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Recordando a Gertrud von Le Fort en la época del coronavirus

La celebrada escritora alemana, Gertrud VON LE FORT (1876-1971), una de las mejores novelistas católicas de su tiempo, escribió una pequeña gran novela, titulada «La mujer de Pilato» (Die Frau des Pilatus, Insel-Verlag 1955), que merece la pena ser leída y meditada. Más ahora, que hace 65 años que la escribió. En estos momentos difíciles y desconcertantes del coronavirus, su mensaje puede ayudarnos a mantener la lucha contra la pandemia y acogernos a lo que verdaderamente importa.
La liberta griega Praxedis, cuya amada señora era precisamente la mujer de Pilatos, Claudia Procula, narra la trama en primera persona, escribiendo una especie de largo informe a una tal Roman Julia, la esposa de Decius Gallicus, cristiana de la primera hornada, que vivía en Vienna. Sin proponérselo, Praxedis estuvo presente en el juicio y condena de Jesús ante los romanos, porque su señora le mandó que fuera urgentemente a decir a su marido que no tomara parte en la suerte del Nazareno: «No te metas con este justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él», informa el evangelista Mateo en 27, 19. Había tenido un mal sueño, que trastocó la noche feliz pasada con su marido, a quien amaba profundamente; uno de los pocos encuentros satisfactorios mantenidos con su esposo desde hacía mucho tiempo.
Cuando Praxedis llegó a poder hablar con el procurador, Jesús ya había sido condenado a muerte, portaba una corona de espinas y su cabeza estaba completamente ensangrentada y desfigurada. Lo que más le impresionó, y jamás olvidó en su encuentro fortuito con el condenado a la pena capital, fue su inolvidable rostro, que describe de esta manera:
«Lo verdaderamente estremecedor era su semblante, digno de la mayor de las compasiones. Pero él aparecía como si tuviera compasión de todo el mundo ¡sobre todo de él, de su juez! Esta compasión devoraba todo el rostro del condenado y, si mi vida dependiera de ello, no sería capaz de declarar otra cosa más que ese rostro mostraba la expresión de una ilimitada, incluso incomprensible compasión, que al contemplarla producía un peculiar vértigo. Para mí era como si esa compasión hubiera tragado el rostro del apresado hasta su desconocimiento y tragar también a todo el mundo conocido para mí».
Esa compasión dirige el argumento narrativo, que culmina en un final inesperado con el perdón incondicional, de quien cobardemente le condenó a muerte. Ciertamente, el ultrajado hasta el extremo se comportaba en aquella ocasión, como se comporta siempre, como el Señor compasivo, icono de la compasión de su Padre de los cielos. Desde ese momento su rostro desfigurado se ha convertido en la COMPASIÓN con mayúscula para ti y para mí, para el mundo entero. No se preocupa de sí mismo en la hora suprema de la muerte, sino que tiene en cuenta a cada una de las personas. Podemos decir sin equivocarnos que en su infinita compasión se concentra toda la auténtica «sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención» (1Cor 1, 30). Su compasión pesa más que todo el mal del mundo por grande que sea.
Aunque es uno de los nuestros, Jesús parece venir de otro mundo, y así es en realidad. Su compasión, llamada a ser imitada, alcanza grados tan altos, que nadie tendrá una semejante a la suya. En realidad era desconocida en toda su extensión, hasta que fue juzgado y condenado entre afrentas sin cuento. Su mirada de amor traspasa los corazones de cualquier persona de buena voluntad. Su ley nunca fue la violencia, sino la incondicional acogida, el perdón sin límites, la misericordia entrañable. El amor empático constituye la clave de toda su existencia.
Su mirada llama a la ternura y a la clemencia, como nadie lo ha conseguido. Nadie escapa a su compasión, aunque no la quiera. Al final se sentirá atraída por ella. Siempre está ahí y se muestra victoriosa a pesar de todos los pesares. Mostrada durante su vida terrena, pero sobre todo en el momento de su condena a muerte, atrapa a todos, sale victoriosa, de modo que ninguna fuerza humana, proveniente del mal, es capaz de derrotarla y menos de vencerla. Aunque lacerado por las espinas, tuvo compasión de Poncio Pilato, de los Sumos Sacerdotes y de los que entre ignominias e insultos lo conducían a la cruz. En cada esquina del mundo hay sufrimiento, por todos los caminos de la existencia hay personas que no dejan de llorar, sobre todo durante esta pandemia, pero en medio de ese dolor la compasión de Cristo acompaña a todos, ya que nos amó y se entregó por cada uno de nosotros (cf Gál 2, 20), a pesar de nuestras infidelidades y traiciones. Fuera de Jesús todo es estrecho, en él se alza la paz verdadera, que vence la injusticia, el pecado y la muerte.
Pascal afirmó que «Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo» («Jésus será en agonie jusqu’à la fin du monde», P 553). Y así es en realidad, está presente en todo dolor, sobre todo el injusto.
El Crucificado se identifica con los crucificados de todas las épocas de la historia, con todos aquellos inocentes que han sufrido, sufren y sufrirán a causa del egoísmo existente en el mundo. Cristo se reconoce y padece en cada uno de los miembros de su cuerpo, que es maltratado, privado de sus derechos, llevado como corderos al matadero (Mt 25, 40.45). Mira a víctimas y verdugos con una compasión sin límites.
Se entrega a la muerte para abrazar a los desamparados y no dejarles abandonados a su suerte. Abraza nuestra vulnerabilidad, para acompañarla y trascenderla. El Crucificado siempre triunfa con la grandeza de su amor. Su mirada en el madero de la infamia alcanza por igual a todos y, en espera del momento propicio, nos conduce a la Resurrección, a la Plenitud de la Vida.

Por Luis Ángel Montes Peral
Director del Aula de Teología
Campus Universitario de Palencia
Universidad de Valladolid

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