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Repor ECCLESIA sobre migrantes y refugiados: Los otros no, nosotros

Se llama Eduardo Camavinga, y es el futbolista de moda. Tiene 18 años y juega en el Real Madrid. El equipo blanco lo ha fichado este verano procedente del Rennes por 31 millones de euros: un dineral para quienes viven ajenos al mundo del deporte rey, un precio medio para quienes saben de las millonadas que se pagan hoy día por los jugadores. Además de por su calidad y juventud, su importancia radica en que no ocupa plaza de extracomunitario (la UEFA solo permite tres jugadores de fuera de la UE en cada equipo, algo que hay que tener en cuenta a la hora de confeccionar las plantillas) y ello se debe a que Camavinga tiene la nacionalidad francesa. Bueno, a decir verdad, el mediocentro de moda tiene tres pasaportes: el francés, el angoleño y el congoleño. Este último porque sus padres son de allí, del antiguo Zaire; el angoleño porque él nació en un campo de refugiados ubicado en el enclave de Cabinda, al que la familia llegó huyendo de la guerra y la pobreza; y el francés porque hace unos años la familia entera —cinco hermanos en total— tuvo la fortuna de poder emigrar a Francia y comenzar una nueva vida.

Sí, hasta no hace mucho Camavinga era un inmigrante más, como tantos otros deportistas de éxito —bien se ha podido comprobar en los últimos Juegos Olímpicos—, igual que los que vemos por las calles de nuestras ciudades.

Este domingo 26 de septiembre la Iglesia católica celebra la 107 Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, y lo hace bajo el lema «Hacia un nosotros cada vez más grande». En su mensaje para la misma el Papa Francisco invita a los cristianos a construir un mundo en el que «no haya más «otros», sino solo un «nosotros», grande como toda la humanidad». Como con Camavinga, como con los demás deportistas de élite. Y lo hace, siendo plenamente consciente de que la construcción del mundo de fraternidad que invoca, y que bebe del mismísimo Evangelio, tiene firmes opositores, tanto fuera como dentro de la Iglesia. De ahí que acto seguido denuncie «los nacionalismos cerrados y agresivos» y el «individualismo radical» que obstaculizan la edificación de este sueño de fraternidad. El Santo Padre, inmigrante también él, insiste una vez más en la necesidad de construir puentes que favorezcan «la cultura del encuentro», para lo cual —recalca— hay que «superar nuestros miedos» y «dejarnos enriquecer» por los demás.

Gran parte de culpa de esos «miedos» de los que habla el Papa la tiene la imagen que de los inmigrantes transmiten los medios de comunicación. Empezando por la idea equivocada de que llegan por mar en patera o saltando las vallas de Ceuta y Melilla. «La mayor parte de los migrantes entran a los países por los aeropuertos, y sin embargo la gente no tiene esa percepción, sigue creyendo que están todos en las fronteras y seguimos levantando muros», constata Xabier Gómez OP, director del Departamento de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española.

Luego está, claro, la instrumentalización de la realidad migratoria con fines políticos, contraria a la enseñanza de la Doctrina Social de la Iglesia que proclama la dignidad de todo ser humano. «Una persona en situación de frontera o alguien que ha huido y está migrando —recuerda Gómez— está en una situación de vulnerabilidad. (…) Muchos países hacen de la inmigración y del migrante un chivo expiatorio para ocultar muchos problemas, para desviar la atención. Es instrumentalizar a los pobres, que son una diana fácil».

De un tiempo a esta parte son los propios gobiernos los que están vergonzosamente utilizando el drama de cientos de miles de hombres, mujeres y niños en una situación desesperada para obtener beneficios políticos. Y de una manera cada vez más preocupante. Lo pudimos ver hace unos años con el primer ministro turco Erdogan utilizando a los refugiados sirios como moneda de cambio en sus disputas con la UE; lo hemos visto este verano en Melilla, aplicando Marruecos esta misma política en su contencioso con España; y lo estamos viendo ahora en Bielorrusia, cuyo presidente, Lukashenko, amenaza a Bruselas con permitir el paso de los afganos que huyen de los talibán a Polonia o las Repúblicas Bálticas en respuesta a las sanciones adoptadas por la Unión por su persecución a los opositores políticos. «Los conflictos entre Estados tienen que tener otros ámbitos de solución y de gestión», pide el director del Departamento de Migraciones.

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