Zona Cero

Rebrotes

Fue ayer, cuando trasteando por Twitter, vi una publicación en la que se responsabilizaba a Dios de lo que nos estaba pasando con la pandemia que aún está sobre nosotros. Se me ocurrió decirle que, lejos de querer negar o no que esto tenga algo de extraterrenal –ya lo he dicho en este blog en más de una ocasión que no me veo capaz de asegurar o desmentir tal cosa–, le puse de ejemplo los rebrotes que estamos teniendo.

¿Son culpa de Dios? Siempre le tratamos de culpar cuando pasan cosas malas (no tanto cuando pasan buenas). Quizá deberíamos seguir buscando la respuesta y no quedarnos en lo superficial. Seré claro: los rebrotes están saliendo por nuestra libre y propia actuación. Fiestas clandestinas multitudinarias, gente que no respeta las indicaciones con mascarilla en espacios públicos, privados, en los pasillos de las oficinas, reuniones con amigos para comidas o la hora del vermut. Inexistente distancia social en situaciones donde se deberían mantener, locales de ocio donde los trabajadores llevan mascarilla en el cuello y donde con dos copas de más ya uno se olvida totalmente del coronavirus. ¿Es culpa de Dios o somos nosotros que no queremos ser responsables ni hacer sacrificios si no es por la amenaza de multa o por decreto?

Hemos abierto fronteras, con lo que ello supone. Viajeros de cientos de lugares de Europa y del mundo que llegan sin apenas controles. ¿Es esto también culpa de Dios o quizá responsabilidad de quienes dirigen el país? Leía hace pocos días el escaso esfuerzo que se está haciendo en España en controlar, mediante la figura del rastreador como ya tienen en muchos países, a quienes vienen de fuera. En países como Alemania o Dinamarca quien pide un café se le coge el número de teléfono para controlar la propagación en caso de un rebrote y existen aplicaciones móviles para hacer seguimiento de todas las personas en su libre movimiento con este mismo fin. Medidas de precaución que aquí no tenemos.

Efectivamente hay responsables y responsabilidades pero no hay que culpar a quien hace tiempo muchas personas han dado la espalda y ahora le vuelven su mirada con el único propósito de culparle. Quizá si tuviesen a Dios en sus vidas podrían pensar más en el prójimo y en la necesidad de hacer sacrificios en beneficio de todos, especialmente de los más vulnerables a este virus. También habrá no creyentes que actúen así sin culpar a nadie más que a aquellos que no cumplen con sus propias responsabilidades. Les honra y Dios está en sus vidas, aunque no lo sepan.

Total, que en Twitter acabé linchado por muchos –otros también salieron a mi rescate– por defender estas ideas. Si una pandemia no les hace ser más humildes en su soberbia, pocas cosas lo harán. Recemos por ellos y por todos. Y porque la Humanidad retome el camino de la Verdad. Solo por ahí podremos salvarnos.

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