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Resumen de la homilía del Papa Francisco del Miércoles de Ceniza

Resumen de la homilía del Papa Francisco del Miércoles de Ceniza

La Cuaresma es un desafío a la rutina para emprender un camino de conversión

Ayer, Miércoles de Ceniza, el Santo Padre presidió la tradicional procesión penitencial desde la Iglesia de San Anselmo del Aventino hasta la basílica de Santa Sabina, en la misma colina romana. Tomaron parte en ella numerosos cardenales, arzobispos y obispos, así como los monjes benedictinos de San Anselmo, los padres dominicos de Santa Sabina y los fieles.

Tras la procesión, Francisco presidió la celebración Eucarística con el rito de la bendición y la imposición de la ceniza. El Papa la recibió de manos del cardenal Josef Tomko, titular de la basílica, y seguidamente la impuso a los cardenales y a algunos monjes, religiosos y fieles. Después de la proclamación del Evangelio, pronunció una homilía en la que recordó que la conversión del corazón es la característica del tiempo de Cuaresma. “Estamos llamados -dijo- a emprender un camino en el que, desafiando la rutina, nos esforzamos en abrir… el corazón, para ir más allá de nuestro ‘huerto. Para abrirnos a Dios y a los hermanos”.

“Sabemos que este mundo, cada vez más artificial, nos hace vivir en una cultura del “hacer”, de lo “útil” en la que, sin darnos cuenta, excluimos a Dios de nuestro horizonte. ¡Pero también excluimos el horizonte mismo! La Cuaresma nos llama a espabilarnos, a recordar que somos criaturas, que, sencillamente no somos Dios. Cuando veo en el pequeño ambiente cotidiano algunas luchas de poder para ocupar puestos -observó el Papa- pienso: Esta gente juega a ser Dios creador; todavía no se ha dado cuenta de que no son Dios”.

Pero “también corremos el peligro de cerrarnos con los demás, de olvidarnos de ellos. Pero solamente cuando las dificultades y los sufrimientos de nuestros hermanos nos interpelan, solo entonces, podemos iniciar nuestro camino de conversión hacia la Pascua”. Y para recorrer ese camino espiritual hacen falta tres cosas: oración, ayuno y limosna. Los tres llevan aparejada “la necesidad de no dejarse dominar por la apariencia d de las cosas… porque lo que cuenta es nuestro interior”.

La oración es “la fuerza del cristiano y de todo creyente. En la debilidad y la fragilidad de nuestra vida, podemos dirigirnos a Dios con confianza de hijos y entrar en comunión con El”. Y la Cuaresma es tiempo de oración, “de una oración más intensa y prolongada…más capaz de hacerse cargo de las necesidades de los hermanos; oración de intercesión para interceder ante Dios por tantas situaciones de pobreza y sufrimiento”.

El ayuno “tiene sentido si realmente hace que nuestra seguridad vacile y también si de él se deriva un beneficio para los demás, si nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano que se inclina sobre su hermano en apuros y cuida de él. El ayuno comporta la elección de una vida sobria… de una vida que no derrocha, que no desecha. Ayunar nos ayuda a entrenar el corazón en la esencialidad y la compartición”.

La limosna “indica la gratuidad porque se da a alguien de quien no esperamos recibir nada a cambio. La gratuidad tendría que ser una de las características del cristiano que, consciente de haber recibido todo de Dios gratuitamente -es decir sin mérito alguno- aprende a dar a los demás gratuitamente…La limosna nos ayuda vivir la gratuidad del don que significa liberta de la obsesión de la posesión, del miedo de perder lo que se da”.

“Con su invitación a la conversión -concluyó Francisco- la Cuaresma llega providencialmente a despertarnos, a sacudirnos del torpor, del peligro de ir adelante por inercia…¿Por qué debemos regresar a Dios? Porque en nosotros hay algo que no funciona, ni tampoco en la sociedad, ni en la Iglesia y nos hace falta cambiar, emprender un nuevo rumbo. ¡Y esto se llama tener necesidad de convertirse!. Una vez más la Cuaresma llega con su llamamiento profético para recordarnos que es posible realizar algo nuevo en nosotros mismos y a nuestro alrededor, sencillamente porque Dios es fiel… continua siendo rico de bondad y misericordia y está siempre dispuesto a perdonarnos y a comenzar desde el principio”.

Ciudad del Vaticano, 6 marzo 2014 (VIS).-

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