Zona Cero

Quien pierde la fe, no gana nada

Hablando con un buen amigo, llegué a esta conclusión. Bautizado, educado en un colegio católico, de abuelos muy creyentes pero con padres agnósticos, él, mi amigo, ya no cree. Estuvimos hablando un buen rato sobre el tema. Nos queremos mucho y somos buenos amigos desde pequeños y me intereso por su vida entera, incluida su parte espiritual.

Siempre me dice que esto es un cuento, que una secta, que la Iglesia esto y aquello, que ciertas actitudes de curas y tal, que el cepillo y el dinero, que el Vaticano… Siempre le contesto lo mismo: si es un cuento, por qué triunfó este cuento y no los miles de millones de cuentos, leyendas, fábulas o mentiras. Por qué los primeros cristianos dieron su vida siendo incluso martirizados ante su testimonio. Vieron lo que vieron y lo necesitaban contar. Una secta te priva de libertad, y la Iglesia lo que prima es la libertad. Mucha más que cualquier moda, movimiento o lobby. Es aceptado por todos, incluso los que la atacan, que en la Iglesia tienen un objetivo a destruir, pero ya son muchos los ataques durante siglos y más las veces que ha salido adelante y reforzada. Es cierto también, y aquí pensamos igual, las malas actitudes de algunos sacerdotes y cómo han usado a la Iglesia para su propio lucro. Le explico a mi amigo que, pese a todo, esta casa la formamos humanos, quienes también caemos. Como cualquier organización en la Tierra. No me meto más profundamente en este punto porque sería una discusión teologal a la que quizá no estamos preparados. El Vaticano es volver a lo que ya escribí hace unas semanas en otro post. Revisar y juzgar  la historia con los ojos de hoy. Ya sabemos por qué la Basílica de San Pedro  o sus museos tienen esa figura ostentosa. Siempre le digo ¿qué hacemos? ¿Lo destruimos o lo vendemos por trozos a manos de ricos oligarcas para sus colecciones privadas? ¿Destruimos también el Palacio Real de Madrid, Versalles en Francia, los palacios de Viena o los museos de Berlín? Esa fijación con la institución que tiene misioneros y personal sobre el terreno en las más pequeñas y olvidadas aldeas de África, Asia o América llega a ser enfermiza. Pero no le culpo a él. Esto es fruto de campañas de ataque y de nula defensa.

Cuando vamos al grano de todo tras disipar estos y otros prejuicios, siempre le pregunto: “Vale, ya no tienes fe, pero dime, ¿qué ganas?¿Libertad? ¿De verdad crees que eres más libre? ¿Seguridad? ¿Estás más seguro dependiendo únicamente de ti y de tus fuerzas? Las respuestas suelen ser pobres porque cuando uno pierde la fe no gana nada; todo lo contrario: pierde esa roca sobre la que toda vida se cimienta de manera entera y completa. Yo le resumo que la fe se trabaja, se lee, se reflexiona, se escucha y se dialoga. Pero sobre todo se experimenta. Por mucho que yo le diga a él o a otra persona, ha de ser una prueba personal e íntima. Y ahí es donde está el milagro de la fe. ¡Cuántas personas la encuentran tras años de antagonismo!

Yo, como quiero a mi amigo, seguiré rezando por él y porque tenga esa experiencia que a todos los creyentes nos ha marcado la vida y la que nos da fuerzas para seguir, veinte siglos después, siendo discípulos de Jesús.

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