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Reflexión. Domingo V de Cuaresma: Sal afuera, por fray José Borja

Reflexión. Domingo V de Cuaresma: Sal afuera. Por fray José Borja

El domingo pasado, veíamos a Jesús como curaba a un ciego de nacimiento. Él, aunque fuera en sábado, cura. No tiene miedo a que estuviera prohibido. Él rompe todos nuestros esquemas. Primero está la persona, después, la ley. Dejemos que él sea el que ilumine nuestro camino, nos abra los ojos ante tanta tiniebla, que muchas veces estamos inmersos.
También, al domingo, lo llamábamos el “Domingo de Laetare”. En el camino cuaresmal de recogimiento y penitencia, reflexionábamos sobre lo que nos va a acontecer: La Pascua de resurrección. Ya ni la muerte, ni el pecado tienen la última palabra. Estemos alegres.

En este V Domingo del Tiempo de Cuaresma, veremos a un Jesús humano, que llora la pérdida de un amigo y se nos narrará la resurrección corporal de Lázaro; no es la misma resurrección que la de Cristo. Ya que la de Cristo fue la primera y plena. Las lecturas anteriores, nos hablan también de la Resurrección. La muerte no tiene la última palabra. Cristo nos trae la vida que no pasa, nos trae la esperanza definitiva.
Este domingo, es la puerta que nos lleva hasta la semana santa. Si Dios quiere, el siguiente domingo, ya es Domingo de Ramos. Dejemos que esta esperanza que nos hablan las lecturas, sea un momento consciente para prepararnos a las próximas celebraciones.

La Primera Lectura del Profeta Ezequiel, anuncia en medio del exilio la resurrección de los muertos que Dios realiza a todo su pueblo. Aunque el texto es un poco más extenso, se nos narra como Yahvé lleva al profeta a un lugar de la ciudad donde están esparcidos los huesos y van recobrando vida. Un pueblo muerto que no tiene ya esperanza.
Dios es capaz de sacar a todo un pueblo de la tumba y darle una nueva tierra, su espíritu, donde la muerte ni el destierro tienen la última palabra, ni nadie lo puede arrebatar.

La Segunda Lectura de la Carta de Pablo a los Romanos, nos exhorta a que estemos atentos, porque el pecado nos puede invadir. Somos de Cristo, somos templos suyos, y Él habita en nosotros. Cristo nos ha salvado de la muerte por medio del Espíritu. En tiempo de Pablo, la carne (aunque es algo bastante complejo) tenía una semejanza con el cuerpo. O se estaba con el cuerpo, o estaba con el Espíritu… Esto nos recuerda un poco a tipo Platónico. Pero, volvamos de nuevo a la lectura. El cuerpo puede cumplir la ley, podemos ser más o menos rígidos, pero el espíritu de justicia choca con el cumplimiento de la ley sin sentido. Reconocer nuestra debilidad, nuestras limitaciones, es saber acoger a Dios con humildad, con sencillez y abiertos a su gracia. De ahí que pasemos de estar atentos a nuestro yo, a ser un tu.

En el Evangelio de Juan, nos muestra hoy uno de los textos más humanos donde Jesús, al enterarse de la muerte de su amigo Lázaro, llora. Lázaro, a pesar de estar cuatro días muerto, vuelve a la vida. Jesús se toma su tiempo, como vimos en el evangelio del ciego de nacimiento, del domingo pasado. Al llevar cuatro días muerto, un día más allá de toda esperanza judía, vemos como solo Dios puede recobrar la vida. Hace de lo imposible, lo posible.
Otro contexto que vemos, es que Jesús tenía una fuerte amistad con Marta y María, y ellas sin pedirles nada, avisan a Jesús que Lázaro está enfermo. Debió ser una importante enfermedad ya que las hermanas mandaron ese recado a Jesús.
Jesús, al llegar a la tumba, grita con voz potente que saliera fuera. Una demostración del poder de Jesús a liberar a Lázaro. ¿Somos capaces de contar cuantas vendas nos atan en nuestro día a día?
Sería bueno que durante toda la semana nos repitiésemos esas fuertes palabras que Jesús le dice en la tumba de Lázaro: “SAL AFUERA, SAL AFUERA”. Dejemos que nos invada la confianza en Jesús, que es posible desde el aquí y el ahora, un cambio radical de vida. Muramos al hombre viejo. No importa cuántos pecados hayamos cometido, cuántas cosas hayamos hecho mal… Dejemos que Jesús se acerque a nuestra vida y nos libere del pecado que lleva a la muerte, y de las vendas que tantas veces, por comodidad, miedo o vergüenza, nos tienen atados y metido en nuestra tumba del yo.

Pidamos a la Virgen María, fiel seguidora de su hijo Jesús, que interceda por cada uno de nosotros en estos últimos días de cuaresma, para que nos dejemos ayudar de los sacramentos, en concreto: la confesión y la Eucaristía, para que nuestra cambie de la muerte a la vida, de la tiniebla a la luz, para que podamos vivir un verdadero tiempo de semana santa, para que lleguemos limpios y vivo al culmen de la vida cristiana: la Pascua.

También le pedimos a la Virgen de la Cabeza, en este Año Vocacional Trinitario, que proteja con su manto maternal a todos los religiosos y a la familia trinitaria y suscite a su Hijo, que nos envíe vocaciones fieles y santas.
Que así sea.

Fray José Borja.



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