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REPORTAJE ECCLESIA: «Los enfermos te permiten contemplar el rostro de Dios»

A veces, esperamos coherencia de quien sufre, y lo que necesita no son razones, sino abrazos. Tal vez, hablamos mucho de Dios al enfermo, y poco a Dios de quien tanto sufre. El enfermo es tierra sagrada. Y, ante él, la Iglesia se arrodilla para besarle los pies y acariciarle, una a una, todas las heridas.

Carlos González García, colaborador de ECCLESIA, pone rostro, nombre y apellidos a los que sufren y padecen los estragos de la enfermedad. Lee la primera parte de su último reportaje.

«La vida me clavó a una cama muy temprano, durante la madrugada traidora que borró mis pasos para siempre. Dios envolvió mi cuerpo roto en sus brazos, con mucho cuidado. Y, lentamente, la niebla que me acompañaba se disipó para mostrarme como soy: madre y bella». Esperanza escribió esas palabras antes de que el silencio y el miedo le arrebatasen la voz. Lleva meses postrada en una cama de hospital. Demasiados. Su postura imposible y su mirada perdida apenas dejan sitio a su sonrisa. Sin embargo, se vuelve un mar de lágrimas cuando pronuncias cerca de su oído el nombre de Jesús. A su lado, Manu, su mejor amigo, le presta la calma que, cada atardecer, ella necesita. Desde que enfermó, va todas las tardes a visitarla. Le habla con sumo cuidado, muy en bajito, porque sabe que ella —aunque navegue en alta mar— escucha sus latidos… «Ahora te acompaña Jesús, con sus pantalones arremangados hasta la rodilla. ¿Lo ves, amiga? Está enganchando el cabo que tanto tiempo ha flotado por el mar, para acompañarte a casa. Nosotros nos quedamos en el muelle, seguros del futuro que te espera. Por favor, no lamentes este tiempo confuso. Lo que viene borrará cualquier recuerdo doloroso. Cuéntale a Él todos los detalles, pero sobre todo dile —aunque ya lo sabe, pero le gusta oírlo— cuánto has amado a tus hijos… Ya despiertas a la vida, ahora descansa. Ya eres la luz que tanto ansiabas».

Una vez, hace muchos años, mi madre me confesó que el verdadero dolor es el que se sufre sin testigos. Yo pensaba que lo había aprendido. Sin embargo, en ese momento junto a Esperanza y Manu, descubrí que la compañía tampoco adormece ni apacigua las tormentas de adentro. Y ser testigo de aquella escena, mientras el barco de la joven palpaba la orilla, prendía de miedo mi oración. De repente, Manu me miró, con una amansada sonrisa, para colmar de paz cada astilla de aquella infatigable batalla: «Tan solo necesita descansar».

«Tranquilo, Esperanza mañana estará a salvo»

La Iglesia en España celebra el 9 de mayo la Pascua del Enfermo. La enfermedad tiene muchos rostros: el del sufriente, el del ignorado, el del maltratado, el del excluido. El Papa Francisco, en este momento tan complicado, nos anima a prestar una atención especial a las personas enfermas y a quienes cuidan de ellas.

Y como el amor, si brota del corazón de Jesús de Nazaret, no conoce de esperas, abandoné aquella habitación de hospital donde Esperanza deseaba descansar, y anduve por Madrid hasta donde el corazón me llevase… A los treinta y tres minutos, recibo la llamada de Manu. En su voz, percibo cómo del misterio de la Muerte y la Resurrección del Señor brota un amor que da un sentido pleno a la condición del paciente y del cuidador: «Tranquilo, Esperanza mañana estará a salvo».

«Custodiar y sostener el alma herida del enfermo tiene momentos duros»

Decía el cardenal Pironio, imagen de una Iglesia acogedora y cercana al sufrimiento de los hombres, que la Pastoral de la Salud «es un bien para toda la Iglesia, sanos y enfermos». Un carisma donde pasión y humanidad se abrazan a la entrega gratuita, sanadora, sin barreras.

