Tiempo de caminar

¿Qué tienen en común Mafalda y «Fratelli Tutti»?

Me encanta Mafalda. Cuando era pequeña, mis padres me regalaron un libro con las tapas grises que albergaba en su interior cientos y cientos de tiras cómicas de la niña más irónica y son filtros que he conocido jamás. Muchas de ellas no lograba entenderlas por los giros lingüísticos argentinos. Otras, porque los temas que tocaban me sonaban a Historia antigua (pese a que se referían a acontecimientos de las décadas de los sesenta y los setenta). Pero lo que más me impresionaba era cómo era posible que odiara la sopa, con lo tremendamente deliciosa que está.

Recuerdo pasar horas y horas leyendo sobre la igualdad de la mujer, la justicia social.  Porque todos estos temas se colaban de soslayo (o no) en cada viñeta. Y, desde bien chiquita, que decía ella, aprendí que es bueno luchar y trabajar para construir una sociedad mejor.

Casualidades de la vida, la misma semana en la que se anuncia el fallecimiento de Quino, genial autor de Mafalda, el papa Francisco presenta Fratelli tutti, su encíclica social. Sí, sé que es arriesgado y cuando menos curioso, que una ambas cuestiones en un mismo artículo. Pero les prometo que cuando he comenzado a leer el documento papal es lo primero que he pensado: «esto lo aprendí yo con Mafalda».

Que no suene a herejía, por Dios. Pero poner sobre la mesa cuestiones tan fundamentales como la fraternidad, la unidad social, la concordia, son las claves para construir ese mundo mejor que pretendía la pequeña argentina deslenguada. Sus conversaciones con Manolito dejaban patente su opinión sobre la falta de cooperación entre los políticos y la centralidad de los intereses económicos. Algo similar nos explica el Papa cuando escribe que «la política se vuelve cada vez más frágil frente a los poderes económicos transnacionales que aplican el “divide y reinarás”». Y cuando habla con Susanita sobre los necesitados, trata de convencer a la niña de lo mismo que nos explica Fratelli tutti: «Somos analfabetos en acompañar, cuidar y sostener a los más frágiles y débiles de nuestras sociedades desarrolladas. Nos acostumbramos a mirar para el costado, a pasar de lado, a ignorar las situaciones hasta que estas nos golpean directamente». No me digan que no es la explicación perfecta para la viñeta con la que abría este artículo.

Las conversaciones de Mafalda con su madre y su excesiva dedicación a las tareas del hogar nos introduce en el contexto de la dignidad de la mujer, de lo que también habla el Pontífice en su encíclica: «La organización de las sociedades en todo el mundo todavía está lejos de reflejar con claridad que las mujeres tienen exactamente la misma dignidad e idénticos derechos que los varones. Se afirma algo con las palabras, pero las decisiones y la realidad gritan otro mensaje».

Y podríamos seguir con cientos y cientos de ejemplos, sin olvidarnos del icónico personaje de Libertad, la pequeña amiguita que recoge en su pensamiento todo un movimiento social revolucionario en favor del pueblo que sufre.

Por supuesto que terminaré de leer por completo la encíclica. Y seguro que releeré una y otra vez a Mafalda. Y de ambos extraeré ese pensamiento que debe ser el motor de nuestras vidas: la necesidad de convencernos de que el cambio social empieza por uno mismo. Aunque no nos guste la sopa.

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