Rincón Litúrgico

Reflexión para el Domingo III de Pascua, por fray José Borja

Reflexión para el Domingo III de Pascua, por fray José Borja

¡Feliz Pascua de Resurrección!

El domingo pasado, veíamos como Jesús Resucitado se aparecía a todos sus discípulos que estaban reunidos con las puertas por miedo a los judíos… Y faltaba uno, Tomás.
Nos exhortaba el Evangelio y las lecturas a que no hay que ver para creer. La fe es mucho más que meter un dedo en la herida, o una mano en el costado. La fe no se puede percibir como estamos acostumbrados a que todo tiene que tener prueba y si no la vemos, no lo creemos… Jesús llama dichoso a todos los que crean sin haber visto. También celebramos el Domingo de la Misericordia. Ojalá que seamos espejos de Dios en medio de este mundo tan frio.

En este III Domingo del Tiempo de Pascua, nos lleva al camino de Emaús y nos sitúa ante otro nuevo encuentro con Cristo Resucitado. Todos de alguna forma u otra, somos “discípulos de Emaús”. Cristo Resucitado nos acompaña y nos invita a acogerle… Pero son tantas nuestras “preocupaciones”, desganas y quehaceres de diarios, que pasa a nuestro lado, está junto a nosotros y no sabemos reconocerle; Aceptar a Cristo Resucitados es saber vivir la vida en plenitud y aceptar a los más necesitados, nuestro prójimo.

También, en este último domingo del mes de abril, miremos hacia Andújar, donde tiene lugar la Romería de la Virgen de la Cabeza. Que la Virgen Morenita sea nuestro modelo para saber reconocer a su Hijo, nuestro Señor Resucitado en todas nuestros entornos.

En La Primera Lectura de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra el primer discurso de Pedro a los habitantes de Jerusalén. Anuncia la salvación que trae Jesús, lo acontecido en su Pasión, en su muerte y en su Resurrección. El Espíritu Santo es quien lo ha impulsado a ser anunciador de este mensaje. Un mensaje, de un Dios que nos da a su propio Hijo para que nos salvemos por medio el. Un hijo que no se queda en el sufrimiento y el dolor, sino que el culmen de toda la salvación y la última palabra la tiene la Resurrección.

En la Segunda Lectura de la Carta del Apóstol Pedro, nos exhorta a que tomemos en serio nuestra propia vida. Ya no se puede estar dividido entre las cosas “mundanas” que dan la felicidad pasajera, ni entre las cosas que son valiosas que dan la felicidad para toda la vida. Hay que decantarse, no se puede vivir a medias tintas. La salvación, por medio de nuestro Señor Jesucristo nos ha sido dada gratuitamente, pero, respetando nuestra libertad de poder escoger o las cosas “mundanas” y lo “valioso”. Por eso, la lectura nos pide a que nuestra fe, no esté ligada a ritos, normas y celebraciones sin sentido. No podemos quedarnos vacíos, en el escaparate. Tenemos que trabajar para que nuestra fe en Cristo Resucitado esté cimentada sobre la esperanza y autenticidad de vida.

En el Evangelio de Lucas, como decíamos un poco más arriba, nos deja a nuestra consideración y reflexión, el bonito y significativo relato del camino de Emaús. Una de las ideas base de este texto es que “si no hay encuentro con el Resucitado, no puede darse la experiencia verdadera de fe”.
La comunidad Lucana tenía dudas y decepciones. Que Cristo muriera en la Cruz, rompe todos los esquemas de expectativas y esperanza. Por eso, algunos de ellos, frente a la “crisis” de fe, se van. Lucas, con el relato de Emaús, pretender enseñar a su comunidad y ayudar a los discípulos a que salgan y se encuentren con Cristo que es Resucitado. No hace falta ser un buen y prestigioso teólogo, o ser el más guapo… Basta con dejarlo que camine a nuestro lado y que lo reconozcamos en la Eucaristía.
Como dijo el Papa Francisco hace pocos días, “en cualquier que nos encontremos y situación que nos encontremos, debemos renovar nuestro encuentro con Cristo que ha Resucitado. Nadie queda excluido de este encuentro, ni de la alegría reportada por el Señor”. Solo falta interés y constancia.

Que la Virgen de la Cabeza, en el día de su fiesta, nos lleve de la mano para que podamos recorrer el camino que nos lleva hasta su Hijo Resucitado y sepamos reconocerlo en cada momento y lugar de nuestra vida.
Que así sea.

Fray José Borja.

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