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Reportaje: «Yves Congar OP, teólogo de comunión»

Yves Marie-Joseph Congar nació en Sedán (Francia) en 1904. Entró en la Orden de los Predicadores, profesó en 1925 y fue ordenado sacerdote en 1930. Durante la Segunda Guerra Mundial pasó cinco años (1940-45) en un campo de concentración. Fue profesor de Eclesiología y Teología Fundamental en «Le Saulchoir», facultad de Teología de la Orden y en 1950 publicó Verdadera y falsa reforma en la Iglesia, obra por la que estuvo apartado de la enseñanza teológica durante diez años (1). Durante este tiempo no pudo pronunciar conferencias, tener encuentros con grupos de otras confesiones cristianas, publicar libros sin el permiso del maestro general de la Orden… Vivió exiliado en Jerusalén —un tiempo que le permite conocer mejor a judíos, musulmanes y cristianos palestinos—, en Roma, —donde es interrogado en varias ocasiones por el Santo Oficio—; y en Cambridge (Inglaterra), donde escribe varias cartas a su familia, mostrando el profundo dolor que le han causado los sucesivos destierros. Son los años más duros. A su madre le escribe confesándole que se encuentra solo, «atrozmente solo… Aquí no hay barreras ni alambradas, puedo salir cuando me plazca. Pero el destino es el vacío, para no encontrar a nadie. Ninguna persona a quien hablar, ninguna persona a quien amar y por la que ser amado, con la que comunicarse sobre cualquier tema, con la que intercambiar lo que fuere; nadie a quien dar algo… estoy reducido a nada; excepto mi alma, ya no tengo nada. Pero experimento muy intensamente la dureza de este despojamiento, que se realiza mediante la reducción a nada. Se me ha prohibido todo, se me ha retirado todo». En algunos momentos llegó a experimentar una profunda tristeza y depresión: «Me suele pasar incluso que me pongo a llorar sin parar cuando estoy solo. Me digo que debo no solo aceptar mejor y más, con más humildad y en una comunión más alegre la voluntad de Dios, sino que también debo, sobrellevando mi mal, asumir mejor mi parte de la cruz de los demás y del dolor del mundo». Al terminar sus destierros confesará: «He cumplido mis tres exilios en el espíritu de la fe de Abraham y de Moisés, en la adhesión a la agonía y a la Cruz de Cristo. Mi oración, a la que he sido fiel, solo ha consistido en esto: adhesión a la Voluntad de Dios y a la Cruz. Digo la Misa en este espíritu: tomo mi cruz para la jornada y la uno a la de Cristo; haciendo esto, asumo, en Él y hacia Él, mi parte del dolor del mundo, sobre todo el de aquellos a los que amo y deseo hacer el bien… Trato de mantener la calma, la paciencia, de tomar distancia para ver las cosas… No sé dónde acabará todo; dónde acabaré yo».

Congar, con 91 años, falleció el 22 de junio de 1995. Algunos años antes de su muerte escribió: «He consagrado mi vida al servicio de la verdad. La he amado y la amo todavía como se puede amar a una persona» y reconocía que «he vivido demasiado entregado a los compromisos; tanto que no he tenido tiempo suficiente para el esparcimiento, la poesía, el arte o para saborear la música y perder el tiempo con los demás; he “trabajado” demasiado, y he “vivido” poco». En 1994, Juan Pablo II le crea cardenal, un reconocimiento eclesial a su participación en el Vaticano II. En su funeral, se leyó el telegrama papal que le definía como «un servidor ardiente de la Iglesia, incluso en el curso de sus numerosos años de pruebas… puso todo su corazón y toda su inteligencia en profundizar el Misterio de la Iglesia y servir a la causa de la unidad. Por su valiente fidelidad a la gran Tradición, que conocía admirablemente, permanecerá como inspirador para sus hermanos y para numerosos cristianos».

