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Reportaje: «Tras el COVID-19 ¡es posible la esperanza!»

El dolor más inmenso puede llevarnos a un momento de amor inconmensurable, que transforme el drama de la vida en una ocasión para crecer. Hasta las tormentas más oscuras, dejan —tras su huida— un olor a campo recién rociado de hojas nuevas. Tras el paso temible del COVID-19, llega Jesús. A paso lento. Y, con Él, vidas gastadas que entregaron todo por hacer, de nuestro barro, su milagro.

Es martes, la calle huele a nostalgia y son las 13:13 horas. Para alguno, este paralelismo de providencias extrañas podría ser un vestigio de mala suerte. Sin embargo, César Cid —que acaba de despedirse de su amigo Miguel— me habla de él y, al compás de sus lágrimas pobladas, pone en mis manos una lección para toda la vida: «Nos damos cuenta de que amamos cuando necesitamos a esa persona para ser realmente quienes somos, porque está en nuestra vida, porque lo queremos».

A César, diácono permanente y agente espiritual de la Clínica Hestia de Madrid, nadie le enseñó a querer. Sin embargo, lo aprendió amando. Primero, en las personas que iban forjando su historia; después, en los enfermos que le miraban a los ojos para decirle, a veces sin palabras, a veces entre heridas y dolor, que no es posible vivir sin amor. «Realmente es un proceso vocacional que está muy lejos de cualquier profesionalización», confiesa. «Encontrarse con Cristo y cambiar la mirada es la misma cosa. Yo mismo me sorprendo de ello , pero soy consciente que dicho proceso nunca dependió de mí».

«Hemos muerto un poco entre los que perdieron su vida»

Cid no deja sin casa a aquel que toca el corazón de su puerta. Durante la pandemia arrastrada por el ominoso coronavirus, ha vivido, en primera persona, el frío de las ausencias más largas. Pero también el calor, al escribir esperanza y consuelo —aunque sea al final— en la sonrisa del silencio: «Lo he vivido con impotencia a veces, desconcierto y esperanza». En este orden, revela, pues «ver la desesperación de los enfermos y de las familias me generó mucha impotencia, como a todo el personal que participó en cualquier momento del proceso». Los enfermos, susurra lentamente, alargando su fatiga entre el recuerdo, «sufrían la enfermedad y una soledad impuesta que no podían entender, especialmente los afectados con trastornos cognitivos». Un sentir en un entorno terapéutico distinto y apremiante que no está ausente de miedo… «Desconcertados todos, hicimos nuestro trabajo lo mejor posible; los días trajeron cambios positivos y una reducción de contagios y de muertes. Hasta que cierta normalidad llegó a nuestras vidas, junto a la esperanza de poder cerrar heridas y ciclos». Solo compartir el abismo te permite abismarte en el dolor del otro, desde el amor que Dios imprime en la presencia real y misteriosa del Espíritu Santo, que permite encontrar sentido incluso en la desesperación. Es la manera de consolar, en silencio. «Hemos muerto un poco entre los que perdieron su vida», descubre este escucha a cuerpo entero, «en el milagro de la inmortalidad del amor». En un instante, entre la palabra y la prudencia, Cid tropieza con un duelo congelado que aún necesita aprender a volar… «Lloramos tantas vidas agitadas mientras los corazones palpitaban con un esfuerzo incomprensible…».

Ante el cáliz desbordado, solo queda el amor

El corazón humano tiene una capacidad prodigiosa para sobreponerse ante cualquier catástrofe. La resiliencia es crecer ante la adversidad. Así lo vive, a diario, este licenciado en Ciencias Religiosas, máster en Counselling, posgrado en Duelo y experto en Cuidados Paliativos. «El hombre es un resiliente en potencia que, activado por el amor, es capaz de restaurar su existencia para el otro y para el totalmente Otro; para el hermano y para Dios». El corazón, cuando decide precipitarse, indaga en los porqués, «pero cuando la vida termina ante nosotros, nace algo nuevo en nosotros».

