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¿Qué sucede en la Cañada Real de Madrid?

Tres meses sin luz. Esa es la realidad de la Cañada Real de Madrid. Por eso Cáritas diocesana de Madrid y la parroquia Santo Domingo de la Calzada llevan a la Fiscalía General del Estado estos cortes de electricidad que se dan en los sectores 5 y 6 de la Cañada. Lo que se pide, ni más ni menos, es que el fiscal visite el lugar y que «ordene tomar medidas para proteger a los 1.800 niños y las 1.200 familias» que sufren esta situación. En ECCLESIA, Carlos González nos cuenta lo que vive la Cañada en un reportaje en profundidad.

Cristo vive en la Cañada Real

Una situación insostenible a 15 kilómetros de Madrid

A primera vista, lo que vemos en este vertedero social es pobreza, vulnerabilidad, marginación, suciedad, explotación y condiciones infrahumanas de vivir. Pero incluso en esta bruma, es posible descubrir a Dios si nuestros ojos ciegos son capaces de entrever su presencia. Aquí, entre jeringas, cartones y naufragios, la Iglesia reconvierte su mirada en un reflejo que va desde los ojos de Jesús al corazón de Dios.

Cae la noche en la Cañada Real. Y lo hace a plomo, con olor a río viejo, como quien se hace viento en el corazón de un silencio prohibido y amurallado. Tan solo han pasado doce minutos de las seis de la tarde, y apenas quedan alambres con algún atisbo de luz donde poder reposar la calma de un lunes cualquiera.

«Yo no quiero volver más a esto. El mundo de la Cañada es un infierno. Desde que entré en la cárcel, todos los días le doy gracias a Dios por ayudarme a salir de allí y por dejarme vivir. Y me emociono mucho por estar viva». María José salió hace un mes de la prisión de Alcalá Meco. Después de tres años cumpliendo una condena que le ha dejado el alma llena de cicatrices, por fin se siente libre. Aunque no del todo. En la Cañada Real, a tan solo 15 kilómetros del corazón de Madrid, se dejó buena parte de su vida: la más especial, la más necesaria, la más importante.

Aquellos recuerdos han llenado sus párpados de vacíos y de arrugas, de miedos y de anhelos. Sin embargo, su ilusión renovada sabe a sueños por cumplir, a caricia de Adviento, a alegría que estremece: «Yo me pasaba ahí las 24 horas del día, salvo cuando salía a robar, e imagínate cómo iba», me confiesa, con la voz hecha un nudo; «yo, que nunca he dañado a nadie, me sentía muy mal cuando lo hacía. No sé ni cómo podía robar». En la Cañada «me buscaba la vida como fuera», continúa, «pero aquello solo era sexo, maldad, malos tratos… Todo, a cambio de droga». Pero «aunque muchas veces intenté quitarme la vida, creo en la esperanza que me han enseñado las religiosas adoratrices», insiste, como puede, «porque una vez conseguí salir de esto y no voy a volver jamás».

«Tras caer presa, descubrí que Dios no me había dejado morir»

A veces, las rosas se abren en soledad, despacio, para adornar los rincones donde habita la amargura. María José nació en un pueblo de Segovia, en el regazo de una madre tan buena como ella. Pero nada más cumplir 19 años, se fue a Madrid a estudiar Filosofía. Y aunque su vida nunca fue demasiado fácil, ella nunca dejó de soñar… «A finales de 2013 una orden judicial me echó del domicilio en el que vivíamos mi marido, mi hija y yo. El 20 de diciembre de ese año me encontré en la calle. Estaba en plena recaída, por lo que continué consumiendo. Al principio vivía en Madrid, pero me daba mucho miedo y preferí irme a Valdemingómez», confiesa, con el corazón pesaroso, desde una de las casas de Cáritas Madrid que ahora le acoge. «Aquí he encontrado un hogar donde comer, dormir y estar. Por las mañanas hago cursos para adictos, y me están cuidando mucho. Pero es que en la Cañada lo pasé tan mal…», insiste, mostrándose tan vulnerable como lo fue en ese suburbio de barro, cenizas y miedo.