Juan XXIII anuncia la convocatoria del Concilio en enero de 1959, y el padre Congar fue nombrado consultor de la Comisión Preparatoria y, al poco tiempo, de la Comisión Teológica. Recibe la invitación con cierta cautela: «Estaba en Sedán, con mi familia. Recibí un telegrama de Roma felicitándome por haber sido nombrado miembro de una Comisión del Concilio. Al día siguiente recibía el anuncio oficial de mi nombramiento como consultor de la Comisión Teológica. El padre De Lubac me diría más tarde que fue Juan XXIII mismo quien tuvo a bien que nosotros fuéramos, el uno y el otro, miembros de esta Comisión. Debo confesar, sin embargo, que dudé. Hacía poco que había vuelto a Francia de mi exilio. Me consideraba todavía un poco como sospechoso para colaborar. Además, ¿no iba a ser un poco rehén? Francamente, me replanteé la cuestión». Nuestro teólogo está saliendo de una situación personal nada fácil: «Me he habituado a saber que todo va a ser mal visto, mal juzgado, sospechoso; me he habituado a no apelar más que a mi conciencia ante Dios y, al pie de la letra, a no esperar más que en Él. Creo que me he purificado, simplificado y profundizado aceptablemente». Al principio, su trabajo en la Comisión no fue fácil. Los padres no consultaban demasiado a los peritos y «no teníamos derecho a intervenir si no éramos interrogados, teníamos el sentimiento de estar de sobra… Por ejemplo, en la subcomisión para la Iglesia había muchos hombres de una línea muy tradicionalista empeñados en aumentar dogmáticamente, con toda la fuerza de un Concilio, nuevos títulos de María… Era la escolástica de los colegios romanos, con toda su rígida armadura intelectual; un verdadero bloque sin fisuras que no permitía ninguna modificación, ninguna evolución; un sistema tan coherente que la sustitución de una sola palabra en un enunciado parecía imposible sin comprometer el todo». Sin embargo, y a pesar de este «clima eclesial», Congar participa cada vez más en los trabajos conciliares: «Mi compromiso fue progresivo, en primer lugar, porque yo soy tímido, algo que lamento. Soy un hombre habituado a la obediencia, al respeto hacia aquellos que tienen responsabilidades. Jamás me impongo; espero siempre a que me llamen. Y después, por otra razón: los obispos franceses utilizaron bastante poco a los teólogos, al menos al principio. Por ejemplo, cuando los debates sobre la Escritura y la Tradición, no fui invitado. Y, sin embargo, ya había publicado un libro sobre La Tradición… Yo me comprometí realmente a partir del 1 de marzo de 1963, día en el que recibí una sencilla carta del padre Daniélou invitándome a ir a Roma… La Comisión Teológica comenzaba su trabajo sobre la Iglesia». La elaboración de los documentos exigía a padres y peritos conciliares mucha dedicación. Congar llegará a participar incluso en trabajos llevados a cabo en el período entre sesiones: «Vuelto a Roma el 15 de mayo, participé en la elaboración del esquema que luego, una vez aprobado, fue la constitución Gaudium et Spes. Debo confesar que mis recuerdos de los primeros días no son muy buenos. Éramos muy numerosos, unos sesenta obispos y sesenta expertos… Las discusiones, interminables, iban en todas las direcciones, pero no avanzaban nada…».

El recuerdo global de su paso por el Concilio nos lo ha dejado por escrito el mismo Congar: «Estuve muy comprometido en la preparación de los grandes textos conciliares: Lumen Gentium, sobre todo en el capítulo II; Gaudium et Spes, Dei Verbum, el gran texto sobre la Revelación; en el ecumenismo y la libertad religiosa; sobre las religiones no cristianas y las misiones. Trabajé igualmente mucho con la Comisión del Clero que dio origen al texto Presbyteroum Ordinis. Los padres parecían haber olvidado a los sacerdotes. Estos tenían ciertamente un texto, bastante mediocre, una especie de mensaje, redactado muy aprisa en el último período del Concilio. Yo protesté: los sacerdotes no tienen necesidad de una exhortación, sino que se les diga qué son, y cuál es su misión en el mundo de hoy. Fue entonces cuando me invitaron a trabajar en la elaboración de un nuevo texto».

A la pregunta «¿qué fue y qué significó el Vaticano II en la vida de la Iglesia?», Congar responde: «El Concilio se hizo por la confianza en hombres, y particularmente en Juan XXIII. Incluso después de su muerte, se han referido mucho a él, a su espíritu, a su intención, porque él mismo se explicó relativamente poco. Siempre me he preguntado cuál fue exactamente el pensamiento de Juan XXIII sobre el Concilio… Imagino que deseaba algo menos teológico. Creía él, pienso yo, que se enzarzaban en discusiones demasiado teóricas. Le hubieran gustado perspectivas más prácticas, más catequéticas; una especie de anuncio al mundo en el lenguaje accesible de los hombres de hoy, menos complicado… Esto es lo que yo imagino».

