Zona Cero

Hacia un relevo misionero

Es hora de impulsar con fervor evangélico y decidida valentía la vertiente misionera de la Iglesia. La situación en el mundo es muy delicada y solo nos llegan noticias de nuestro país, de Europa y de Estados Unidos. Pero, ¿qué está pasando en África con la pandemia? ¿O en la India? ¿Perú, Ecuador, Haití? Allí donde parece que no hay Covid-19, llevan años con la pandemia de la pobreza, de la violencia, de la hambruna a lo que ahora se suma el coronavirus. Pese al silencio informativo acerca de sus dramáticas situaciones, la Iglesia mantiene sus más de 1.200 misiones en los países más empobrecidos atendiendo a millones de personas olvidadas y que rara vez aparece en las noticias.

Es encomiable la labor que durante décadas vienen haciendo los misioneros, con el Evangelio en una mano y el pico en la otra. Cuidando el alma y trabajando la tierra para edificar un futuro integro en la persona, una a una, y en comunidad. La Iglesia es misionera desde sus inicios, no hay duda de esto. Dar a conocer la gran noticia de la Resurrección del Señor, de su victoria frente a la muerte, anunciar la Buena Noticia es siempre necesario, más que nunca en estos tiempos que nos tocan vivir. E inmensamente ineludible en las zonas donde la pandemia actual suma guerras, escasez de agua y alimentos, ausencia de medicamentos o condiciones de salubridad, persecución por la fe o por ideología. Es aquí, en estas zonas necesitadas, donde más hace la Iglesia, donde su trabajo callado y persistente son el rostro de Jesús compasivo ante las consecuencias de la libertad del ser humano y donde los misioneros son auténticos héroes, aunque ellos lo nieguen; nunca abandonan y menos ahora pese a la amenaza.

Las misiones son pues más necesarias que nunca en esta época moderna, pero es imperioso el relevo generacional con el ejemplo de quienes han precedido esta labor. Hoy, en la Diócesis de Vitoria, la edad media de los misioneros se acerca a los 80 años. Y allí siguen, sin queja ni lamento, con un bagaje encomiable. Pero necesitan que vayan formándose nuevas generaciones de misioneros, junto a ellos, de su mano y con sus experiencias. Los que desde esta burbuja que es Occidente –España por supuesto–miramos con desconocimiento a su labor para de vez en cuando enviar algo de dinero no es suficiente. No, no es solo dinero. Es nuestra presencia la que garantizará el éxito de las misiones. Laicos, religiosas, sacerdotes, jóvenes, más mayores, por un tiempo, por un año, por varios años. La vida es larga y podemos dedicar algo de ella a los demás en sus países de origen. Cierto es que también en esas zonas de misión hay locales que toman el testigo, pero no es suficiente. Debemos fortalecer la misión, buscar nuevas personas concienciabas, bien formadas, testigos de Cristo, que aprendan y realicen allí lo aprendido para que, como sus antecesores, a su vuelta digan aquello de “es más lo que me han dado aquí que lo que yo he podido dar”. Esto será muestra de que la fe ha madurado pues dando es como recibimos.

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