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Restaurar la justicia y la confianza en la Iglesia y en sus buenos pastores – editorial Ecclesia

Restaurar la justicia y la confianza en la Iglesia y en sus buenos pastores – editorial Ecclesia

El 19 de marzo de 2010 marcó un antes y un después en el compromiso de la Iglesia en pro de erradicación, sanación y asunción de responsabilidades en relación con los casos de abusos sexuales acaecidos en su seno y perpetrados y/o encubiertos por algunos de sus ministros y consagrados. La fecha citada del 19 de marzo de 2010 corresponde a la de la publicación de una impresionante y desgarradora carta del Papa Benedicto XVI a los católicos de Irlanda (ecclesia, número 3.612, páginas 24 a 28).

Aquella carta papal no solucionó de la noche a la mañana y ni mucho menos todos los problemas, pero puso los cimientos para su reparación y marcó un camino inexcusable e inaplazable de renovación, de compromiso, de tolerancia cero y de esperanza. Un camino sin retorno y que, lentamente, sí,  contribuyó a combatir de manera más eficaz y efectiva la nauseabunda lacra de la pederastia y a restaurar la confianza en la Iglesia y en sus buenos pastores (adviértase el adjetivo que antecede al sustantivo…). Y muestra quizás de los primeros frutos de este arduo  y largo camino en Irlanda es el hecho que en agosto próximo el Papa podrá viajar al país para clausurar el Encuentro Mundial de las Familias. Algo que no pudo suceder en 2012 con ocasión del Congreso Eucarístico que también acogió Dublín, capital irlandesa.

Ocho años después, ahora la carta ya de Francisco a los obispos de Chile (ecclesia, número 3.932, páginas 51 y 52) y su reunión con ellos, del 15 al 17 de mayo supone asimismo un nuevo hito en la misma y cada vez más irreversible dirección. Una dirección de reconocimiento de culpa, de petición de perdón, de asunción de responsabilidades, de penitencia y de reparación que no tiene posible marcha atrás, ni componenda, atenuante o aminoración algunas.

Y en todo ello estamos ahora, a propósito del caso Karadima. ¿Con qué objetivo? “Discernir juntos, en la presencia de Dios, la responsabilidad de todos y cada uno en esas heridas devastadoras, así como el estudio de los cambios adecuados y duraderos que impidan la repetición de actos siempre reprobables”, como textualmente reza la nota vaticana previa al encuentro del Papa con los obispos de Chile.

A partir de este discernimiento,  “de este largo proceso sinodal”,  desde “la escucha dócil y humilde del Espíritu Santo”, desde sentimientos y actitudes veraces y coherentes de humilde y efectivo propósito de la enmienda (solo una gran conversión acabará librarnos de esta lacra y de sus delitos de comisión y omisión),  es necesario también satisfacer y reparar la justicia impunemente quebrantada. Y es que, más allá de su posible prescripción civil, los abusos de poder, sexuales y de conciencia, ocurridos en Chile en las últimas décadas, han sido vergonzosos  e inicuos y de efectos perniciosos y desoladores.

La gravedad de la pederastia en el seno de la Iglesia es de tal magnitud que contraviene radicalmente el Evangelio. Y, por ello, lastra de modo gravísimo su anuncio y difusión hasta esterilizar y cercenar la misión de aquellas comunidades eclesiales que no hayan sabido responder adecuadamente al reto de esta infamia.

De ahí, que sea “fundamental restaurar –son, de nuevo, palabras literales del citado comunicado vaticano- la confianza en la Iglesia mediante pastores buenos que testimonien con su vida el haber conocido la voz del Buen Pastor: que sepan acompañar el sufrimiento de las víctimas y trabajar de manera decidida e incansable en la prevención de los abusos”.

“La verdad os hará libres”, nos dejó consignado el Señor.  Y recubrir el crimen y el pecado de los abusos mediante un manto de ocultamientos, embustes, cálculos, estrategias,  enredos, silencios, complicidades y demás sucedáneos de la más crasa mentira hace a la Iglesia perder la libertad, la alegría, la frescura y la autenticidad del Evangelio y la fuerza sanadora y purificadora de su misión. Nunca podemos tener miedo a la verdad, por cruda y dura que sea, por ceses, dimisiones, desprestigios o complicaciones que pueda acarrear. La verdad, aunque sea dolorosa, es siempre liberadora y sanadora porque “la gracia esté en el fondo de la pena y la salud naciendo de la herida”.

Confiemos en el Santo Padre. Recemos por él y por la Iglesia chilena.  Y que así “tenga lugar la conversión de todos”, quicio imprescindible para la superación progresiva de esta inmensa crisis.

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