Rincón Litúrgico

Reflexión para el XXVI Domingo del tiempo ordinario, por Ángel Moreno de Buenafuente

EVANGELIO

“Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”. Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. Pero él le dijo: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”. Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto” (Lc 16, 27-31).

COMENTARIO

Más allá del mensaje social que contiene el t exto en lo que respecta al tratamiento del rico al pobre Lázaro, se ofrece una enseñanza importante sobre posibles herramientas de evangelización.

A veces, para dar crédito a la realidad sobrenatural, nos damos a los fenómenos extraordinarios y, por ejemplo, se emprenden peregrinaciones a lugares en los que actualmente se registran hechos sorprendentes.

Entre los fenómenos a los que se acude y de los que se desea tener experiencia, están los esotéricos; esto puede ocasionar graves daños en la mente. El Evangelio se funda en las enseñanzas de Jesús, y la fe en Él no depende de haber tenido o no contacto con magos o adivinos, ni siquiera con signos religiosos, por sorprendentes que sean.

La fe es un don que se recibe por gracia y se trabaja con la oración; por él surge un modo concreto de vivir al contemplar el ejemplo de Jesucristo, quien se entregó totalmente por nosotros.

Lo sobrenatural existe y que Dios interviene en la historia se ha demostrado a través de muchos signos. Sin embargo, el creyente maduro no funda su adhesión al Señor en que haya sido testigo de un fenómeno extraordinario, sino en que da crédito a las Escrituras y a la fe de la Iglesia.

Por la fe se trata con dignidad al prójimo, y se vive en la certeza de que es posible la relación con Dios. Jesús afirmó: “Dichosos los que sin ver, creen”.

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