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Reseña de Poesías y Canciones, del padre Josico

PRESENTACIÓN POESÍAS Y CANCIONES

El Padre Josico, el poeta, nos propone en Poesías y Canciones para su lectura siete bloques temático y en este orden: Himnos, religiosas, marianas, navidad, mancha y sierra, reflexiones, y personas. En torno a cada uno de ellos va tejiendo su entramado lírico. Sin embargo, y con permiso de Josico, vamos a intentar una trasgresión a su propuesta en una especie de lectura trasversal.

Para empezar el cuerpo lírico ofrecido por el libro compromete toda una vida. Son poemas compuestos a lo largo de toda su vida, es una suerte de recopilatorio o documento testamentario de toda una existencia. El escritor nos da pistas suficientes al colocar al pie de las composiciones la fecha de su escritura. La más antigua es de 1962, escrita en el Seminario Mayor de Toledo: “Pasa la ronda”: “La ronda está en la calle,/ reguero de canciones su paso es, /guitarras y laúdes salpican de alegría”. Josico es un joven de 25 años y ya apunta las bases sobre las que se asienta su futura creación artística: la música y el optimismo vital de la fe.

Porque, como bien reza su título, “Poesías y canciones” son poemas para cantar, incluso los que no han sido musicados. La música es parte consustancial en la concepción lírica del Padre Josico. Pero no hay música sin letra. No sé lo que será primero, si las palabras o la voz. Haciendo caso al título parece que es la poesía antes que la canción. El pensamiento se traduce en palabra y la palabra en melodía. Da igual, el ritmo obedece a las mismas pautas de universo armónico, ése que cantara Fray Luis por boca del músico Salinas. Así en muchas de sus composiciones podemos leer: letra y música de… Cuando no aparece el estribillo que hay incluso que repetir (bis), propio de la poesía cantada, poesía convertida en canción: “padre de todos: te quiero”, “quieren ver al Dios nacido,/ quieren darle el parabién”(bis), “Y si vas a la mancha, verás molinos y a don Quijote por los caminos”.

En este sentido no es de extrañar que los recursos estilísticos más utilizados sean los de la repetición y el paralelismo. La repetición va cargando al poema de una intensidad expresiva que se acerca a la obsesión sin fin. Se trata de la constancia excesiva del hecho concebido en la certeza entera de su existencia. Siempre un campo verde, verde, verde será más verde que un simple campo verde. Dice el poeta: “Yo soy feliz, yo soy feliz, yo tengo a Dios, yo tengo a Dios”, “llévame, Señor, contigo, llévame, Señor contigo, llévame, Señor, al cielo, llévame, Señor, al cielo”. Y así casi al infinito. El paralelismo es una especie de falsilla, índice igualmente de una intensidad lírica de tal naturaleza que podemos decir que no hay expresión poética sin paralelismo. Es como una cubitera disponible, cuyos huecos se rellenan con el fin de que el mensaje adquiera más potencia de voz. Tomemos por ejemplo el poema “Gracias por todo, Señor”. En la falsilla “Gracias, Señor, por…, va cambiando únicamente el sustantivo que sigue al por: por el agua, el sol, el viento, la vida, tu amor, mis padres, las manos, la voz, los ojos, por llamarme, por María, por todo”.

En esta lírica para la canción utiliza el poeta, como no podía ser menos, una polimetría adecuada y sugerente. Depende del objetivo, del motivo. Unas veces se trata del solemne decasílabo, propio de los himnos, de las exaltaciones, de la grandiosidad; otras veces el poeta se sirve del octosílabo clásico español, propio para el relato, la descripción, el acontecimiento, el suceso; a veces también se sirve de los versos de pie quebrado, el que conviene a las seguidillas: Seguidillas de Elche, “los hombres son valientes,/ ellas toreras,/ y prefieren la calle/ a las barreras”. En definitiva, la musicalidad del presente poemario obedece a cánones, incluso desordenados, como conviene a una lírica que hunde sus raíces en la tradición popular española.

Por eso no nos extraña que uno sienta el pálpito de la lírica popular cuando lee las canciones del Padre Josico, ésa que forma parte del alma indeleble del pueblo. Incluso que se pueda traslucir la huella de poetas cultos que bebieron en esa tradición española de todos los tiempos, adecuando su verbo a la forma de la sencillez, de la elementalidad de la palabra que pretende ser entendida por la inmensa mayoría. Al fondo Lope de Vega (“Sigue, Señor, no te canses, / sigue llamando a mi alma,/ porque si hoy no respondo,/ quizá lo haga mañana”) y Antonio Machado (“dice el poeta español/ que se hace camino al andar”; “anoche cuando dormía / soñé ¡bendita ilusión!”).