Respecto el itinerario seguido por el Concilio, señalaba: «Pienso que el desarrollo del Concilio no estuvo pensado por nadie. Es extraordinario que en cuatro años el Concilio pudiese hacer tal trabajo. El personal del Consejo Ecuménico de las Iglesias, de Ginebra, que conoce bien la dificultad del trabajo colectivo, estaba maravillado… Nadie tenía una idea precisa sobre la orientación ni la duración de esta gran asamblea multitudinaria puesta en marcha por Juan XXIII. El papa Roncalli dijo: «En el evento del Concilio, todos somos novicios. Todos eran novicios, porque el Concilio es obra del Espíritu Santo». Para Congar aquel acontecimiento no se puede explicar de otra manera: «Es obra del Espíritu, como tantas otras que han ocurrido a lo largo de la historia. Es evidente, por ejemplo, que el Concilio de Nicea, o el de Calcedonia…, los grandes Concilios que determinaron los fundamentos de la fe, son obra del Espíritu; este Concilio es también obra del Espíritu; por mi parte, he podido verificarlo más tarde. ¡Fue una aventura tan increíble! He visto, por ejemplo, a los obispos reunidos en el Concilio acceder a la idea del ecumenismo, de manera casi unánime, en una sesión, en poquísimo espacio de tiempo. Ello me permite pensar que el Espíritu Santo ha actuado».

El balance final que Congar realiza del Concilio es muy positivo: «Creo que el Concilio realizó un buen trabajo. Comenzó una obra que no está acabada: se trate de la colegialidad, del papel de los laicos, de las misiones e incluso del ecumenismo… Durante las votaciones se buscaba la unanimidad máxima; era el Papa quien la buscaba, sobre todo; en este punto triunfó. La Lumen Gentium fue votada por unanimidad, menos cinco votos… Pablo VI obtuvo la unanimidad que tanto deseaba. No se quiso además que una “escuela” triunfase sobre la otra. Esto es muy claro, por ejemplo, a propósito de la colegialidad. El Concilio dio un impulso, pero quien va precisando las cosas será la vida misma. Lo importante para mí es que el Concilio tuvo lugar. Es difícil percatarse hoy de que el hecho conciliar fue absolutamente fantástico. Lo vuelvo a repetir, nadie lo esperaba». Entre sus recuerdos más entrañables, destaca la presencia de los observadores no católicos, invitados por los dos papas. Congar, que rara vez expresa sus sentimientos más íntimos, escribe en una crónica de esos años: «¡Tuve lágrimas en mis ojos cuando encontré a los observadores por vez primera! Es necesario que su presencia sea eficaz, todo está aún por hacer. Seguro que conocerán momentos de aburrimiento, de vacío, de molestia. Pero lo esencial ya está conseguido: están aquí. El status que se les ha hecho es amplio y leal. Asisten, exactamente igual que los “expertos” a las Congregaciones generales, donde los obispos expresan sus reacciones, y a veces son invitados o autorizados por el presidente a tal o cual sesión de trabajo de las comisiones. No tienen derecho a tomar la palabra, pero pueden remitir observaciones por escrito. Pueden también informar a las Comunidades de las que proceden… Cada martes teníamos una reunión con los observadores. Al principio no hubo más que una cuarentena; hacia el final llegaban al centenar. Se examinaba con ellos, tanto lo que estudiaba el Concilio en aquel momento, como lo que sería abordado la semana siguiente. Después que el documento les era presentado, ellos daban a conocer sus observaciones. Fue todo extremadamente interesante». Fue una verdadera participación de cristianos no católicos en uno de los mayores acontecimientos eclesiales. Nuestro teólogo reconoce que pudo ser más todavía si la Ortodoxia hubiese estado mejor representada: «Oficialmente las Iglesias ortodoxas no llegaron a ponerse de acuerdo para enviar a los observadores. La Ortodoxia, a mi parecer ha perdido una ocasión histórica, absolutamente única».

Cuando se habla de la «crisis postconciliar» y de las dificultades eclesiales que surgieron en los años siguientes, Congar reconoce que «el postconcilio ha sido y es una prueba para los hombres de nuestra generación». Esta apreciación no desautoriza las que —según él— han sido las dos principales aportaciones del Concilio: la salida del tridentinismo y el sentido pastoral del Vaticano II. «Diré una palabra sobre la responsabilidad del Concilio en eso que llaman la crisis. A mi parecer esta responsabilidad tiene algo de real, pero es inseparable de la gracia y del beneficio que el Concilio representa para la Iglesia e incluso, diría, para el mundo. Este beneficio ha consistido principalmente en la salida del tridentinismo. No se trata aquí del Concilio de Trento, sino del tridentinismo, un sistema que envolvía absolutamente todo: la teología, la ética, el comportamiento cristiano, la práctica religiosa, la liturgia, la organización, el centralismo romano, la constante intervención de las congregaciones romanas en la vida de la Iglesia, etc. En realidad, este sistema no se confunde con el Concilio de Trento ni con el Vaticano I, a los que el Vaticano II ha citado numerosas veces… Pero más allá de Trento y del Vaticano I, existe una configuración del catolicismo romano que aparecía como un sistema…». Para el teólogo dominico, el Vaticano II puso fin a un período caracterizado por una «rígida comprensión» de la comunión eclesial (2).

