Opinión

¿Quién sufre más el maltrato del planeta?

La Campaña de Manos Unidas para este año 2020 lleva el lema «Quien más sufre el maltrato al planeta no eres tú» y se inscribe en su programa trienal 2019-2021, centrado en la defensa de los Derechos Humanos, especialmente entre las personas más pobres y preteridas del planeta. Esto implica superar la indiferencia, el egoísmo y la pasividad y apostar por el derecho a una vida digna —que incluye el indispensable derecho a la alimentación— dentro de un medioambiente adecuado, mejorando los cauces de participación ciudadana e impulsando la corresponsabilidad de todos en la consecución del bien común.

En los siguientes párrafos quiero plantear algunas preguntas que nos ayuden a desentrañar la propuesta de Manos Unidas en este año y, de este modo, a reforzar nuestro compromiso creyente con la defensa y protección de la Casa Común, obviamente entrelazado con la causa de la justicia social y con la erradicación del hambre en el mundo.

¿De qué hablamos cuando decimos «maltrato al planeta»? El primer capítulo de la encíclica Laudato Si´ (números 17-61) explica con suficiente claridad «lo que está pasando a nuestra Casa» y, en pasos sucesivos, habla de la contaminación y el cambio climático, de la basura y la cultura del descarte, del clima como bien común, de la cuestión del agua, de la pérdida de biodiversidad, del deterioro de la calidad de la vida humana, de la degradación social y de la inequidad planetaria.

Maltratar al planeta, como maltratar a las personas, puede entenderse, al menos, de dos modos. El primero se refiere, en sentido estricto, a ejercer «malos tratos»: el ejemplo más claro es contaminar el medio ambiente, así como es golpear a una persona. Por supuesto, no solo hay malos tratos físicos, sino también psicológicos, económicos, laborales o institucionales. Un segundo sentido alude a «tratar mal» a la naturaleza o a las personas, acciones que pueden no constituir un delito pero que tampoco reconocen ni responden al valor presente en los otros seres; por ejemplo, mirar de un modo utilitario y no contemplativo, actuar con un estilo compulsivo y no solidario, vivir con un ritmo acelerado y no celebrativo. La misma encíclica cita al patriarca ecuménico Bartolomé cuando señala la necesidad de cambiar nuestros pecados contra la creación y nuestras maneras de dañar el planeta, porque, «en la medida en que todos generamos pequeños daños ecológicos», contribuimos «a la desfiguración y destrucción de la creación» (Laudato Si´, n. 8).

¿Cómo nos afecta este maltrato al planeta? Citemos de nuevo al Papa Francisco, cuando reclama «una mejora integral en la calidad de vida humana» y, por contraste, menciona algunas realidades que forman parte de la vida urbana en los países ricos del Norte, muchas veces caótica, cargada de contaminación visual y acústica y desbordada por el exceso de estímulos (Laudato Si´, n. 147). Otro ejemplo urbano se refiere al hacinamiento, al anonimato social o al desarraigo (Laudato Si´, n. 147). «La calidad de vida en las ciudades tiene mucho que ver con el transporte, que suele ser causa de grandes sufrimientos para los habitantes» (Laudato Si´, n. 153). Solo con la mención de estos ejemplos nos damos cuenta de que, efectivamente, el maltrato al planeta nos afecta y nos hace sufrir. Pero debemos plantear una tercera pregunta.

¿Quién sufre más el maltrato al planeta? Una vez más, quiero ceder la palabra al Papa Francisco, y me limito a tres de los ejemplos que menciona explícitamente en su encíclica. «La exposición a los contaminantes atmosféricos produce un amplio espectro de efectos sobre la salud, especialmente de los más pobres, provocando millones de muertes prematuras» (Laudato Si´, n. 20). «Muchos pobres viven en lugares particularmente afectados por fenómenos relacionados con el calentamiento», lo cual «a su vez afecta a los recursos productivos de los más pobres, quienes también se ven obligados a migrar con gran incertidumbre por el futuro de sus vidas y de sus hijos» (Laudato Si´, n. 25). «Un problema particularmente serio es el de la calidad del agua disponible para los pobres, que provoca muchas muertes todos los días. Entre los pobres son frecuentes enfermedades relacionadas con el agua, incluidas las causadas por microorganismos y por sustancias químicas» (Laudato Si´, n. 29). Basten estas alusiones para reconocer que, sí, todos sufrimos el maltrato al planeta, pero ciertamente unos lo sufren más que otros.

Quiero terminar estas breves reflexiones recurriendo al evangelio y, concretamente, a un conocido dicho de Jesús de Nazaret, que condensa buena parte de su mensaje. A la pregunta de cuál es el mandamiento más importante, Cristo responde: «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente», añadiendo de inmediato: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se basa toda la ley y los profetas» (Mt 22, 37-40). Aplicando esto a nuestro tema, podemos decir, en primer lugar, que, frente a toda forma de maltrato, debemos cuidar la creación de Dios con alma, mente y corazón, y esto no por cálculo interesado sino por amor a Dios. Segundo, que debemos amar al prójimo, especialmente a quienes más padecen las consecuencias del maltrato al ambiente; y tercero, que debemos hacerlo «como a nosotros mismos», esto es, reconociendo que también a nosotros atañe el deterioro ambiental, pero que son, en particular, los pueblos más postergados los que lo sufren de un modo mucho más agudo, prolongado e intenso. Y, entre los flagelos que más laceran a los desfavorecidos, fruto también de las heridas causadas a nuestra casa común, está el hambre, esa plaga inicua que tanto dolor causa a muchos hermanos nuestros, entre los cuales se cuentan numerosas mujeres y niños.

Cuidar de nuestro entorno es un medio para alzar los ojos y contemplar que el grito de nuestra tierra va unido al de muchos seres humanos necesitados, que carecen del pan necesario. No seamos sordos a su clamor, para que puedan encontrar en nuestra solidaridad un motivo de esperanza y ayuda concreta. Ojalá nuestras manos, unidas y generosas, reviertan su triste y cruel situación, que debería haber acabado ya, y además de manera radical.

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