A este respecto, y para completar el relato lírico, el poeta maneja según conviene las tres perspectivas posibles, es decir, la perspectiva que ofrecen las tres personas gramaticales: el “yo” intimista de la expresividad, el “tú” de de la apelación insinuante y el “él” de la referencia objetiva. El relato en tercera persona le permite a Josico referirnos los acontecimientos, el ambiente, los detalles de lo narrado: los santos se nos presentan como si estuvieran vivos, las escenas como si estuvieran delante de nosotros, las costumbres igual que sucesos, los personajes, los amigos como si fueran también nuestros. Mediante la apelación al tú establece la llamada sugerente al otro, la invocación requerida que invita a la presencia y la actuación, incluso la transcripción literal de las palabras posibles que, en la mismísima tradición de San Agustín, el poeta pone en boca de Jesús: “me preocupo y te busco / porque eres pecador / y yo he venido a salvarte: / ¡ábreme tu corazón!” Y todo ello servido desde la persona del yo confiada, creyente, esperanzada, sin lugar nunca a la duda ni a la desesperación, situada en la certeza de la trascendencia: “Y si a vivir Él me llama, / pues inmortal me creó: / ven pronto, hermana muerte, / que tú me llevas a Dios.”

Y es que no podemos olvidar que quien escribe es un sacerdote. Toda la tradición católica, especialmente la sombra proyectada de San Francisco de Asís, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, está presente en “Poesías y canciones” del Padre Josico. No se nos puede olvidar lo más esencial, lo que da cuerpo y sentido, la estructura que sostiene al edificio lírico. Se trata, nada más y nada menos, que de un sacerdote creyente, practicante y actuante, se trata de un cura del pueblo.

En toda la lírica de Josico, sea del apartado que sea, campea el sacerdote que se reconoce humilde, menesteroso, pobre, pero contagiado por Dios para predicar su palabra al pueblo, para testimoniar su fe ante el pueblo, para animar a su pueblo, fortalecerlo, consolarlo, llevarle a Cristo en cada uno de sus Sacramentos, sacerdote que se ha comprometido con su misión de propagar y contagiar la fe en Dios que lo posee: “Yo quisiera pasar por el mundo / contagiando con fuerza mi fe / y gritarle al hombre moderno / que sin Dios no se puede creer”.

De ahí que Cristo sea la columna vertebral de la propuesta poética del Padre Josico, bien directamente tomando su figura como tal o bien lo sea indirectamente a través de su manifestación en santos reconocidos, en advocaciones marianas, incluso en personajes y amigos que podríamos considerar de índole privada.

Cristo es su razón de ser. Es el Cristo de los Evangelios que aparece en la lírica de Josico en cualquiera de sus manifestaciones porque Él es la única posibilidad para el entendimiento del ser humano, así dice el poeta: “sólo tú eres Verdad y Camino, /sólo tú eres la Vida inmortal” (Verdad, Camino y Vida van escritos en mayúscula).

Y este Cristo presente y actuante toma carta de naturaleza muy especial en el habitáculo del Sagrario. “De rodillas, Señor, ante el Sagrario” –exclama el poeta- y todo un silencio poético, convertido en palabra exultante y prolífica, se deriva de este postrarse ante ÉL. Es el silencio sonoro ante el Dios habitante eterno del Sagrario, es el único silencio posible para encontrarse verdaderamente con Dios, silencio explicador de este pasar por la vida. Es la Eucaristía que va de la contemplación a la acción, como han hecho los grandes santos, como Santa Teresa de Calcuta, como San Manuel González. Como propone San Juan Pablo II en “Ecclesia de Eucharistia”

Pero también el Cristo se hace contagioso para el pueblo en los santos a los que tiene devoción, en los himnos en los que canta sus virtudes, en las tradiciones piadosas que practica, en las vírgenes a las que aclama con sus distintos nombres y lugares. Incluso cuando La Mancha, porque la lírica de Josico llega a hacerse popular manchega, se hace presente con frecuencia, también aparece como una Mancha cristiana: “España tiene la Mancha, / el mundo tiene a Enmanuel,/ y nosotros los manchegos, /villancicos, queso y miel”.

La lírica de Josico es una lírica de fe, que no admite lugar para el equívoco. Por eso, a veces, el poeta clama con cierta pena por la desnaturalización del acontecimiento e invita en su lugar a cantar el “villancico de verdad”. Se indigna, como no podía ser de otra manera, ante la degradante injusticia del aborto: “Dejadnos vivir”-pone en boca del indefenso. Pero, como agua subterránea que la envuelve, es una lírica de gratitud, gratitud por poseer a Dios y porque Dios lo posee a él. Y por eso tiene necesidad de dar gracias a todos, en primer lugar a Dios “por tantas muestras de amor”, y a la madre que le cuida y por quien reza (sus dos madres), y a los amigos a los que aprecia y al maestro que educa, especialmente al “Gran Maestro, Cristo.”

Y sobre todo la lírica del Padre Josico es una lírica para la esperanza. La esperanza es la cuerda que sujeta la fe con el amor. Hago míos los dos últimos versos con los que termina el libro: “Nunca es tarde para volver a Dios misericordioso / que nos espera…”

 

Lucrecio Serrano Pedroche

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