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REPORTAJE ECCLESIA: La Trata, una herida en el Cuerpo de Cristo

El crimen de la Trata ha dañado seriamente al ser humano, desgarrando el alma de la Tierra y de la humanidad. A día de hoy, muchas heridas permanecen abiertas y pidiendo socorro. En medio de ese naufragio emocional, la Iglesia responde a ese grito de auxilio que clama al Dios de la vida. Hasta acabar con todo tipo de Trata. Hasta romper esta esclavitud sin cadenas y sin corazón.

Nuestro colaborador, Carlos González García, se adentra en las organizaciones e instituciones de la Iglesia que se ocupan de estar cerca de las mujeres que han sufrido este calvario.

 

«Cuando tenía 18 años, un familiar me ofreció la oportunidad de venir a Europa para ayudar a mi familia y tener un futuro mejor. Recorrí muchos países, atravesé el desierto (pasando hambre y sed, y viendo morir a muchas personas) y, cuando pensé que lo peor había pasado, llegué a Libia, que es el infierno. Tras un año, conseguí los medios para coger una patera rumbo a Italia. Pasé muchísimo miedo, porque no sé nadar. En Italia me obligaron a ejercer la prostitución para pagar mi deuda de 45.000 euros. A los dos años, huí a España gracias a un chico que me ayudó. Aquí me encontré en situación de calle, sin papeles, con miedo a que me encontrasen de nuevo, embarazada de siete meses y con un niño de año y medio. Era una mujer sin vida. Y, de repente, Dios me mandó unos ángeles: las hermanas de Villa Teresita». La mirada de Joy no necesita evidencias ni adjetivos para sentir, en la piel que le habita, cada una de las lágrimas que ha derramado. Tras toda una vida de abusos, discriminación y violencia, volvió a creer cuando solo le quedaba el corazón…

Es media tarde en Madrid y, aunque la lluvia no deja de caer, el olor a tierra mojada sosiega este viernes de abril. Joy respira con calma. Porque, a pesar del llanto que bañó por entero su cuerpo, ya guarda paz en sus pupilas. La piel de esta joven nigeriana de 28 años conoce —muy de cerca— el desprecio de demasiados corazones oscuros, traidores, de piedra. También el miedo, el frío, la soledad y el abandono. Y, sin embargo, no sabe lo que es el odio, porque nunca dejó de mirar el horizonte que, cada amanecer de hielo, Dios dibujaba para ella tras la ventana del último hostal de carretera que la hospedó. Hoy me lo cuenta con quietud, mientras confiesa que, cada noche, tras la sangre y la indignidad derramadas, le pedía a Jesús que no le abandonase y que le ayudase a cargar la misma cruz que Él había soportado antes.

En los barrios de prostitución, parques, calles, cárceles y hospitales

«Ahora estoy con mis dos preciosas hijas, que son lo más importante en mi vida, y tengo una familia que me acogió desde el suelo y que no podré olvidar nunca. Le doy gracias a Dios por el día que me encontré con estas hermanas; por su cariño, por su amor y por su bondad», relata la joven, mientras acaricia con cuidado la mano delicada de Inma Soler, consagrada que vive en la Comunidad Villa Teresita desde hace 29 años. Lo hace junto a mujeres que han sufrido situaciones de pobreza y exclusión: prostitución, malos tratos, cárcel, droga, etc. «Compartiendo, en comunidad, casa, pan, luchas y vida con ellas; saliendo a los barrios de prostitución, parques, calles, cárcel y hospitales para entretejer relaciones de amistad y liberación». Ese «ha sido mi lugar», revela la consagrada con una sonrisa agradecida, «el que me ha ido configurando como creyente y como mujer».

La misión de esta fraternidad de vida consagrada es ser presencia viva del amor de Cristo entre los más pobres, experimentando la alegría de ser Suyas y de hacer vida el Evangelio en comunidad. Y, por eso, como confiesa Inma, no cejan en la lucha contra esa guerra silenciosa que secuestra cada latido del Evangelio: «El dolor de la humanidad es el dolor de Cristo. ¡Son inseparables! Lo que le pasa a uno de nuestros hermanos más pequeños, afecta directamente a nuestra fe, a nuestra relación con el Señor».

«Me he gastado hasta el riesgo de romperme»

Con la Eucaristía en el centro de su jornada, se hacen familia de quienes no la tienen: los incontables, los descartados, los que viven al margen. «La Trata no es solo un crimen contra la humanidad y una flagrante vulneración de los derechos humanos; es una herida en el cuerpo de Cristo, ante quien tantas veces volvemos el rostro. Las heridas duelen y, aunque estamos en tiempo de Resurrección, dejemos que nos duelan. Y, unidas a Él, ¡abramos caminos de vida y esperanza!», revela Inma, a la vez que recorre, con su mirada llena de emoción, el cuerpo resucitado de Joy.

