Revista Ecclesia » REPORTAJE ECCLESIA: «Vidas que salvan otras vidas»
Reportaje ECCLESIA: «Vidas que salvan otras vidas»
Iglesia en España Última hora

REPORTAJE ECCLESIA: «Vidas que salvan otras vidas»

Vidas que salvan otras vidas. Así lo ha vivido Carlos González García en este reportaje sobre «vidas» que se entregan por los demás, sobre todo, en pandemia.

Cuando el vivir punza la piel del alma, cualquier día es bueno para volver. Estos tiempos cansados de covid–19, en los que se nos pierde el mundo en el latir derramado de un beso, una mirada o un aroma, en ese andar fatigoso de Viernes Santo, brotan rostros de mirar samaritano que se dejan la vida por amor. Lo hacen en las cenizas de una cama de hospital, de una triste celda, de un sillón roído por la soledad o de un puente a siete grados bajo cero. Y ahí se quedan, hasta que flaquea la tormenta, hasta que vuelva a ser Pascua de Resurrección.

La madrugada hiere con una fuerza virulenta el ventanal de la habitación 6900 del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz. Matías permanece en vela desde el primer golpe de viento que le despertó sin ningún miramiento. Le cuesta respirar desde hace dos días y ha olvidado pedir pilas nuevas para su radio. Sin embargo, le encanta mirar al cristal e imaginarse su sonrisa. Sobre todo de noche. Y como sabe que nunca es tarde del todo, se queda ensimismado contemplando la tenue luz de una farola que mitiga su soledad. También sabe que, a los trece minutos de apagarse la luz, aparecerá Blanca Teresa, su ángel de la guarda en este hospital que encabeza la lista de los diez mejores de España. «¡Pero qué alegría verte siempre tan sonriente, amigo Matías!», le dice Blanca —quien se dedica a la tarea de Atención al Paciente— desde la puerta de su habitación. «¿Has pasado buena noche?», añade esta madrileña que guarda en su voz la calma de los amaneceres más profundos, devolviéndole la esperanza con la que él la abraza —desde lejos— cada mañana. Matías, que apenas ha podido dormir más que una hora, asiente con la cabeza, y también con el corazón, porque toda la espera le merece la pena, al saberse cuidado por esa mirada generosa que no se olvida ni un solo día de su presencia.

«Hemos aprendido a querer y a cuidar con los ojos»

Madrid ha amanecido taciturno y lluvioso. Es lunes, Dios se esconde entre la niebla y el rostro de Blanca no da muestras de andar precisamente rendido. Al contrario, sus pupilas desprenden una luz sosegada y sedativa en clave de eternidad, como un faro en medio de la tiniebla. Cree sin miedo, y se lo cuenta a Quien visita cada mañana, aunque haya momentos en los que solo le quede un hilo de fe entre sus manos: «Lo primero que hago es entrar a la capilla y saludar al Señor. Le pido que, si puede, me acompañe y no me suelte de la mano». En silencio, confiesa entre lágrimas que pone en las manos de Dios a las personas que se fueron el día anterior, y pronuncia sus nombres con cariño; «y Él llora conmigo», reconoce, dejando su sentir sobre mis ojos, «porque Dios es Padre, y un padre no puede evitar llorar cuando un hijo suyo sufre».
Pero las suyas no son lágrimas vencidas, me da a entender, mientras contemplamos su hospital desde un banco que nos acoge en la calle. Permanecer en primera línea de fuego desde el día que la covid-19 nos recordó que somos sumamente vulnerables, le ha hecho fuerte frente al dolor. «En esta pandemia no hemos podido ver el rostro del enfermo, ni ellos el del cuidador. Entonces, hemos utilizado la comunicación no verbal, el sentir la presencia por encima del temor», me cuenta, a medida que va deshaciendo en pedazos mi miedo al contagio.
«Es como la fe: tú no vas a la capilla y ves a Jesucristo, pero le sientes ahí y abriga tu frío», insiste la acompañante e informadora del paciente, consciente de que no todos los días es sencillo peregrinar por la piel de tantas almas heridas… «Hemos aprendido a querer y a cuidar con los ojos, y yo les intento transmitir mi fe en el reflejo de mi mirada. Aunque haya días que, por dentro, esté rota».

Tiscar Espigares Reparto de alimentos en la Plaza Mayor al inicio de la cuarentena

«La vida es un regalo que no apreciamos»

Los enfermos aportan una realidad inherente al ser humano que necesita una actitud de aceptación: el sufrimiento desvelado. Aceptar la enfermedad y custodiar a quien sufre supone revestirse de servicio, a la manera de Cristo, y crecer en delicadeza, humildad y escucha. «Los enfermos aportan la fragilidad que tiene la vida», reconoce Blanca, «pero no nos lo creemos hasta que la enfermedad nos hace frenar en seco». Sin hacer preguntas, «te hace ver que todo esto no era como tú pensabas y te vuelves infinitamente vulnerable». Y, desde ahí, desde ese horizonte tan delicado, «te agarras al milagro de la vida, ¿no?», le interpelo. Pero ella no necesita grandes letargos para revelar lo que sus ojos llenos de vida desvelan: «La vida es un regalo precioso que no apreciamos: es un día a día, un minuto a minuto, un latido a latido», manifiesta…

 

 

Para seguir leyendo este reportaje de Carlos González García visita el número 4.062

 



O si lo prefieres, regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

HAZME DE ECCLESIA

Cada semana, en tu casa