Carta del Obispo Iglesia en España

Responsabilidad ante el Sínodo sobre la Familia, por Francisco Gil Hellín, arzobispo de Burgos

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Responsabilidad ante el Sínodo sobre la Familia, por Francisco Gil Hellín, arzobispo de Burgos

RESPONSABILIDAD ANTE EL SÍNODO SOBRE LA FAMILIA

Mensaje del arzobispo de Burgos para el domingo 15 junio 2014

 

El matrimonio entre un hombre y una mujer y para siempre, y la familia que de ahí brota es el fundamento de la sociedad. Este aserto resiste cualquier crítica y está ratificado por la historia de todos los pueblos y culturas.

Esto no obsta para que el matrimonio y la familia hayan tenido que afrontar dificultades y problemas, a veces muy serios, y que no hayan salido inmunes. De hecho, su cuerpo presenta muchas cicatrices, no siempre gloriosas. El concilio Vaticano II, por ejemplo, tuvo que reconocer que el matrimonio actual está afectado por la “plaga del divorcio”. Unos años después, Pablo VI se vio obligado a salir al paso de otra plaga también muy grave: la contracepción. En fechas recientes se ha extendido como una mancha de aceite la cohabitación entre quienes no están casados.

El matrimonio y la familia cristianos no están libres de estas dificultades ni inmunes a estas enfermedades. Son muchos los católicos que se divorcian, que ciegan las fuentes de la vida y que conviven fuera del matrimonio. Además, desde hace algunos años, se ha interrumpido la transmisión de la fe de padres a hijos, con unos efectos que todavía no somos capaces de valorar adecuadamente.

La oración en familia también ha sufrido un fuerte impacto. Basta observar los matrimonios jóvenes que participan habitualmente en la misa del domingo, los que rezan antes de las comidas y los que hablan de Dios a sus hijos con sencillez y naturalidad.

La Iglesia no puede contemplar esta situación con indiferencia ni con lamentos estériles, sino con ojos de madre y de padre. Es decir, con amor compasivo y misericordioso y, a la vez, con la fortaleza del cirujano que necesita manejar el bisturí para extirpar un cáncer, antes de que llegue la metástasis.

Este es el substrato para comprender que el Papa haya convocado un Sínodo especial de obispos para tratar sobre el matrimonio y la familia. No es la primera vez que lo hace ni, previsiblemente, será la última. San Juan Pablo II, por ejemplo, ya realizó uno en la década de los ochenta y publicó un documento: la exhortación Familiaris consortio, que es un proyecto teológico y pastoral de gran relieve y alcance. Luego, se refirió en incontables ocasiones al matrimonio y a la familia, hasta el extremo de que el papa actual lo ha llamado “el pontífice de la familia”.

Sin embargo, el de ahora es un Sínodo especial. Por muchos capítulos. Entre otros, porque ha ido precedido de una encuesta muy amplia, no sólo a los obispos y sacerdotes sino también a los fieles, pidiendo información sobre la situación real. Además, se va a celebrar en dos sesiones y años distintos.

El papa Francisco ha puesto especial interés y espera mucho de este Sínodo. Algunos han querido reducirlo a la cuestión puntual de la comunión a los divorciados vueltos a casar y han creado expectativas que la Iglesia no puede –porque no tiene autoridad para ello- satisfacer. Vistas las cosas con serenidad y objetividad, es claro que ese no es el único ni el principal problema. Tendremos ocasión de comprobarlo, cuando el Sínodo comience su andadura.

Mientras tanto, lo que se nos pide como buenos hijos de la Iglesia y hermanos de quienes están heridos en sus matrimonios y familias, es que pidamos luces al Espíritu Santo para que los miembros del Sínodo acierten en el diagnóstico del matrimonio natural y católico y en la oferta de acciones adecuadas y eficaces para reflotarlo de su actual situación. Invito a cuantos leáis estas líneas a pedir esta gracia por medio de la Santísima Virgen.

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