Ante el cáliz desbordado, el sufrimiento se transforma en amor. César lo ha comprobado como escucha y diácono celebrante en el proyecto de atención psico-social de la empresa Servicios Funerarios de Madrid. «He oficiado más de cuarenta celebraciones exequiales online personalizadas», reconoce. «Al menos, hemos creado un espacio para el desahogo», y «me consta que las celebraciones han ayudado a las familias ante la imposibilidad de despedirse: han podido interactuar durante ellas y es algo que indudablemente ayuda a procesar el duelo».

«Dios ha creado el amor y no el dolor, la vida y no la muerte»

César, «¿en qué escuela se aprende a echar de menos?». Se lo pregunto con la intención de quien desea hallar un rayo de certeza detrás de un cielo lleno de dudas. Y su respuesta no me deja indiferente. Al contrario, me presenta al dolor con nombre y apellidos… «Hermano, estamos más vivos que nunca cuando sufrimos», descubre. Lo dice mirando a los ojos, mientras se aferra con fuerza a mis sentidos. «Sé que cuesta leer y entender esta frase –continúa–. Hemos sido llamados a cantar ante el dolor, para que su voz trascienda el abismo. El corazón nunca deja de amar, pero el amor se transforma afortunadamente. Tras un día, llega otro, y el último será la puerta para que Dios nos “restaure” para siempre».

Dice la soledad que el frío hace las ausencias más largas. Sin embargo, es posible volver a creer, y a confiar, y a despegar los nudillos abatidos de los pulmones. Porque la esperanza le pertenece a la vida. Y es posible, como escribe el corazón generoso de este diácono, abrazarse a ella cada martes, aunque lluevan nostalgias, y aunque el reloj marque las trece y trece: «La esperanza es posible y necesaria. El Reino de Dios es culminación, límite de sufrimientos, alivio y bálsamo. Dios ha creado el amor y no el dolor, la vida y no la muerte. El dolor con Cristo exalta la vida como don para el rescate de cada hombre, como semilla de caridad fraterna. Cristo es la esperanza para la humanidad».

«Lo hemos dado todo en la Fundación Lagungo»

Decía C. S. Lewis que «las dificultades preparan a menudo a una persona normal para un destino extraordinario». Y al amar, al igual que sucede al escribir, puedes transformar cualquier ruina en una hermosa catedral. Lo hace Dios a menudo. Como lo hacen, prendidos de sus manos, muchos de sus hijos preferidos…  «Durante este tiempo de pandemia, lo hemos dado todo en la Fundación Lagungo. Estamos agotados. No somos ajenos a la fragilidad humana y este esfuerzo también ha tenido consecuencias en nuestra salud y bienestar emocional». Lo cuenta Jon Elordui, psicólogo, terapeuta familiar y director del Centro de Orientación Familiar Lagungo de Bilbao. Esta fundación es un servicio especializado de terapia familiar e individual como apoyo a la familia y a las personas, a través de la orientación, mediación y el tratamiento conveniente de los problemas familiares.

Elordui contrajo matrimonio hace 32 años, tiene 56 y tres hijas que configuran el brillo compasivo de su mirada. Desde pequeño, Jon no ha dejado de mirar al cielo con amor. Y tampoco lo ha hecho ahora, en plena pandemia sanitaria, de la mano de su comunidad de vida y del trabajo que, a diario, da sentido a su vocación. «Tengo la suerte de integrar vocación profesional y compromiso cristiano, trabajo y vocación laical como servicio de nuestra Iglesia a las personas en situación de dificultad a través de mi trabajo en el COF de la diócesis de Bilbao».

Pero Jon no se siente a gusto hablando de él mismo. Detalle que dice más de este apóstol de alma noble y humilde que sus propias palabras. El bilbaíno prefiere que sean los más necesitados quienes tomen la voz en la canción principal de la historia: «Al comienzo de la pandemia, adoptamos el lema “En la debilidad, la comunidad es nuestra fortaleza”; y aún está vigente, porque esto aún no ha terminado». El psicólogo opta por hablar en presente. Y también en futuro. Será, tal vez, para que el peso del dolor no se quede demasiado tiempo en vela.