«Yo vivo cerca de un hospital. A veces, me llaman de noche para dar una Unción de Enfermos y, en vez de pensar en la molestia que me causa, vuelvo a casa con el corazón inmensamente agradecido. Esa persona, dentro de dos días, estará diciéndole cosas a Dios, así que yo aprovecho y le digo: “Acuérdate de decirle a Dios algo bueno de mí, que falta me hace”. Ciertamente, los enfermos evangelizan, y te permiten contemplar, en su mirada, el rostro de Dios». Me lo cuenta José Luis Méndez, delegado episcopal de Pastoral de la Salud de Madrid y director del departamento de la Pastoral de la Salud de la Conferencia Episcopal Española. Este sacerdote de mirada generosa y corazón compasivo me atiende desde el rincón más sagrado de su casa: junto a su madre. Acaba de acostarla. Y mientras ella descansa, él se deja abarcar por la armonía de su sueño. «Se llama María, tiene 91 años, ha pasado la covid-19 y está mejor que ninguno», me confiesa mientras la arropa, con un hilo de voz que alivia y consuela. «Con esos ojos y esa sonrisa, solo podía llevar el nombre de la madre de Jesús», pienso por dentro, consciente del regalo que su hijo me acaba de conceder.

Hablamos de salud, de humanización, de sentido vital, de crecimiento humano y de amor. «Custodiar, curar y sostener el alma herida del enfermo tiene momentos duros, sobre todo en este tiempo de pandemia», reconoce. «La verdadera compasión es compartir el dolor, porque entonces ya no es un dolor en soledad, sino habitado. Cuando amas a alguien, inevitablemente empieza la experiencia del dolor por el sufrimiento del otro».

«Hay mucho heroísmo escondido ya en el Cielo»

Santa Teresa de Jesús decía que la oración y la espiritualidad es «tratar de amistad con Quien sabemos que nos ama». Y esta amistad se refleja, sin duda alguna, en esta mística admirable del cuidado. José Luis, que también es médico, entiende a la perfección ese idioma. Y se deja doler, con la mirada y con el sentir, por la soledad de quienes se fueron solos y por la alegría de quienes ofrecieron su vida hasta el última latido… «Es terrible la muerte en soledad, pero también hay detalles bonitos como son esas personas que han ofrecido su vida por la Iglesia, tantos capellanes y tantas personas de fe», descubre, con esa delicadeza callada que sostienen sus ojos. «La Iglesia entera ha estado presente con la oración, con la compañía desde la lejanía, con la comunión de los santos. Hay mucho heroísmo escondido ya en el Cielo. Allí nos daremos cuenta del diluvio de gracias que nos ha venido a través de tanto dolor, sufrimiento y soledad. Aunque pensar que muchos han muerto sin nadie a su lado, me parte el corazón». Y ahí sufre el pastor por el dolor de sus ovejas, y también descansa, porque se sabe cuidado por las manos buenas del Dios al que tanto ama.

Mientras me habla de un ministerio eclesial que se hace presencia viva, le cuento que me parece admirable acompañar el sufrimiento hasta ser una mezcla entre el buen samaritano y el cireneo. «Algunos enfermos te dan una lección de esperanza que vale infinitamente más que muchos sermones y artículos», confiesa, para compartir conmigo una escena que, sin prosa alguna, impregna de emoción sus ojos… «El otro día, un señor me dijo: “Yo me sé en las manos de Cristo, y Él me ha prometido que nadie me arrebatará de su mano”. Qué regalo vivir el final de la vida así. Me dejó conmovido y llevo varios días dándole vueltas. Cómo me gustaría a mí, Señor, que no se me olvidase vivir así cada día», revela, juntando sus manos y mirando, de reojo, al cielo que nos cobija. «Desde luego, los enfermos, como los pobres, nos evangelizan».

«En el lecho del dolor solo cabe amar»

Mirar el rostro de Cristo en la Eucaristía mantiene viva la pasión del sacerdote madrileño. «Y así sigue siendo desde mi primer sí. Poniendo al enfermo y al sufriente, en todo momento, en el centro de toda mi vida», asevera sin tapujos. Y también contemplar la mirada de su madre, que resucita, a cada instante, una nueva manera de amar. Porque en ella habita Dios, en Quien resplandecen todas las cosas. «Ese descubrir la esperanza verdadera que, como dice san Pablo, no defrauda, es lo que más me ayuda; porque me remite permanentemente a esto. Si no, caes en la tristeza, en la desesperación y en el desánimo más absoluto».

