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Opinión

Rafael Alfaro, sacerdote y poeta, exponente de la Generación del 50

Con motivo de la muerte del sacerdote salesiano y poeta Rafael Alfaro, el diario «La Razón» publicó el pasado 26 de marzo de 2014 la siguiente necrológica, firmada por Miguel de Santiago.

  Rafael Alfaro, sacerdote y poeta, exponente de la Generación del 50

Sacerdote salesiano, poeta y periodista, el conquense Rafael Alfaro (El Cañavate, 1930), falleció el domingo 23 de marzo en Granada, a los 84 años. Ordenado sacerdote en 1957, fue enviado inmediatamente por su congregación religiosa a Centroamérica; allí permaneció once años. A su regreso a España, fue director del «Boletín Salesiano» y de la Editorial CCS; pero la creación poética fue su principal dedicación.

Con más de una veintena de poemarios, muchos de ellos galardonados con importantes premios, era uno de los mejores poetas de la llamada generación o promoción del 50, que, si no aparece citado entre ellos, es debido a que en España la crítica literaria suele ser bastante cicatera para con los escritores creyentes, religiosos.

El poemario Hora de la tarde de Alfaro está dedicado a dos sacerdotes ya fallecidos de su generación, José Luis Martín Descalzo y su paisano Carlos de la Rica. Sería larga la relación de sus libros, pero basta remitir a dos amplias antologías suyas: una, Escondida senda (Cultura Hispánica, 1986), de los ocho primeros poemarios, y otra, Mi fe de vida (Calima Ediciones, 2008), de los doce restantes.

 

Más allá de lo religioso

Manifesté varias veces en público y sin que él estuviera presente que, de todos nosotros, los sacerdotes poetas o los poetas sacerdotes, el mejor era Rafael Alfaro. Es obligado hablar de la altura de su lírica: por la solidez de sus contenidos y por la gran perfección formal en los metros, los ritmos y las rimas. Sus versos se pueden leer perfectamente fuera de una clave estrictamente religiosa y siempre nos encontraremos con un poeta altos vuelos.

Su libro Hora de la tarde, galardonado con el Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística de 2008, tiene un título evocador del final de la jornada que vive el hombre en este mundo.

Sus versos están cargados de alusiones, citas implícitas, más o menos veladas, evocaciones, insinuaciones no más, resonancias, recreaciones; era un maestro de la intertextualidad con la que conseguía dar eficacia conceptual y fuerza lírica al poema. La fuerza expresiva de los versos de Alfaro viene en ocasiones de la mano de eficaces paradojas. Y es que sus poemas cantan los problemas existenciales con voz queda, suave y sosegada, pese a utilizar imágenes de trazos expresionistas; aunque no tan acentuadamente como en poemarios anteriores, Alfaro traía en sus últimos libros un canto aparentemente sobrio y sin complicaciones, que, no obstante, llevaba dentro la inquietud de la noche oscura que precede a ese impulso vital de la esperanza cristiana; así el breve poema «Amargo zumo».

 

Misteriosamente intimista

Una de las cualidades de este poeta salesiano reside en el modo de trascender la realidad hasta hacer una poesía misteriosamente intimista, quizá mejor íntima, con muchos quilates de sentimiento, un canto sugerente, casi a media voz, que se hace confidencia religiosa, mística. Predomina la contemplación lírica que, por medio de logradas imágenes lleva a la reflexión de la transitoriedad de la vida y de las cosas de este mundo, con un tono elegíaco que atisba, sin embargo, horizontes de luz, el paraíso.

En 2008 titulé mi comentario sobre la poesía de Rafael Alfaro, en la revista «Razón y fe», con unos términos que destacaban lo que considero dos características fundamentales: densidad y belleza. Unos meses después de la aparición de aquel artículo sobre su poesía, me escribía agradecido: «Eres el mejor conocedor de mi poesía», y añadía que ese trabajo «sirvió mucho para despertar el aprecio ante mis hermanos salesianos y ante el rector mayor, que me escribió para felicitarme».

Así era Rafael Alfaro. Hombre sencillo, cercano y piadoso, se autorretrató en los versos del poema «Plegaria última», perteneciente al libro Hora de la tarde:

«Al final de una noche ya cansada,

encomiendo mi espíritu a tus manos.

(…)

Abre tus manos y recógeme.

Señor, creo en tus manos invisibles,

en las que me abandono. Sé que no

soy una flor, ni una paloma, ni

siquiera una sonrisa. Mas soy tuyo».

* Rafael Alfaro Alfaro nació el 6 de febrero de 1930 en El Cañavate (Cuenca) y murió el 23 de marzo de 2014 en Granada.

Miguel de SANTIAGO

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