Años más tarde, volvió a ratificar estas nociones eclesiales: «Tras un período muy corto en el que los trabajos conciliares se tenían a puerta cerrada, el Concilio se vivió a la luz de la plaza pública. Y entonces se percibió que la Iglesia no tiene respuestas para todo, que no es un bloque monolítico de unanimidad como se imaginaba, que existen numerosos interrogantes, y que obispos y teólogos de primer rango no piensan de la misma manera. Pero es que, además, el Concilio ha liquidado eso que yo llamaría la “incondicionalidad del sistema”. Entiendo por “sistema” todo un conjunto de ideas comunicadas por la enseñanza de las Universidades romanas, codificadas por el Derecho canónico, protegidas por una estrecha vigilancia, por un tener que rendir cuentas, con continuas llamadas al orden y una sumisión de todos escritos a las censuras romanas…, todo un “sistema”. Y éste, con el Concilio, se desintegró».

La otra gran aportación conciliar Congar la sitúa en que «si en algo el Concilio tuvo un sentido, fue el de pasar del terreno ideal e ideológico a lo concreto de la vida de la Iglesia. No es casualidad que Juan XXIII lo llamara Concilio pastoral. Se ha observado que lo que Juan XXIII designaba por “pastoral” era la doctrina, pero expresándose en la historia, en el tiempo y en el mundo actual. Es cierto que algunos han abusado de este término para afirmar que, puesto que es pastoral, no es doctrinal. Esto es absolutamente falso: es doctrinal, pero doctrinal-pastoral, es decir, doctrinal con una doctrina que exige ser aplicada históricamente, que no es una especie de tierra de nadie entre el cielo y la tierra, una especie de marco absoluto, inamovible, intocable. No, no era eso. Es necesario aplicarlo concretamente». Y a modo de síntesis, nos presenta un apunte de cómo descubrió y vivió su vocación ecuménica, un tema trasversal del Vaticano II: «Habría preferido no hablar de mí, pero varios amigos me han pedido que aportara mi testimonio sobre el ecumenismo, que dijera qué caminos he seguido, o mejor dicho aún, por qué sendas he pasado… los acontecimientos son demasiado recientes, los hombres, en su mayor parte, viven aún, pero, sobre todo, mi persona y mi papel han sido demasiado insignificantes dentro de la gran corriente de la gracia, hecha a nuestro tiempo. Tampoco van a ser “confesiones”, aunque me resultará consolador alabar la misericordia de Dios de la que, por mi humilde parte, he gozado, más allá de todo mérito. Quiero decir simplemente cómo vine al ecumenismo, cómo he tratado de responder a una vocación evidente, cómo he sido conducido a una vía de discreción y casi de reserva, por no decir de silencio… en 1929, meditando el capítulo 17 del evangelio de Juan, durante el retiro de preparación al diaconado, descubrí mi vocación ecuménica». El primer fruto teológico de esa vocación fue su obra pionera Cristianos desunidos, de 1937, donde reunía los textos de las conferencias pronunciadas el año anterior durante la semana de oración por la unidad, en la basílica de Montmartre, ante un numeroso y atento público (3). Siempre han existido ciertas constantes en su teología: partir de categorías bíblicas, poner mayor énfasis en la antropología teológica, renovar la Eclesiología, difundir la vocación misionera de la Iglesia y acrecentar un serio diálogo con las otras confesiones cristianas. Todos estos acentos de la obra congariana son las claves que posteriormente han tenido cabida y resonancia en el Vaticano II.

NOTAS

(1) Nótese que el título no habla de «reforma de la Iglesia», sino de «reforma en la Iglesia», donde reforma no se entiende de la doctrina, sino la que se desarrolla en la vida concreta de la Iglesia. Para Congar, toda reforma es renovación.

(2) A él debemos el redescubrimiento de la Iglesia como comunión. El problema, entonces y hoy, estriba en dilucidar hasta qué punto la comunión eclesial integra la diversidad. Para Congar, el ideal es «unidad de la fe y unidad/diversidad en las formulaciones de la fe», porque «la catolicidad no excluye la diversidad y el pluralismo», siendo éste un valor de la unidad.

(3) «Tengo para mí que la principal aportación de Cristianos desunidos consiste en que por primera vez se hacía un esfuerzo para definir teológicamente el “ecumenismo” o al menos, para situarlo».

 

Por Juan Carlos Mateos

Director del Secretariado de la CEE para el Clero y los Seminarios

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