«Tuvimos más de 600 intervenciones en una semana»

«Aun con todo lo que nos estaba tocando vivir, decidimos comprometernos con un mensaje de ánimo y esperanza realista en esta situación de tremenda dificultad y llena de incertidumbres», confiesa el psicólogo. En este sentido, continúan acompañando a personas en duelo complicado sin poderse despedir, pérdidas de trabajo, estrés, angustia, conflictos de relación de pareja y convivencia familiar, necesidades de la infancia, mayores en soledad… «Porque la salud no es solo la salud física, sino también la emocional, psicológica y espiritual», reconoce, al tiempo que destaca la experiencia de «formar así una comunidad solidaria que se sostiene mutuamente».

Un esfuerzo, sin duda, «tremendo», asiente, «mediante llamadas, mensajes por las redes sociales, interminables comunicaciones con entidades sociales, recursos, etc. Nos pusimos a disposición de la administración pública en lo que se refería a un dispositivo de apoyo psicológico vía telemática que aún está en activo con más de 250 casos atendidos y más de 600 intervenciones realizadas todos los días de la semana sin descanso. Entendíamos que a nosotros nos tocaba estar en la segunda línea, justo detrás; y, a veces, junto con los dispositivos sanitarios». Tarea que ahora les está pasando factura, «porque todavía no hemos podido descansar suficientemente, con episodios de ansiedad, problemas físicos, estrés emocional por situaciones familiares de riesgo y enfermedad en nuestras familias». Pero en los ojos de Jon hay lugar para la gratitud, tras el vibrar acompasado de la razón primera de sus vidas: «Lo hemos vivido con plenitud, con la alegría del amor, el apoyo mutuo en el equipo, manteniendo relaciones de cuidado y con el agradecimiento profundo de las personas a quienes hemos acompañado», destaca.

Cuando ponemos nombre a la entrega, no resulta una tarea sencilla ofrecer y organizar soporte emocional y psicológico cada día y a cualquier hora, a familias, niños y niñas, profesionales de intervención social y sanitaria. El terapeuta trata de contener la emoción en cada palabra, pero encuentra en el recuerdo un hogar donde quedarse para hacer mejor la estancia del hermano… «Llevábamos solo unos días –señala– y ya habíamos detectado síntomas preocupantes en la infancia en situación de vulnerabilidad, como autolesiones o trastornos de comportamiento. Y teníamos que ver cómo atender adecuadamente en estas circunstancias. Pero en mi momento de oración al cerrar el día, poniéndome en manos del Padre, terminé diciéndome: “Ahí es donde se me necesita, ahí es donde quiero estar y eso será mañana”».

«Dios se muestra como el Dios de las víctimas de la historia»

Tal vez, no podemos evitar el dolor. Forma parte de la vida. En este tiempo, tampoco podemos abrazarnos en paz, sin temor al fantasma del contagio. Pero podemos estar presentes, regalarnos una mirada amable, una sonrisa repleta de ternura, una palabra cálida, un silencio acogedor. «¿Y dónde metemos el dolor?», le pregunto al terapeuta vasco, mientras me replanteo si el sufrimiento es un camino inevitable que se abre ante nosotros en cualquier momento y que, para afrontarlo, solo es posible aceptarlo y cederle un lugar. Tal vez, «debemos aceptarlo para poder sanarlo después, y no resignarnos porque no hay otro camino mejor», le insisto.

«¿Que cómo se consuela el dolor?» —me interpela él, para agarrarse él mismo a la pregunta. «La receta es sencilla de formular y muy difícil de aplicar. Para empezar, diría que las personas somos “terreno sagrado” en el que tenemos que pedir permiso para entrar. Se trata de “estar con”, de acoger y escuchar sin juzgar, y casi sin hablar. Son momentos para situarse con humildad, con paciencia, con apertura y sencillez. Y con la misma sencillez, conectar —con delicadeza, cuando es posible— con la fe en un Dios que nos sostiene y rompe nuestro aislamiento. Dios se muestra como el Dios de las víctimas de la historia».

En ese momento, Rosa Mª Martínez, compañera de Elordui en Lagungo, pide delicadamente la palabra… «No podemos evitar el dolor; podemos estar cerca para que puedan transitarlo con la seguridad de no estar solo, sola, con la certeza de que si flaquean las fuerzas nos detendremos juntos para reponerlas, con la confianza de que cuando se quiera rendir, estaremos ahí para recordarle que merece la pena seguir manteniendo la esperanza».

