Editoriales Ecclesia

El rechazo y la prevención ante migrantes  y refugiados no son actitudes cristianas – editorial Ecclesia

El rechazo y la prevención ante migrantes  y refugiados no son actitudes cristianas – editorial Ecclesia

El domingo 24 de septiembre, Alemania, el principal país de la Unión Europea (UE), celebró elecciones generales. Aun cuando la canciller Angela Merkel y su formación centrista democristiana revalidaron una mayoría significativa (el 33% de los votos, sensiblemente inferior, en cualquier caso, a la de las tres legislaturas anteriores) y podrá mantener, en coalición, el Gobierno federal, la irrupción del nuevo partido AFD (con el 12.6% de los sufragios pasa a ser la tercera formación política alemana), de corte populista y xenófobo, ha vuelto a encender las alarmas en Europa acerca del crecimiento de partidos políticos y de actitudes ciudadanas de perfiles similares, tanto a la derecha como a la izquierda. Y es que entre las razones que han podido motivas estos resultados electorales en Alemania, nadie duda de la influencia de las políticas migratorias.

Dos días después, el martes 26, se agotó el plazo que se dio a sí misma la UE, en septiembre de 2015, para dar asilo a 182.504 refugiados. Dos años después,  solo ha trasladado a 46.522 personas, ya sean reubicadas desde Grecia e Italia, o reasentadas desde Líbano o Turquía, lo que supone el 25% del compromiso comunitario. El reparto lo encabezan Alemania con 9.887 personas, Francia (6.433) y Noruega (4.930). España se encuentra en octava posición, tras recibir apenas a 1.983 personas de los 17.337 solicitantes a los que se comprometió, un exiguo y errático 11%.

En medio de estas constataciones de la realidad europea y de otras muchas otras que podríamos argumentar, el Papa ha vuelto a intervenir en el tema de las migrantes y de los refugiados, realidades que, como es sabido, son para él y para su ministerio apostólico (ha de serlo también para de toda  la Iglesia) prioritarios.  Y lo hizo para recordar que acoger, proteger, promover e integrar a migrantes y refugiados es un deber cristiano que nace del mismo Evangelio y que, además, ha hecho posible y fecunda, a lo largo de los siglos, la  misión universal  de la Iglesia católica y la visibilización de su esencial faz samaritana. Fue el viernes 22 de septiembre, en la audiencia a los responsables de Migraciones de las Conferencias Episcopales de Europa (ver página 37).

«No os escondo–señaló sin rodeos Francisco- mi preocupación ante las señales de intolerancia, discriminación y xenofobia que se verifican en varias regiones de Europa. Están motivadas por la desconfianza, el temor hacia lo desconocido, lo diferente, lo que viene de fuera».  Y añadió que, con todo, lo que más le preocupa es que en las comunidades cristianas haya actitudes xenófobas: «Me preocupa todavía más la triste constatación de que nuestras comunidades católicas en Europa no son ajenas a estas reacciones de defensa y rechazo, justificadas por un no más especificado “deber moral” de conservar la originaria identidad cultural y religiosa». El deber moral –añadimos nosotros-  es siempre acoger al extranjero y ver en él al Señor que fue también migrante y refugiado-

Junto las razones evangélicas aludidas, Francisco abundó en dos perspectivas más que los cristianos no debemos olvidad en nuestra actitud ante los hermanos migrantes y refugiados. «Desde una perspectiva exquisitamente eclesiológicamente –subrayó-, la llegada de tantos hermanos y hermanas en la fe ofrece a la Iglesia en Europa una oportunidad de realizar plenamente la propia catolicidad, elemento constitutivo de la Iglesia». Una oportunidad de la que tantas comunidades cristianas europeas llevan enriqueciéndose en las últimas décadas.

Y desde una perspectiva misionera y de sincero diálogo interreligioso y ecuménico, los flujos de migrantes y de refugiados «constituyen una nueva frontera misionera, una ocasión privilegiada para anunciar a Jesucristo y a su Evangelio, sin moverse del propio ambiente y de testimoniar la fe cristiana en la caridad y en el profundo respeto hacia otras expresiones religiosas».

¿Cómo ha, pues, de seguir trabajando nuestra Iglesia en este compromiso insoslayable ante los migrantes y refugiados? Ha de intensificar su toma de conciencia de que  de este es un deber evangélico. Ha de tomar ejemplo concreto del Papa Francisco y de tantas instituciones eclesiales que sirven incondicionalmente a estos hermanos, comportamientos que han de contar con el apoyo expreso, moral y material de toda la comunidad cristiana. Y asimismo ha de denunciar los incumplimientos, cicaterías, hipocresías y artimañas de los Gobiernos y de la misma sociedad civil a la hora de dar respuestas concretas y positivas al respecto.

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