Entonces, «la línea entre el dolor, la fe y el corazón es muy fina», le interpelo. Y pienso que Dios no es algo abstracto, sino lo que está pasando mientras compartimos nuestra vida. «Sin duda alguna, para ver a Cristo hay que ir a Galilea, a donde Él me ha dicho, y no donde a mí me gustaría ir», responde. «La Pastoral de la Salud enseña esto por las buenas o por las malas, quieras o no. Porque, en el lecho del dolor, con la muerte cerca, ahí no puedes contar películas. Ahí se te acaban las palabras bonitas y solo cabe amar». Y, entonces, «¿dónde está el secreto?», vuelvo a preguntarle. «Yo soy un enamorado de esto –me revela–. A mí me ha ayudado mucho a lo largo de mi vida la rectificación de la mirada. Apenas me doy cuenta de que me empieza a rondar la tristeza o el desánimo, y enseguida sé que me pasa porque estoy mirándome yo. Y aquí hay que mirar hacia el otro, y hacia el Otro con mayúsculas». Y… «¿entonces?», insisto. «Entonces la tristeza se transforma en esperanza, en alegría. Aunque te siga doliendo la cadera o aunque no se resuelva tu problema, la rectificación constante de la mirada es un ejercicio ascético buenísimo».

Ya es hora de levantar a María de la siesta. Y a mí me esperan en la otra punta de Madrid. «José Luis, gracias, de corazón, por la confianza», me sale decirle. Y él, que lleva inscrita en sus manos la delicadeza de su madre, me abre su corazón por última vez. «La identificación con Cristo es la cruz gloriosa, pero es cruz. Sí, hasta dar la vida. Sin embargo, todo esto merece sobradamente la pena. El plan que Dios ha hecho conmigo me parece fantástico. Yo no pensaba ser cura, ni misionero, ni ocuparme de la Pastoral de la Salud. Y mira. Pero, a pesar de los pesares, a mí no se me ocurre una vida mejor que la que me ha tocado. Soy inmensamente feliz».

«Mi hijo estuvo dos años en coma, pero mi fe no me permitía rendirme»

Camino lento. Pienso en cada una de las personas que pone su corazón en el de los enfermos. Y, en ellas, recuerdo aquellas palabras de san Juan de la Cruz: «Mira que la dolencia de amor, que no se cura sino con la presencia y con la figura». Un Cántico que reposa en el pecho del Amado. En Él, en soledad de amor herido, vivía este religioso y poeta místico del renacimiento español, acompañando a quienes habían perdido su nido. Y es que el Señor puso como testimonio de que el Reino estaba cerca que los cojos andaban, los ciegos veían, los leprosos sanaban… Por tanto, en la medida en que nosotros seamos capaces de hacer esto, estaremos anunciando la esperanza del Reino de Cristo.

Lo rezo mientras espero ansioso el encuentro con Iskui. Hemos quedado antes de que anochezca, para poder mirarnos, al menos, el corazón. Ella es de origen armenio, tiene 56 años y ha experimentado muy de cerca —quizá demasiado— la cara más atroz de la enfermedad. Llega puntual. Y, tras el saludo primero, deja caer sobre un humilde banco del Parque del Oeste todo el peso de su historia…

«En 2016 nos cambió la vida», me confiesa, mientras mueve la cabeza de un lado para otro, intentando encontrar esa explicación que aún le falta. «A mi hijo Ruslan, cuando tenía 31 años, le atracaron tres o cuatro personas, le pegaron una paliza muy fuerte y tuvo una mala caída que le destrozó el cráneo. Quedó muy, muy, muy grave. Le operaron y entró en coma. Y así estuvo durante dos años. Tan solo abría los ojos y quedó en estado vegetal. En el Hospital La Paz estuvimos cinco meses, le hicieron cinco operaciones muy graves por el daño cerebral tan grande que tenía. Hasta que los médicos me dijeron que no podían hacer más. Pero yo no dejé de luchar por mi hijo, por mí y por Dios, porque mi fe no me permitía rendirme».

 

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