Rincón Litúrgico

Reflexión del Domingo XIV, por José Borja

Vivimos en una sociedad que todo tiene que estar respaldado por una verdad que se demuestra científicamente o con una explicación. Dios actúa en la historia humana y las cosas importantes no tienen cavidad en un resultado científico. El mensaje de Jesús de Nazaret no se demuestra porque se estudie y se obtenga un grado en teología o un doctorado para ser mejor que nadie. Nosotros, somos hijos de un Padre que no abandona a sus hijos, que nos tiene presente y nos ama. Somos libres de dejarnos empapar por el o ir por otro camino.

En la primera lectura del profeta Zacarías, vemos como el rey no llega con una gran corte, sino, que va montado en un asno. No quiere poder ni grandeza, sino se abaja, se iguala, porque desde ahí, puede llegar a todos. Su autoridad no reside en grandes palacios, ni riquezas, ni imponerse sobre otros, sino, que su justicia se impone con el poder de la paz y la igualdad. Es un rey que impone la verdad con el arma del AMOR y la entrega a todos sin condiciones.

En la segunda lectura de la carta de Pablo a los romanos, nos exhorta a que vivamos acordes con el Espíritu que se nos ha donado. Dios vive con nosotros, porque el Espíritu habita en nosotros. Pablo tiene enlazada la idea de carne con la condición de pecadora, y que esto nos dificulta, por llamarlo de alguna forma, para vivir conforme a la voluntad de Dios. A pesar de nuestro pecado, podemos recibir la gracia del Espíritu si nos dejamos contagiar por la Gracia de Dios.

En el Evangelio de Mateo, vemos como Jesús se dirige al Padre y nos muestra su cercanía. Ya no es como en el A.T. que entendían a un Dios lejano y castigador que hacía pagar los males. En Jesús, se purifica esa imagen, nos ofrece y enseña a su Padre que es MISERICORDIOSO, que acoge y se revela a todas las personas. No viene con un dedo castigador. Viene a estar en medio de nosotros, en especial, viene a los excluidos y marginados con mirada de amor y perdón. Dios se da a conocer a todos por igual, pero hay personas que son capaces de acogerlos más que otras. Cuanto más sencillos seamos, más sabremos acoger a Jesús.

Pidamos a nuestra Madre, la Virgen María que interceda por cada uno de nosotros para que sepamos descubrir a su Hijo en los acontecimientos sencillos de cada día.

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