«El dolor no tiene la última palabra»

La conversación amable y serena de Jon va amasando, con cuidado, cada paso que uno recorre. Y momentos antes del adiós, quiere contarme la historia de Mikel. «Es un chico joven que nos pedía ayuda psicológica. Días atrás, sus padres dieron positivo por coronavirus y estaban ingresados en el hospital. Días después, nos llamó de nuevo para contarnos que le habían comunicado el fallecimiento de su madre. Imagínate la situación, su angustia y su dolor: él en su casa en cuarentena, solo y sin poder estar con nadie, su madre fallecida y sin haberse podido despedir de ella, su padre ingresado en el mismo hospital… Pero había algo más: se había sentido reconfortado por la voz cálida y con un punto de tristeza de la médica del hospital… “Me ha dicho que mi madre ha fallecido acompañada por ella y por la enfermera, que no estaba sola, y he podido llorar en paz”, nos contaba».

Realmente, «siento agradecimiento y consuelo; no le conocían de nada y le dieron el cariño que le faltaba». Como ves, insiste, «el dolor no tiene la última palabra y siempre se impone la alegría del amor». Un canto a la esperanza y al Dios que completa el poema que un día comenzó a escribir: «Sin los demás y sin Dios —a quien siento como Padre y Madre—, mi vida no tendría sentido. Él no tiene manos; tiene nuestras manos para curar, transformar, consolar y cuidar. Podemos seguir caminando “sobre las aguas”, en la incertidumbre, poniendo nuestra confianza en Dios. Y vamos a ver si aprendemos algo bueno de todo esto. Puede que todos los gestos de solidaridad que descubrimos estos días sean como las olas que llegan valientes a la orilla y terminan retirándose de nuevo; pero, mientras tanto, suena bien el ruido del mar y puede que suba la marea…».

«En el hospital hemos hecho turnos de 24 horas»

La vida se abre paso en circunstancias difíciles. Siempre. Y cuanto más tiembla la barca de la fe, con más fuerza vence el vuelo al viento. Mi última estación de escucha y consuelo estaba en uno de los rincones más especiales de Castilla–La Mancha. Allí, en una ciudad arraigada en las montañas de la zona centro–este de España, me abre las puertas el Hospital Virgen de la Luz de Cuenca. En el corazón de este refugio, tres capellanes han ofrecido —y aún ofrecen— 24 horas de apoyo espiritual a enfermos, familiares y sanitarios en el hospital.

«Hemos pasado por varias etapas. Al principio, sorprendidos por las características de la enfermedad, ya que de la noche a la mañana tuvimos que cambiar nuestras rutinas, obligados también por el desconocimiento». Y, luego, prosigue, «empezaron a aparecer la impotencia y la frustración». Sentimientos que, aun habiendo estudiado, nunca terminas de entender del todo… «Sabemos que, por nuestro servicio, nos tenemos que encontrar con situaciones de dolor; pero para algo como lo vivido durante los momentos más agudos de la pandemia no te encuentras nunca preparado. Entre los tres, hemos hecho turnos de 24 horas. De repente, todo cambió. Y, quizá, fue la parte más dura: no poder verlos a todos. Eso sí, tenemos que agradecer la colaboración del personal sanitario que nos mantenía informados y nos avisaba siempre para ser, en muchos casos, la única compañía en el momento de la muerte». Lo cuenta Salvador Rengifo, uno de los tres sacerdotes que se han dejado la vida, hasta el extremo, por la piel herida de cada uno de los enfermos.

Su sonrisa, como sus manos, está llena de tanto que la palabra no le alcanza para contarlo todo. La cara menos atractiva de la moneda retrata a miles de fallecidos, a los duelos que se han abierto en canal al no poder, siquiera, abrazar, consolar o despedir. El sacerdote y misionero peruano de 46 años ha vivido estas escenas en carne viva, y su testimonio interpela cada uno en mis sentidos… «¿Cómo se acompaña cuando el dolor atraviesa, no solo el alma, sino hasta el fondo de las palabras?», le pregunto. «Si lo vemos solo desde el punto de vista humano —responde el capellán— se hace muy difícil. Pero es ahí donde la fe juega un papel esencial, porque te das cuenta de que los hechos adquieren un gran valor. En muchas ocasiones, solo podíamos estar y acompañar. Muchas veces la comunicación era difícil, por el estado del propio enfermo o porque con toda la protección que llevabas puesta se hacía ininteligible cualquier tipo de diálogo, pero en medio de ese silencio la fe nos unía en la plegaria».

