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Recuerdo de Juan XXIII, por el arzobispo Martínez Sistach

Recuerdo de Juan XXIII, por el arzobispo Martínez Sistach

El pasado día 3 de junio se han cumplido cincuenta años de la muerte del papa Juan XXIII, un hecho que conmovió al mundo entero, que se había sentido amado y podríamos decir que también interpretado por el que fue llamado el Papa bueno, como nos ha recordado recientemente el Papa emérito Benedicto XVI.

También se han cumplido los cincuenta años de la publicación de la más conocida de sus encíclicas, la Pacem in terris, que ha sido considerada como la encíclica más importante de la historia y seguramente la que consiguió un eco mayor en la opinión pública mundial.

Esta encíclica, que cabe calificar también como el testamento del Papa Roncalli para el mundo, lleva la fecha del 11 de abril del año 1963, un Jueves Santo, a los seis meses de haber inaugurado el Concilio Vaticano II y cuando Juan XXIII ya se encontraba gravemente enfermo. Murió el 3 de junio de aquel mismo año.

Eran los años de la llamada guerra fría. El año 1962 fue el de la crisis de los misiles de Cuba, que enfrentó a EE.UU. y Rusia, crisis en la cual el Papa actuó como mediador y que al final puso resolverse satisfactoriamente. En poco tiempo, y debido a unas causas muy diversas, los tres protagonistas de aquel acontecimiento que puso al mundo ante el peligro de vivir una guerra nuclear desaparecieron de la escena pública: Juan XXIII, Kennedy y Kruschev.

Pablo VI, aquel mismo año, dijo que “la herencia de Juan XXIII no podía quedar encerrada en su sepulcro”. Se refería al Concilio Vaticano y a la continuación del mismo –de hecho, sólo se había celebrado la primera sesión-, pero también podemos pensar que se refería a la encíclica Pacem in terris, dedicada a la paz entre todos los pueblos, una paz fundada sobre la verdad, la justicia, el amor y la libertad, y dirigida, como siempre, a las jerarquías de la Iglesia y a los fieles de todo el mundo, pero también –y por primera vez- “a todos los hombres de buena voluntad”.

Con razón, esta encíclica emblemática ha sido considerada como el testamento de Juan XXIII al mundo. Constituye una abierta defensa de los derechos humanos y una propuesta para que estos derechos cuenten con un apoyo político, como camino para que el mundo pueda alcanzar una paz verdadera. Entre muchos otros temas, tuvo una especial resonancia la cuestión del trato dado a las minorías, cuando sostiene que “hay que afirmar, de la manera más explícita, que una acción dirigida a reprimir y sofocar la vitalidad y el desarrollo de estas minorías es una gran violación de la justicia, y lo es mucho más si va dirigida a hacerlas desaparecer”.

Han pasado cincuenta años, pero esta encíclica conserva su vigencia para un mundo que busca la paz, siempre amenazada, pero que sin embargo ha de estar fundamentada en el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana.

 

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal arzobispo de Barcelona



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