En un lugar...

Resistencia y esperanza

Al principio del confinamiento cogí mi teléfono para pedir consejo a toda una experta en aquello de vivir en confinamiento, a una monja contemplativa dominica, sor Rocío. Me contaba, con humildad, que no era una situación comparable, que ellas eligen esa vida y a nosotros nos la habían impuesto. Un punto más que relevante, desde luego. Por suerte, no le costó mucho compartir algo de su experiencia y una de las cosas que más subrayó es que es muy fácil amar en un acto concreto, pero cuando se trata de hacerlo a diario es cuando de verdad nos cuesta y nos ponemos a prueba.

Pasa el tiempo y cada día se hace más cierto aquello de la resistencia. Un virus que algunos (me incluyo) pensábamos controlar en dos semanas, luego dos meses, y ahora pocos se atreven a decir menos de dos años, si no es con la boca pequeña. Una carrera de verdadero fondo en la que hemos pasado de los aplausos a las 8 y el resistiré a volver a esa maldita crispación tan española… diría que incluso peor que antes.

Estamos cansados por salir todos los días con mascarilla, por ver cómo crece la curva de contagios aunque la gran mayoría tomamos las medidas que nos han dicho que hay que tomar quienes saben. Estamos con miedo porque, quién sabe si no le va a tocar a un ser querido o a uno mismo, y eso a quien no le haya atacado ya el virus y haya perdido a algún ser querido. Estamos con incertidumbre porque, ¿y cómo se sostiene la economía?

A pesar de todo, tenemos que resistir. Creo que solo hay un motor con la fuerza suficiente para que lo consigamos, y es la esperanza. Si de verdad no creemos que podemos salir de esta y vamos a salir de esta, ¿para qué seguir? Sí, seguir poniéndose la mascarilla, seguir estando a dos metros de un amigo sin poder darle un abrazo, seguir evitando sitios masificados, seguir teniendo mucho cuidado con los mayores y con los pequeños, que son los que dependen de nosotros, los no-útiles de la sociedad, pero aquellos que son nuestra memoria y nuestro futuro, sin quienes no somos lo que somos.

Para resistir también hace falta flexibilidad, la que surge de aceptar que ahora no es como antes y que, por tanto, también tenemos que cambiar. Pero cambiar cada uno. Es indudable que existe una responsabilidad colectiva, y que quizá ahí no tengamos  mucho que decir. Pero todos, absolutamente todos y cada uno de nosotros, tenemos algo de responsabilidad individual, algo que o lo hacemos nosotros o no lo hace nadie más. Y ahí no vale la excusa de que el vecino se comporta mal.

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