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Opinión

Retazos de Resurrección, por José Moreno Losada

Retazos de Resurrección, por José Moreno Losada

Es Domingo de Resurrección. La noche fue rota por la luz de una celebración en la que se impuso el sentimiento de la alegría de una comunidad sentida y abierta a la esperanza de que otro mundo es posible; y lo es porque otra iglesia se está haciendo en el corazón de una parroquia sencilla de barrio.

El pregón, la palabra presentada con pedagogía mayéutica, el gloria luminoso, la epístola de la identidad cristiana, el agua de la sanación y el nacimiento -que nunca acaba- apuntando a la nueva creación, la mesa, el pan partido y repartido, el doble aleluya que en paz nos llevó a una mesa de fiesta y de alegría, con la copa de la alianza de lo humano y el dulce de la compasión esperada. El sueño, después, se hacía reconfortante y restaurador para comenzar la mañana de resurrección, con apuntes del resucitado en el camino.

Primera estación

El camino dominical estaba abriéndose y, tras desayuno, amigable y presbiteral, me dirigí a la Residencia de mayores de La Granadilla. Allí me espera Gloria –la sacristana- y, a su lado, la gloria en todos ellos. Me aguardan con ilusión y lo percibo; entro cantando el aleluya, me responden, me saludan y descubro que están de fiesta en sus vestidos y aderezos. Celebramos con cantos alegres y repetidos, con palmas en el final y participación serena en los momentos que la liturgia lo pide y permite.

Tras la Eucaristía, el encuentro con los paralíticos, enfermos, ciegos… y con Ángela. Mi rato con ella ha sido algo especial, que podría enmarcarlo, a modo de titular, como “Manos en la agonía, clavos del resucitado”. Son las manos de Ángela, una residente de La Granadilla. Ella ha participado siempre de la Eucaristía dominical; hace meses, un cáncer de páncreas la ha retenido y, por ello, recibía la comunión en su habitación. Hoy la ha tomado en la enfermería donde le abrazan los cuidados paliativos. Se ha emocionado al comulgar y le ha pedido a Dios, con una fuerza y una fe increíbles, que la lleve ya con Él. Hemos orado juntos, con nuestras manos unidas… y yo no he podido evitar salir resucitado de un modo especial. He sentido a Cristo que me decía “trae tu mano y únela a la mía en este dolor de agonía…”. Todavía, a estas horas, siento su presencia dando paz y armonía a mi corazón inquieto.

Hoy, Señor, has salido a mi encuentro en el camino de Ángela, y te he encontrado resucitado en sus manos, en la señal de los clavos de su agonía entregada y confiada al Padre. Me ha costado levantarme y soltar sus manos… ha sido su hija quien ha venido a rescatarla de su habitación para que también ella pueda acariciar la luz del sol y respirar un poco de vida.

Segunda estación

 Tras el descanso y oportuno y necesario acompañamiento a mi madre, me dispongo a una cita de alegría y gozo: anoche, María, universitaria de primer curso de Ingeniería Agraria, recibió el Bautismo en la Vigilia Pascual de su comunidad parroquial. Es un paso decidido y fruto de un verdadero proceso de vida de familia, parroquia y planteamiento personal cristiano. María es preciosa, madura, inquieta, tierna, y ha sido seducida por Cristo, por el sentido de la vida que propicia a los que le siguen.

En Gévora me he unido a ellos y hemos ido al campo para celebrar con familia, amigos y comunidad este paso de vida y alegría en su proyecto personal. Allí estaban creyentes y no creyentes, pero todos sabiendo que era una decisión de fe y coherencia que ella quería hacer en este momento de su vida en la que está tomando decisiones importantes.

Allí, el Resucitado se ha mostrado comiendo con nosotros al partir el pan, los productos de la tierra, la alegría, la fiesta de la gente sencilla que se siente pueblo y se alegra con cada paso de los suyos. En esta comunidad y en su relación la presencia del Resucitado se notaba en la ausencia de miedo y pesimismos, en la naturalidad, la valoración de  la familia y la amistad como un tesoro, la alegría y la esperanza de que juntos vamos a ir a mejor. Y, sobre todo, en la alegría de esta joven que se había abrazado al Cristo resucitado que ha encontrado en el camino de su vida.

Tercera estación

 Vuelvo a casa con la familia. En medio del silencio y al lado de mi madre, ultimo una celebración litúrgica de matrimonio que celebraremos el próximo sábado. He estado varias veces con esta pareja enamorada, reflexionando juntos y sacando los hilos de sus vidas para hilvanar la celebración con tono y sabor propio, desde sus vidas encontradas en el amor auténtico, único. Han sido ocasiones de presencia de amor en el enamoramiento limpio y maduro de unos jóvenes que no pueden ver la vida sino con la ilusión de un amor estrenado que sólo les habla de futuro preñado de ilusiones y de aventuras heroicas que se harán en lo diario, lo sencillo y lo oculto. Como las parábolas del reino, el grano de trigo, la mostaza, la levadura, la sal, la luz…

El Resucitado se hace presente dentro de mí en el recuerdo de la emoción de la novia cuando asomaban sus lágrimas al preparar el consentimiento, en las palabras tiernas y enamoradas suyas que me sirven para elaborar su promesa de amor en libertad, abiertos a la fecundidad de la vida en la comunidad del nosotros.

Mirad su corazón traspasado y transformado por el encuentro de un amor que no tiene medida:

“…Eres para mí  una persona buena, inteligente, sincera y generosa. Me has contagiado tu felicidad y alegría, tu optimismo, tu capacidad de superar dificultades, tu buen humor y  empatía. Por eso hoy, con alegría, ante toda esta comunidad y el Dios que nos quiere unidos, yo prometo amarte y respetarte todos los días de mi vida hasta que la muerte nos separe.”

“…Siento admiración por ti, te he descubierto como una persona inteligente, sensible, con ternura y dulzura. Contigo estoy viviendo la vida a fondo y deseo que sea así para siempre. Siento tu protección y tu amor, creo en nosotros. Por eso, hoy, ante esta asamblea y ante Dios, prometo amarte y respetarte todos los días de mi vida hasta que la muerte nos separe”.

Ahora, abrazado a la oración de la noche, necesito contarlo como lo hicieron las mujeres y los discípulos, porque el corazón se siente habitado y cálido por las señales de Resucitado que hoy, en este día de gozo y alegría, me ha regalado en el ejercicio de mi ministerio.



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