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Reportaje: «Amistad a lo largo del camino»

El relato de nuestro camino de Santiago es por muchos motivos una historia de amistad, con esa bonita expresión de Pemán, una amistad a lo largo, una amistad que se ensancha como se da de sí el corazón según se acortan los kilómetros hasta la tumba del Apóstol.

El inicio de esta historia está en pleno pico de la pandemia, durante una videollamada, el padre Álvaro nos propuso hacer un camino de Santiago a un grupo de amigos, parecía casi utópico organizar una peregrinación en plena pandemia, pero había que intentarlo. La idea inicial fue tomando forma y el listado de peregrinos fue también configurándose poco a poco.

Unos meses después, el 27 de julio, emprendíamos nuestro viaje a Sarria para empezar el camino: dos sacerdotes, un diácono, dos seminaristas y tres jóvenes laicos. Una pequeña comunidad de siete diocesanos abulenses, encabezados por el delegado de Pastoral Juvenil, y un zamorano, con un curioso equilibrio: la mitad había hecho varias veces el camino de Santiago y la otra mitad no. No obstante, al llegar a Santiago tuvimos la misma experiencia de vida y alegría.

A lo largo de los casi 120 kilómetros de camino francés han sido muchas las experiencias, y emociones que hemos experimentado: comunión, providencia, silencio, dolor, alegría, trascendencia, encuentro, comensalidad, gratuidad, testimonio, acogida, oración. Un sinfín de matices que se descubren gracias a la riqueza del camino compartido: El andar hombro con hombro sabiendo que en medio de nosotros caminaba el Amigo.  Porque cuando uno se atreve a andar el camino, con sus durezas y fatigas, uno percibe que está en el lugar adecuado para dejarse sorprender por un Dios que sale al encuentro, que se transforma en brazo amigo en el momento en el que hace falta un bastón para sostenerse, o aparece como distracción cuando el dolor de los pies nos va consumiendo y hace que el tiempo pase rápido.

Ahora, casi una semana después de haber llegado a Santiago, sigue costando ordenar todo lo que el camino nos ha regalado a cada uno de nosotros, pues hemos experimentado que de verdad el Señor es camino, verdad y vida (Jn 14,6). Este versículo ha marcado el itinerario espiritual de nuestro camino, no solo en las catequesis, meditaciones u homilías, sino también en el poso que ha dejado en cada uno de nosotros.

Camino verdadero

El camino de Santiago no es un camino idílico, más bien es un camino tocado por el sufrimiento como lo es cualquier camino en la vida. Y es que el sufrimiento nos pone delante la experiencia de la fragilidad. Las articulaciones que se resienten, las ampollas que impiden caminar, el peso de la carga, la sed bajo el calor, todo ello nos hace sentirnos necesitados, nos vuelve a descubrir que solos no podemos.

Y es ahí, como dice Jesús (Pichi para los amigos), cuando “El Camino, al igual que la vida, te muestra que en los momentos en los que tus fuerzas fallan, nuestro Padre siempre está presente para darnos impulso, ya sea en la oración o en la ayuda de mis hermanos durante el camino. Sufrir el dolor en tu propia carne hace darte cuenta de que en mi debilidad se hace fuerte, sin importar lo duro que sea el camino, porque Él será brújula y apoyo cuando precise”.

Esa sensación de caminar acompañados, de ir guiados de la mano de Dios, de sentir su providencia generosa ha estado muy presente en cada etapa. “El día que se te olvida planificar la comida, como un regalo, te aparece el mejor lugar del camino para comer; el día que estás un poco triste, alguien te habla de la alegría. A esta experiencia algunos la llaman casualidad; pero yo la llamo providencia. La providencia es la ternura de un Dios, que, sin obligarte a seguir un camino, te va ofreciendo flechas amarillas para llevarte a una meta”. Esta experiencia de Álvaro Campón (@alvarocss89) ha sido común para todos, una canción que te empuja a subir la cuesta que se te hace eterna, unas manos generosas que alivian el peso de la mochila, una nube que oculta el sol al hacer un tramo de carretera, como varias veces repetía Álvaro: “Dios nos quiere mucho”.

Por eso, la dificultad del camino se torna en oportunidad cuando se ve la presencia providente de Dios, su guía, su consuelo, pero también su compañía personal, su palabra elocuente y su rostro en el hermano que camina a tu lado.  Para Saúl, joven de Sotillo de la Adrada que realizaba el camino por primera vez, la peregrinación ha sido todo un regalo, especialmente la experiencia Emaús porque “al conversar de dos en dos, compartiendo nuestra vocación, inquietudes, sentimientos y lo que nos estaba pareciendo el camino, él caminaba a nuestro lado. Te hace descubrir que él está con nosotros en cada momento y camina siempre a nuestro lado.”

Verdad vivida

La presencia permanente de Dios, ese encuentro con su mano generosa toma también rostros concretos, especialmente en este año tan singular marcado por la distancia social. Las caras conocidas etapa tras etapa, el ofrecimiento de ayuda generosa, los deseos de buen camino, ahí también sale al encuentro el Señor, una Verdad encarnada, que no son ideas o sensaciones sino testimonios reales de un Dios que ha dejado su huella en nuestra humanidad.

