Editoriales Ecclesia

Religiones y culturas para sostener el hilo de esperanza de la paz – editorial Ecclesia

Religiones y culturas para sostener el hilo de esperanza de la paz – editorial Ecclesia

Este número de ecclesia (páginas 1, 3, 29 a 32 y 33 y 34)  tienen como protagonista la Jornada Mundial de Oración por la Paz celebrada en Asís el martes 20 de septiembre. Cerca de medio millar de altos representantes de las distintas religiones de la entera humanidad se dieron cita, de nuevo, en la patria del «Poverello». Tras las huellas de Juan Pablo II (1986, 1993 y 2002) y de Benedicto XVI (2011), el actual Sucesor de Pedro, el Papa Francisco, presidió una jornada cargada de belleza, sencillez, emotividad, unción, plegaria, fraternidad y esperanza.

Ha sido precisamente el trigésimo aniversario de la primera y profética de estas convocatorias la ocasión de esta edición. Si en 1986, el final de la guerra fría entre las dos grandes potencias y el incierto futuro que ya empezaba a intuirse en relación con el llamado Telón de Acero, centró la jornada, ahora nuestra humanidad también padece los efectos perniciosos y hasta letales de los «dos mundos» dentro de nuestro mundo —el Norte y el Sur, los ricos y los pobres, Occidente y Oriente— y la insoportable lacra del terrorismo yihadista, perpetrado blasfemamente en nombre de un dios.  Un terrorismo que mostró ya su siniestra faz a partir del 11 de septiembre de 2001 y que estuvo en el origen de la Jornada por la Paz de Asís de enero de 2002, la tercera y última de san Juan Pablo II.

«Sed de paz. Religiones y culturas en diálogo» ha sido el lema de Asís 2016. Y la pregunta sobre cómo pueden las religiones y las culturas saciar la sed de paz, en el mismo encuentro y su índole orante y en las palabras de Francisco y en la declaración o llamamiento final suscrito por todos los participantes, podemos encontrar la respuesta y el camino. Iremos por partes.

De este modo, Asís 2016 ha testimoniado algo que necesita apremiantemente nuestra sociedad: el encuentro, la fraternidad, la escucha, el diálogo, el conocimiento mutuo, el respeto recíproco, la aceptación gozosa, sin perder la propia identidad, de la diversidad. Asís 2016, además, ha sido un  cenáculo de oración incesante. Y lo ha sido no solo en la ciudad del cristiano más universal, sino en toda la Iglesia y entendemos que también en multitud de lugares y de corazones de creyentes de otras religiones y confesiones. «Nosotros —recordó Francisco— no tenemos armas. Pero creemos en la fuerza mansa y humilde de la oración».

         En tercer lugar, Asís 2016 ha denunciado no solo las guerras, los conflictos y los terrorismos, sino que ha clamado contra la indiferencia con que estas diabólicas realidades son asumidas por la sociedad, siempre que no les afecten en primera persona. La indiferencia —señaló Francisco— «es un virus que paraliza, una enfermedad que ataca al centro mismo de la religiosidad, provocando un nuevo y triste paganismo: el paganismo de la indiferencia».

Frente el terrorismo yihadista, Asís 2016 ha recordado y reiterado que «nunca se puede usar el nombre de Dios para justificar la violencia», que «solo la paz es santa» y no y nunca lo es la guerra. Que «la paz es el nombre de Dios» y que «quien invoca el nombre de Dios para justificar el terrorismo, la violencia y la guerra, no sigue el camino de Dios» pues «la guerra en nombre de la religión es una guerra contra la religión misma».

Por último, religiones y culturas  están llamadas a servir y transmitir, viviéndolo en primera persona, la paz integral. Una paz, que con palabras de Francisco, es «un hilo de esperanza, que une la tierra con el cielo». Una paz que quiere decir y que conlleva y demanda «perdón, que, fruto de la conversión y de la oración, nace de dentro y, en nombre de Dios, hace que se puedan sanar las heridas del pasado»; «acogida, disponibilidad para el diálogo, superación de la cerrazón, que no son estrategias de seguridad, sino puentes sobre el vacío»; «colaboración, intercambio vivo y concreto con el otro, que es un don y no un problema, un hermano con quien tratar de construir un mundo mejor»; y «educación: una llamada a aprender cada día el difícil arte de la comunión, a adquirir la cultura del encuentro, purificando la conciencia de toda tentación de violencia y de rigidez, contrarias al nombre de Dios y a la dignidad del hombre».

 

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