Rincón Litúrgico

Reflexión de la Solemnidad de Todos los Santos (A)

Hoy domingo, celebramos la Solemnidad de Todos los Santos. Santos: aquellos cristianos que vivieron y viven tras las huellas de Jesucristo. Que su vocación está en vivir enraizados a ese AMOR que nos hace bienaventurados. Celebrar esta fiesta, no es recordar a superhombres y supermujeres perfectas. Son personas como nosotros, que antes de alcanzar la gloria del cielo para siempre, han vivido como nosotros. Algunas veces han podido llegar a ser modelos universalmente y la Iglesia los ha elevado a los altares, otras veces, han sido personas que han vivido en nuestra familia, en la parroquia, en la congregación… Santos como popularmente se les llama de “zapatillas”. Ojalá que celebremos esta gran fiesta recordando a tantas personas que por amor a Dios no le pusieron condiciones a Él en su vida. Que gastaron sus vidas al servicio de los demás para servir al prójimo; que sufrieron adversidad, pero perdonaron y como dijo el Papa Francisco: “Los santos no odiaron nunca”.

En la Primera Lectura del Apocalipsis,
vemos como estas letras son expresión de fe de unos cristianos perseguidos, que a pesar de todas las dificultades, creen firmemente que la historia pertenece a Dios y que el triunfo final es el mismo Cristo. Por eso, cuando leemos la cifra de 144.000, se refiere simbólicamente a la plenitud. Es decir, que todo el pueblo, se reúne entorno al Cordero. Que todos, sin excepción reconocen a Cristo. Al final, la victoria es de Dios. Cristo se entrega plenamente.  Cuando todo indica que la historia está condenada a acabar mal, que no tiene rumbo, este texto es revolucionario. El testimonio de los creyentes en medio del mundo está avalado por los primeros testigos y confirmado por el mismo Dios. Abramos sin miedo nuestra vida de par en par a Cristo.

En la Segunda Lectura de la Carta del apóstol San Juan,
nos llama a que fijemos nuestra mirada en el amor que Dios nos tiene. Dios Padre, al crearnos, nos llama Hijos, y nos eligió para que vivamos en el amor. La prueba de que somos hijos es que el Dios Padre, por medio de Jesucristo, nos ha enviado su propio Espíritu. Gracias al Espíritu, podemos llamar a Dios “ABBÁ” decir, “Papá-Papaito”. Para San Juan, las personas somos consecuencia del AMOR desbordante de Dios, ya que somos en verdad Hijos de Él. Estamos llamados a participar de la plenitud divina. No olvidemos, que el ser humano no está llamado a sufrir, ni al fracaso, sino a la plenitud por ser hijos de Dios, (repito) ya que él nos AMA permanentemente a pesar de nuestros fallos, caídas y tropiezos.

El Evangelio de Mateo,
presenta la carta de presentación, las recetas del Reino de Dios. Estas bienaventuranzas son actitudes fundamentales para ser buenos seguidores de Cristo: misericordioso, pacífico, obediente a Dios… Jesús, invita a ir a más allá del mero cumplimiento externo de la ley de Moisés. Hoy, Jesús, nos invita a que miremos más allá de los dogmas, normas y preceptos. El que quiere seguir a Jesús tiene un programa que cumplir. El Reino de Dios ha llegado y los oficialmente marginados, excluidos y últimos de nuestra sociedad, son los primeros en beneficiarse de Alegría. No por cumplir leyes y normas dogmática tienes asegurado el pase. Las bienaventuranzas es un choque radical con nuestros pensamientos. Es la proclamación de la voluntad definitiva de Dios. Si cumplimos y creemos las bienaventuranzas, estaremos construyendo el Reino de Dios. Los santos son aquellos que, contagiados del virus AMOR por el Señor, viven desde la fe. Todos estamos llamados a la santidad. Pero poco son lo que se dejan contagiar por el AMOR en sus vidas.

Que la Santísima Virgen María nos ayude a poder saborear las bienaventuranzas a pesar de los momentos de dificultad que podamos estar pasando e irradiemos el mensaje de Cristo en nuestros ambientes.

José Borja.

Regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

REGISTRARME