Esa verdad se hace especialmente viva cuando uno experimenta la hospitalidad, esa hospitalidad sincera que te permite sentir la comunión prometida en la humanidad que el Hijo de Dios quiso asumir. Una hospitalidad en la que el peregrino en mayor o menor grado descubre que es hijo de Dios. Porque la hospitalidad del Camino puede parecer un servicio turístico, pero quien sabe encontrar en ella la huella divina descubrirá un pozo de agua verdadera.

Así lo ha vivido Rafa (@RafaelSAndreu), seminarista de Ávila, pues “tanto da que el hospedero se llame Abrahán o tenga otro nombre, que su albergue esté junto a una encina o al pie de un roble, que obsequie al peregrino con un becerro, cuajada y leche o con una empanada y vino, que traiga una jofaina para lavar los pies cansados o que ponga a su disposición una piscina; el principio es el mismo: descubrir que uno es tratado con la dignidad que tiene por ser hombre que, en último término, descansa en la esperanza de que es divina, que se es hijo de Dios. Quizá el mismo hospedero desconozca tal principio, aunque en la práctica lo lleva a cabo diligentemente. Pero puede que un hospedero así oiga al final de sus días una voz que le diga: Ven conmigo, pues fui forastero y me hospedaste.”

Vida caminando

Durante las etapas nos han salido al encuentro rostros e historias, cuatro peregrinos con los que compartimos la primera y la última Eucaristía, aquella peregrina que venía andando desde Pamplona, o el providencial encuentro con Loreto y Patxo, amigos del padre Nicolás (@padrenicoruiz), y su emotivo testimonio sobre la vida matrimonial

Y así guiados por las flechas, que a veces están pintadas en el suelo, otras veces en tu interior, y en la mayoría de los casos son flechas vivientes uno descubre en sus palabras, su acogida, o su vida alcanzamos la meta. Como bien dice Javi (@JaviCalvoTolosa), diácono de Ávila, “la llegada fue difícil, pero providencial. La emoción de llegar a la plaza del Obradoiro todos juntos a una para rezar el Credo fue un resumen de todo el camino: andar en comunidad y amistad. Dios estaba en medio. El regalo final fue la Misa del peregrino en el altar provisional, y la visita al sepulcro. Nuestra plegaria personal encomendando a todos lo que llevábamos en la mochila fue el broche de oro a un camino realizado con fe y confianza.”

Andar en comunidad y en amistad, caminar acompañados y con un sentido. Desde fuera el camino puede parecer una sucesión de pasos hacia una meta conocida, pero es mucho más que eso, es andar por algo y por alguien, es encontrar un sentido. Aprender a darle un sentido al camino y al sufrimiento es una de las experiencias que te ofrece el camino. Para Nicolás, delegado de Pastoral Juvenil, “ha sido la tercera peregrinación al Apóstol, pero la más fatigosa. Esta vez he aprendido con más profundidad a darle un sentido a todo ese dolor.  Por un lado, no estamos solos ante el sufrimiento, los amigos que recorren el camino contigo son aquellos “ángeles” enviados por Dios para asistirnos en las dificultades. Por otro lado, al sufrimiento puedes darle un sentido, uniéndote a Jesús crucificado y ofreciéndole tu pequeña cruz por otros, participas en la misión de dar esperanza a otros crucificados de este mundo.”

Al final el Camino te invita a abrir los ojos, a salir de tu autorreferencialidad, a descubrir tantos testimonios de vida en caminos mucho más duros que el tuyo. Creo que sin necesidad de ponernos de acuerdo todos destacaríamos el testimonio de un matrimonio de unos 80 años, que parsimoniosamente hacían el camino cada día en jornadas interminables. Los dos solos, probablemente cumpliendo una promesa, y siendo un testimonio vivo del sentido de la peregrinación, de la verdadera confianza en Dios, del saberse sostenidos por quien más nos ama. A Yeray, joven de Ávila, este encuentro le tocó especialmente: “Es muy emocionante encontrar a tantos peregrinos haciendo el camino. Cada uno con un motivo diferente, pero la gran mayoría por su fe y ofreciendo el esfuerzo y sacrificio. Esta experiencia ha reforzado enormemente mi fe, comprobando que es compartida por tantas personas, los más especiales un matrimonio mayor de 80 años; te cuentan que han hecho etapas de 6 de la mañana y llegado a las 10 de la noche.”

Siempre más adelante

¿Y cómo concluir este testimonio? Ese quizás sea el mayor aprendizaje, que esto no ha terminado, que Santiago no era la meta final, sino una nueva fuente en la que beber para seguir andando el camino. Al llegar al Obradoiro busqué una frase que pudiese resumir esta experiencia de gracia que habíamos vivido, y aunque no es fácil, una semana después volvería a decir que nuestro Camino de Santiago ha sido experimentar el regalo que es seguir al Amigo rodeado de amigos. Ese testimonio de amistad auténtica con Cristo en el centro, al menos en mi experiencia, es sin duda la clave de un buen camino vocacional. Por eso caminando a Santiago hemos renovado una vez más la llamada que el Señor nos hace a estar con él y a llevarlo a nuestro mundo, a pedirle como san John Henry Newman “lead thou me on.”

¡Ultreia et Suseia!

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