sequedades y aflicciones que a las dulces comunicaciones, sabiendo que esto es seguir a Cristo y negarse a sí mismo, y esotro, por ventura, buscarse a sí mismo en Dios, lo cual es harto contrario al amor” (2S 7, 5). “¡Oh, quién pudiese dar a entender hasta dónde quiere nuestro Señor que llegue esta negación! Ella, cierto, ha de ser como una muerte y aniquilación temporal y natural y espiritual en todo…” (2S 7, 6). Y termina diciendo: “No me quiero alargar más en esto, aunque no quisiera acabar de hablar en ello, porque veo es muy poco conocido Cristo de los que se tienen por sus amigos. Pues los vemos andar buscando en él sus gustos y consolaciones, amándose mucho a sí; mas no sus amarguras y muertes, amándole mucho a él” (2S 7, 12).

 

Decíamos que la tercera base sólida para un sacerdocio santamente vivido se refiere al estilo de vida; se trata de la vida teologal.

 

Habla así 2S 6, 1: “Iremos tratando cómo se ha de perfeccionar en entendimiento en la tiniebla de la fe, y cómo la memoria en el vacío de la esperanza, y cómo se ha de enterar la voluntad en la carencia y desnudez de todo afecto para ir a Dios”

 

Y añade en el mismo número: “Lo cual hecho, se verá claro cuánta necesidad tiene el alma, para ir segura en este camino espiritual, de ir por esta noche oscura arrimada a estas tres virtudes, que la vacían de todas las cosas y oscurecen en ellas. Porque, como habemos dicho, el alma no se une con Dios en esta vida por el entender, ni por el gozar, ni por el imaginar, ni por otro cualquier sentido, sino sólo por la fe según el entendimiento, y por la esperanza según la memoria, y por amor según la voluntad” (2S 6, 1).

 

 

*** *** ***

 

Hemos terminado nuestra meditación sobre el “Presbítero San Juan de la Cruz”. Para vivir santamente nuestro sacerdocio, pongamos también nosotros esas tres bases sólidas que él puso para el suyo: la meta de la unión con Dios, el camino de Cristo crucificado y el estilo de la vida teologal. Y ayudemos nosotros a todos aquellos que el Señor nos ha confiado a que aspiren a esa gran meta de la unión con Dios y que recorran el único camino que conduce a ella, que es Cristo crucificado y que aprendan, a ser posible de nosotros, a vivir en todo teologalmente.

 

MATERIAL PARA LA CELEBRACIÓN-ADORACIÓN

 

ORACIÓN DE ALMA ENAMORADA

(Cuatro peldaños de subida)

 

Exposición del Santísimo. Se expone el Santísimo en la forma habitual. Se entona el canto eucarístico: “Cristo ayer y Cristo hoy, Cristo siempre será el Señor. Tú eres Dios y eres Amor; me has llamado, ¡aquí estoy! ¡Gloria al Señor! Él nos amó/ y el Jueves Santo entregó/ su Cuerpo y Sangre en vino y pan:/ sin medida su amos nos da…¡Amén! ¡Aleluya!. Se reza la estación a Jesús sacramentado.

 

PRIMER PELDAÑO: LA HUMILDAD ———

 

a) Texto bíblico. “Aquel día no tendrás ya que avergonzarte de todas tus rebeldías con que te rebelaste contra mí, porque entonces quitaré yo de tu seno a tus alegres orgullosos, y no volverás a engreírte en mi santo monte. Yo dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, y en el nombre de Yahvéh se cobijará el Resto de Israel. No cometerán más injusticias ni dirán mentiras, y no más se encontrará en su boca lengua engañosa. Se apacentarán y reposarán, sin que nadie los turbe” (So 3, 11-13).

 

b) Silencio meditativo. Permanecemos un tiempo prudencial delante del Señor, meditando y orando personalmente

 

c) Oración de alma enamorada (I) (Rezamos todos juntos)

 

¡Señor Dios, amado mío!,

si todavía te acuerdas de mis pecados

para no hacer lo que te ando pidiendo,

haz en ellos, Dios mío, tu voluntad,

que es lo que yo más quiero,

y ejercita tu bondad y misericordia y serás conocido en ellos.

 

d) Canto. Vengo ante ti, mi Señor,/ reconociendo mi culpa,/ con la fe puesta en tu amor/ que tú me das como a un hijo./ Te abro mi corazón/ y te ofrezco mi miseria,/ despojado de mis cosas/ quiero llenarme de ti./ Que tu espíritu, Señor, abrase todo mi ser;/ hazme dócil a tu voz,/ transforma mi vida entera,/ hazme dócil a tu voz,/ transforma mi vida entera.

