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Reivindicar la Transición: justo ejercicio de memoria y necesaria apuesta de presente y de futuro – editorial Ecclesia

Reivindicar la Transición: justo ejercicio de memoria y necesaria apuesta de presente y de futuro – editorial Ecclesia

El próximo 6 de diciembre se cumplirán 40 años de la aprobación en referéndum de la vigente Constitución española. En su marco y bajo su amparo, España ha gozado y goza de las quizás mejores décadas de libertad, prosperidad y justicia social –ésta siempre muy perfeccionable- de toda su historia.   Al 6 de diciembre de 1978, se llegó tras tres apasionantes, admirables y admirados años. Entre sus hitos y fechas de obligada y gozosa memoria, es preciso citar el 22 de noviembre de 1975, con la toma de posesión del rey Juan Carlos I; el 3 de julio de 1976, con el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno; y el 15 de junio de 1977, con las primeras elecciones generales democráticas en España tras más de cuatro décadas.

Todo esto fue posible gracias a la voluntad inmensamente mayoritaria del pueblo español de caminar -“de la ley a la ley”, frase de Torcuato Fernández-Miranda, presidente de las Cortes y otro de los protagonistas de aquellos años- hacia democracia plena. Y fue posible mediante la Transición y la Constitución de 1978,-la ley de leyes más longeva de la historia de España y también la más fecunda ya que en apenas unos años, España pasó de ser una nación atrasada, marginal y hasta pobre a convertirse en uno de los diez primeros países del mundo.

Este contexto conmemorativo y también como respuesta a crecientes signos de fragmentación y descohesión social en España, ha auspiciado la iniciativa de la Fundación Pablo VI y de la CEE de promover, los días 3 y 4 de octubre, el congreso titulado “La Iglesia en la Sociedad Democrática”.

En este congreso, se ha hecho memoria de que cómo, en fidelidad al Concilio Vaticano II y al Papa Pablo VI, la Iglesia en España, desde la independencia política, el apartidismo, la mano tendida hacia el bien común y lo más específico de su misión, optó entonces, convirtiéndose, además, en un factor clave para su éxito, por colaborar activamente con la Transición. Y, a su vez, el congreso ha reiterado la voluntad de nuestra Iglesia de seguir contribuyendo al bien de España, desde las mismas premisas de hace cuatro décadas y con el renovado compromiso de servir a la libertad, a la verdad, a la solidaridad y al desarrollo legítimo de la tarea evangelizadora que le es propia.

Y es que reivindicar la Transición no es solo un ejercicio de memoria y justicia histórica, sino también una espléndida y precisa invocación y referencia para la hora presente de España.  La generosidad y madurez del pueblo español, bien nutrido de espléndidos valores humanos y cristianos (¿por qué no recordar también esta evidencia?) y la categoría personal y altura de miras de los gobernantes, de la clase política y de los demás agentes sociales fueron las claves de la Transición. ¿Algunos de estos valores tiene fecha de caducidad? ¿Y la concordia, la perdón, la reconciliación, el diálogo, el consenso, la integración no siguen siendo consignas y máximas irrenunciables de cara a la construcción de una sociedad mejor y más de todos?

Cuarenta años después, ¿habrá alguien que piense que no tiene a día de hoy España necesidad también de aunar esfuerzos y voluntades en pro de una serie de objetivos comunes, asimismo irrenunciables, como, por ejemplo, la lucha conjunta contra la corrupción? ¿No ha de ser también objetivo común para todos los españoles la escucha, el diálogo, la ley y la concordia en pos del robustecimiento de su identidad nacional y territorial desde la unidad en la diversidad, una unidad siempre integradora y abierta a la riqueza y a las evidencias de las distintas singularidades varias que están en la mente de todos? ¿Es posible creer que no ha de ser un objetivo común para todos seguir trabajando para superar definitivamente la crisis económica y ayudar más y mejor, desde la justicia social y la solidaridad, a los damnificados por la crisis y a todos los necesitados?

¿Quién puede pensar que hacer memoria de la Transición es ya solo ejercicio de puro “arqueologismo” y hasta de mera nostalgia, teñida incluso de melancolía? ¿Y quién puede pensar que la Iglesia no sigue llamada, desde su identidad y misión, a desempeñar un importante papel en medio de nuestra sociedad actual en pro del bien común y del desarrollo humano integral?

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