La escucha, la fe y la presencia desnuda

A veces, en la medianoche de la vida y del dolor, parece que Dios se hace el dormido mientras lloran nuestras dudas. Y, entonces, sale a buscar un resquicio de luz la escucha, la fe, la presencia desnuda. «Recuerdo un día durante la peor semana que pasamos en el hospital», cuenta el padre Salva, «la llamada de unos familiares para agradecernos la atención que tuvimos con su enfermo. Como muchos otros, estaba solo y me avisaron de que no le quedaba mucho. Lo asistimos y, en ese momento, pensé en sus familiares. Y me vi a mí mismo ahí, en la habitación con aquel hombre, sin nadie más, y sentí pena… Pero mi alegría fue grande cuando, al cabo de las horas, me llamaron los familiares para darme las gracias. Y no solo eso; al día siguiente se presentaron en el hospital para darnos las gracias personalmente. A ellos y a mí, Dios nos había escuchado. Ellos encontraron el consuelo y yo un motivo más para seguir adelante». El capellán, entre tanto rostro herido, recuerda con cariño al amigo sacerdote que falleció allí a causa del coronavirus, a escasas vidas de su vida. Y mira al cielo para recordarle que no le olvida. Y deja caer sobre el credo que acrisola su ministerio la razón primera de su llamada: «Descubrir el rostro de Cristo en cada persona nos ayuda a que, en cada momento, intentemos darlo todo. Aunque en ocasiones se haga un poco cuesta arriba y parezca que no tienes muchas ganas, te levantas y sigues». Y recuerda, a su paso, el motivo primero que le llevó a entrar al Seminario… «Lo hice con la idea de poder ir un día a las misiones (y estuve en Colombia, Venezuela y Perú), y era el modo que vi de devolver a la Iglesia todo lo que yo había recibido cuando lo pasé realmente mal». En este sentido, «en nuestra vocación no hay descanso; hemos sido llamados para servir y, mientras haya una necesidad, material o espiritual, hay un servicio que prestar», confiesa.

«Entregar la vida merece la pena»

Después de todo, del dolor, de la incertidumbre, de los días más cansados y del peso de las despedidas, me pregunto en voz alta si merece la pena entregar la vida por los enfermos y los más necesitados… Y el padre Salva, que carga sobre sus hombros con 20 años escritos a fuego como sacerdote de Jesucristo, no tarda en plantearse esta cuestión: «¡Por supuesto que merece la pena! No prestamos este servicio por el reconocimiento o el aplauso; pero esa gratitud sencilla que te muestran muchas personas también te alegra. Tras el COVID-19, ¡es posible la esperanza! Gracias a Jesús, quien recorrió primero este camino, podemos decir que hay motivos de esperanza. Y es así como intentamos presentarnos. El Papa Francisco nos invita ser “inyección de esperanza” para nuestra sociedad, y el camino para conseguirlo es el de la caridad, el del amor. Un amor que une porque no conoce barreras ni distancias; un amor que cura, un amor que colma, un amor que redime».

De vuelta al silencio de mi hogar, tras asimilarlo todo, una frase en una estantería repleta de poesía regala a cada uno de estos encuentros el sentido de sus pisadas, sus miradas y sus silencios: «La esperanza se levanta como un ave fénix de las cenizas de los sueños rotos». Después de la tormenta, la gratitud convierte lo que abarcan nuestras manos en suficiente. A veces, solo hay que tener paciencia mientras Dios acomoda todo para darnos más de lo que pedimos. Y en la búsqueda final de esta semblanza encarnada en el Padre, recibo una llamada de mi amigo César. Al diácono se le olvidó decirme algo. Lo más importante. El matiz que da sentido al preciado milagro del creer: «Si me pregunto por el sufrimiento del otro, no tengo respuestas; si le pregunto a Dios qué hace para evitar el sufrimiento de los hermanos, me responde que ya lo hizo… me hizo a mí». 

Por Carlos González García

@charlywriter_

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