 

SEGUNDO PELDAÑO: LA SÚPLICA ————-

 

 

a) Texto bíblico. “Señor, Señor, rey todopoderoso, en cuyo poder está todo; nadie puede resistir a tu decisión si quieres salvar a Israel. Tú creaste el cielo y la tierra y las maravillas todas que hay bajo el cielo. Tú eres dueño del universo, y no hay quien pueda oponerse a ti, el Señor. No te desentiendas de tu posesión, que rescataste para ti sacándola de Egipto. Escucha mi oración, muéstrate propicio a tu pueblo y convierte nuestro luto en alegría, para que viviendo, Señor, podamos cantar himnos a tu nombre: no cierres la boca de los que te alaban” (Est 13, 8-11.15-17)

 

 

b) Silencio meditativo. Permanecemos un tiempo prudencial delante del Señor, meditando y orando personalmente.

 

 

c) Oración de alma enamorada (II) (Rezamos todos juntos)

 

 

Y si es que esperas a mis obras

para por ese medio concederme mi ruego,

dámelas tú y óbramelas,

y las penas que tú quisieres aceptar, y hágase.

Y si las obras mías no esperas,

¿qué esperas, clementísimo Señor mío?; ¿por qué te tardas?

Porque si, en fin, ha de ser gracia y misericordia

la que en tu Hijo te pido,

toma mi cornadillo, pues le quieres,

y dame ese bien, pues que tú también le quieres.

¿Quién se podrá librar de los modos y términos bajos

si no le levantas tú a ti en pureza de amor, Dios mío?

¿Cómo se levantará a ti el hombre engendrado y criado en bajezas

si no le levantas tú, Señor, con la mano que le hiciste?

 

 

d) Canto. Danos, Señor, un corazón nuevo./ Derrama en nosotros un espíritu nuevo ./ Yo pondré mi ley en el fondo de su ser/ y la escribiré en su corazón.

 

 

TERCER PELDAÑO: EL RECONOCIMIENTO ————

 

a) Texto bíblico. “Y no digas: “Por mi fuerza y el poder de mi brazo he creado estas riquezas”. Acuérdate del Señor tu Dios: que es él quien te da la fuerza para crearte estas riquezas, y así mantiene la promesa que hizo a tus padres: como lo hace hoy” (Dt 8, 17-18).

 

b) Silencio meditativo. Permanecemos un tiempo prudencial delante del Señor, meditando y orando personalmente.

 

c) Oración de alma enamorada (III) (Rezamos todos juntos)

 

No me quitarás, Dios mío,

lo que una vez me diste en tu único Hijo Jesucristo,

en que me diste todo lo que quiero;

por eso me holgaré que no te tardarás si yo espero.

¿Con qué dilaciones esperas,

pues desde luego puedes amar a Dios en tu corazón?

 

d) Canto. No sé cómo alabarte, ni qué decir, Señor; confío en tu mirada, que me abre el corazón. Toma mi pobre vida, que es sencilla ante Ti. Quiere ser alabanza por lo que haces en mí. ¡Gloria! ¡Gloria a Dios! Gloria! ¡Gloria a Dios!

 

CUARTO PELDAÑO: EL JÚBILO ————

 

a) Texto bíblico. “Celebrad la acción de gracias: la Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, ofreciendo la acción de gracias a Dios Padre por medio de él” (Col 3, 15b-17)

b) Silencio meditativo. Permanecemos un tiempo prudencial delante del Señor, meditando y orando personalmente.

c) Oración de alma enamorada (IV) (Rezamos todos juntos)

Míos son los cielos y mía es la tierra;

mías son las gentes, los justos son míos, y míos los pecadores;

los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías,

y el mismo Dios es mío y para mí,

porque Cristo es mío y todo para mí.

Pues, ¿qué pides y buscas, alma mía?

Tuyo es todo esto, y todo es para ti.

No te pongas en menos ni repares en meajas

que se caen de la mesa de tu Padre.

Sal fuera y gloríate en tu gloria;

escóndete en ella y goza,

y alcanzarás las peticiones de tu corazón.

d) Canto. Todo mi ser canta hoy por las cosas que hay en mí. Gracias te doy, mi Señor, Tú me haces tan feliz. Tú me has regalado tu amistad. Confío en Ti, me llenas de tu paz. Tú me haces sentir tu gran bondad, yo cantaré por siempre tu fidelidad. ¡Gloria a ti, Señor, por tu bondad! ¡Gloria! ¡Gloria! Siempre cantaré tu fidelidad! (bis)

Bendición y reserva. Se entona el canto eucarístico: Cerca de ti, Señor, quiero morar, tu grande y tierno amor quiero gozar. Llena mi pobre ser, limpia mi corazón; hazme tu rostro ver en la aflicción. Pasos inciertos doy, el sol se va; mas, si contigo estoy, no temo ya. Himnos de gratitud alegre cantaré y fiel a Ti, Señor, siempre seré. Se dicen las Preces (“Bendito sea Dios…”) y se reza la oración eucarística. Una vez impartida la bendición, se hace la reserva del Santísimo. Cerrado el sagrario, se canta: “Estrella y camino, prodigio de amor, de tu mano, Madre, hallamos a Dios”.

 

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