De la mano de santa Teresita de Lisieux, patrona de este hogar que, a diario, pone a prueba la oración del Padre Nuestro, me despido de Joy y de Inma. Pero la consagrada aún tiene algo importante que decirme: «Me han amado mucho y he amado mucho. Me he gastado a veces, hasta el riesgo de romperme». Sin embargo, revela, mirando a los ojos de su amiga, «cuando releo mi vida, tengo la sensación de haber vivido mucho, con intensidad, con pasión; y es que, quizá, no sé vivir de otra forma. Pero es tan precioso vivir así…».

La nueva forma de esclavitud en el siglo XXI

Una de las manifestaciones más dramáticas de la mercantilización del otro es la Trata de personas en sus múltiples facetas. Es la nueva forma de esclavitud del siglo XXI. Una realidad imposible de olvidar para la congregación de Religiosas Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad, fundada en 1856 por santa María Micaela. Un sueño de Dios y una caricia para el mundo, que intenta responder a una necesidad urgente: liberar a la mujer oprimida por la prostitución.

Conscientes de esta llaga tan honda, que permanece hundida en el pecho de la humanidad, las religiosas adoratrices de Proyecto Esperanza (en Madrid) y SICAR cat (en Cataluña) han dado vida a #TambienEsTrata: un proyecto que visibiliza aquellas formas de Trata de mujeres que permanecen ocultas en nuestro país. Entre ellas, la Trata de personas con fines de explotación en el empleo del hogar, para criminalización forzada y para matrimonios forzados.

«Cada vez acogemos a más a mujeres a las que el dolor atraviesa toda su vida»

Desde el hondón de este carisma, cuentan que los datos relativos a la identificación de estas víctimas de Trata continúan siendo anecdóticos; lo que pone de manifiesto la invisibilidad del fenómeno y la dificultad en el acceso a derechos, y a una asistencia integral, de una parte de las víctimas de este grave delito. Ana Almarza, religiosa adoratriz y directora del Proyecto Esperanza-Adoratrices, vive —en su propia carne— esta tarea tan difícil donde el Dios de los sufrientes está infinitamente presente: «Llevo 38 años siendo adoratriz, y una de las cosas que Dios me ha concedido es la gracia de vivir y experimentar que Él está en cada una de las personas».

La voz de Ana va uniendo los pedazos de aquellas mujeres que se dejaron la fe por el camino, en pos de una supuesta vida mejor. Aún llueve en el centro, pero la lluvia, como esta comunidad en clave de mujer, derrama vida nueva. La consagrada sabe de grietas, angustias y desiertos. Pero, sobre todo, de Amor: de ese pan que se parte y reparte y de ese vino que sabe a presencia, hasta hacerse Cuerpo y Sangre en la brisa templada de una mirada adoratriz… «Descubro a Dios encarnado en las mujeres que comparten la vida con nosotras, en el dolor que traen, en tantas cicatrices en el cuerpo y en el corazón», me confiesa. «Es un regalo caminar con ellas, compartir su proceso de liberación y de sanación en todos los ámbitos de su persona, apoyadas en el equipo interdisciplinar (psicólogas, educadoras, abogadas, trabajadoras sociales, mediadoras), así como la participación del voluntariado».

Una gratuidad, sin duda, que les impulsa a ser expresión de una espiritualidad eucarística, encarnada en la historia que van construyendo. «Con ellas —asevera— experimentamos también la Resurrección». Un pentagrama de amor eucarístico que entona su corazón contemplativo… «Cada vez acogemos a más mujeres a las que el dolor atraviesa toda su vida. Pero, en su mayoría, son muy creyentes y resilientes, con una gran capacidad de perdón y de superación». A medida que va relatándome lo que viven, me recuerda cómo la Trata de personas siempre es con fines de explotación, y en muchos casos de múltiples explotaciones: «Y las que son explotadas en el empleo del hogar para criminalidad forzada o para matrimonios forzados, sufren, además, la explotación sexual, violaciones, palizas, engaños…». Una huella dolorosa y fecunda, atravesada por una esperanza que primero muere para, después, nacer eternamente. Porque —como concluye la religiosa— «superan cada experiencia traumática desde el acompañamiento, la cercanía y el cariño». Ciertamente, y como decía su fundadora, «el mundo es un sagrario». Lo pienso para mí, muy en voz baja, tras despedirme de Ana…

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