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Respeto a Dios
Rincón Litúrgico

Respeto a Dios

«No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre» (Jn 2, 16)

Padre nuestro, al proclamar este texto evangélico, muchas veces he observado cómo los niños levantan su brazo, blandiendo un látigo imaginario para limpiar un templo que no conocen. En realidad se identifican con Jesús. Nunca se encogen como si los latigazos fueran a caer sobre sus espaldas. No se identifican con los mercaderes.

Pero esa es también mi actitud. No me identifico con los que se aprovechan del templo para obtener beneficios. Pero muchas veces yo he caído en esa tentación. Ni siquiera considero que esa actitud sea una tentación que hay que evitar a toda costa.

No he aprendido a alabarte sin interés. He creído que había que invocarte para conseguir beneficios inmediatos. Acudía a ti para obtener recursos para vivir y sobrevivir. Te pedía superar pruebas y exámenes, salir bien de un compromiso o librarme de una pandemia.

Es verdad que el reconocimiento de tu poder me hace ver mi debilidad. Creo que eres mi Padre y sé que te necesito. Es más, quiero que tú sepas que acepto tu providencia y que creo que eres misericordioso.

Confieso que he pretendido comprar tu gracia por medio de mis buenas obras, por medio de mis rezos rutinarios, por medio de sacrificios que yo programo en lugar de aceptar los que tú vas poniendo como pruebas en mi camino.

Demasiadas veces he convertido tu casa en una cueva de ladrones. En los atrios del templo se vendían corderos y palomas. Yo también trato de vender ideas sobre ti, oraciones milagrosas, atajos infalibles para ahorrar el áspero camino que tú has trazado para nosotros.

Padre nuestro, soy un mercader que está profanando tu casa. Hoy reconozco que estoy abusando de tu silencio. Creo que la gracia no es barata ni comerciable. Quiero recibir la corrección que me dirige tu Hijo. De él tengo que aprender a venerar tu santidad, a respetar tu nombre y a seguir el camino que él siguió. Amén.

 



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