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Opinión

Recuerdo de Leonard Cohen – Una melancolía indefinida, por monseñor Paul Richard Gallagher

Recuerdo de Leonard Cohen – Una melancolía indefinida, por monseñor Paul Richard Gallagher

¿Cómo ubicaréis en vuestra memoria en un futuro el momento en el que Donald Trump fue elegido presidente de Estados Unidos de América? Yo, como muchos millones de personas de mi generación y otras, recordaré que la elección tuvo lugar en los días de la muerte de Leonard Cohen.

De adolescente, a finales de los años sesenta y en los primeros años de los setenta, Leonard Cohen era uno de nuestros grandes compañeros. Habiendo creciendo con el sonido de los Beatles, idolatrados por muchos, encontrábamos consuelo e incluso placer en las líricas poéticas de extraña belleza y en las sencillas melodías de este gran músico canadiense. Cohen era la elección natural cuando la fiesta continuaba hasta tarde por la noche convirtiéndose en más tranquila, y él hacía de fondo a confidencias y charlas entre amigos. Podíamos contar con Leonard, que casi en nuestro nombre expresaba emociones interiores o una melancolía indefinida.

Su arte era expresión profunda de la experiencia humana, con la que podíamos identificarnos en nuestra confusión de adolescentes. No entendíamos del todo lo que escribía, pero nos gustaba, y nos gustaba la forma en la que se cantaba. Su música tocaba una cuerda en nuestras almas, sonaba en lo más íntimo y extrañamente poseía la capacidad de elevar a quien escuchaba, a pesar de la aparente distancia del autor.

Leyendo después de muchos años los veros de So long, Marianne, me conmovieron las palabras casi místicas con las que comienza: Come over to the window, my little darling, I’d like to try to read your palm (“Ven a la ventana, pequeña querida mía, me gustaría intentar leerte la mano”). Leonard comenzó a dedicarse a la música cuando, como aspirante a autor y poeta, no conseguía pagar las facturas. Fue una verdadera bendición para nosotros que se haya visto obligado a expresar su poesía también en forma de canciones. Sabemos que Leonard estaba en un constante camino espiritual; su conversión al budismo y su experiencia monástica fueron momentos cruciales en su vida. Sus canciones están llenas de referencias y de recuerdos religiosos. En Marianne, la reprocha: But you make me forget so much. I forget to pray for the angels and then the angels forget to pray for us (“Pero tú me haces olvidar mucho. Me olvido de rezar por los ángeles, y después los ángeles se olvidan de rezar por nosotros”). Mientras en Sisters of Mercy canta: It begins with your family, but soon it comes around to your soul (“Inicia con tu familia, pero pronto alcanza tu alma”). Medio siglo después, la canción más interpretada por otros artistas es Hallelujah, que comienza con los versos lúdicos Now I’ve heard there was a secret chord that David played, and it pleased the Lord… The minor fall, the major lift, the baffled king composing Hallelujah (“He escuchado un acorde secreto tocado por David y que le ha gustado al Señor… La menor baja, la mayor sube, el rey perplejo compone el aleluya”). Durante toda la vida siempre hemos podido volver a Leonard Cohen, alguna vez, para decir la verdad, para encontrar consuelo. Con la noticia de su muerte nos damos cuenta también que ya no somos jóvenes, excepto cuando escuchamos a Leonard, recordamos a nuestros amigos y damos gracias por el tiempo perdido en torno a un viejo tocadiscos soñando la vida que teníamos por delante.

Antes de que Marianne Ihlen muriera, Leonard Cohen, que la había hecho inmoral en la canción que lleva su nombre, la escribió.«Pero ahora quiero desearte buen viaje. Adiós vieja amiga. Amor sin fin. Nos vemos al final del camino». Quizá hoy sus caminos se han encontrado de nuevo; me gusta pensar que es así.

Monseñor Paul Richard Gallagher, Secretario para las Relaciones con los Estados dentro de la Secretaría de Estado de la Santa Sede

L’Osservatore Romano, 12-11-2016

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