Yo le animo a cambiar de horizonte, aunque intuyo que ella necesita deshacerse de ese huracán que llenó sus uñas de tierra y su piel de brechas abiertas. «Un día normal era levantarte, tener mono, buscar algo donde fuera, dar un masaje a alguien, vender dentro de una casa con el riesgo de que, si había un cacheo, sería yo la que fuera presa por venta, y no la dueña… Me jugaba la vida, pero prefería eso a estar sobreviviendo en la calle y prostituyéndome por una ralla. Era muy peligroso y el precio podía ser grande. Gracias a Dios nunca me pasó nada. Y tras caer presa, descubrí que era Él quien no me había dejado morir allí».

«Me drogaba para que no me doliese el alma»

De repente, el hilo de voz que mantiene con aliento a María José —tan rica en desprecios y soledades— se desvanece por completo. Como un pájaro libre en un despoblado de tinieblas, como si buscase un refugio donde saberse a salvo. «No te imaginas la vergüenza que pasé cuando las hermanas se presentaron en la Cañada para rescatarme de allí…», revela, entre sollozos asustadizos. «Me había desenganchado durante algún tiempo, pero volví a drogarme para no pensar, para que no me doliese el alma; necesitaba una coraza para no tener un solo pensamiento sobre mi hija o mi marido que me matase. Me ponía porque intentaba cubrir esa herida que tanto me dolía».

Da la impresión de que habla a modo de defensa, aunque después acaba volviendo a los ojos que enjugaron hasta la última de sus lágrimas… «Cuando Toñi e Iluminada —religiosas adoratrices— aparecieron en la Cañada, a mí se me cayó el mundo encima porque me viesen así. Había vuelto a caer. Sin embargo, jamás me juzgaron o me recriminaron nada. Al contrario. Me llevaban comida y ropa, intentaban convencerme de que lo dejase y volviese al centro… Y, después, cuando entré en prisión, me acompañaron en todo momento: me visitaban, me llamaban, me buscaron un sitio para cuando saliese…».

María José habla de las Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad: mujeres apasionadas por Cristo Eucaristía, a quien celebran, viven y contemplan sin descanso. De esta manera, en espíritu y en verdad, descubren y escuchan a Dios donde el dolor clama a gritos, especialmente en las mujeres que más sufren. En silencio, contemplando su alma, abrazando la vida. Y son ellas su olor familiar, su vuelta a casa, sus sábanas recién cambiadas: «Yo no quería vivir. Intenté abandonar varias veces, pero después no me atrevía… No deseaba vivir así, hasta que un día me dije: “¿Y si es verdad que esto es solo un camino y que hay un mañana mejor?”. Y, en medio de toda mi historia, estas hermanas nunca me han abandonado; hasta en mis peores momentos y cuando menos lo merecía, han estado conmigo. Me quieren mucho, y yo a ellas también», reconoce emocionada. Y cuando parece que ya no le quedan confesiones por pasar a limpio, regresa al amor que le mantiene con el alma en pie: «Es que ellas son mi familia, la mejor familia que he tenido en mi vida después de mis padres».

«Él me regala la sonrisa de cada día»

La mirada de María José, lenta y delgada por el peso del desconsuelo, es un brote de vértigo eterno. Pero se sabe a salvo, merced a la pasión contemplativa de esas hermanas que solo ansían ser Eucaristía, como pan que se parte y reparte, y vino que sabe a presencia. Y también por culpa de Dios, que llora con ella cada noche de angustia y cada día de gozo… «Yo sé que, con Dios, todo es posible, y con darle las gracias Él me ayuda, y con decirle lo que siento voy notando que me va llenando de su amor». Y todo «sin reclamarme nada», reconoce, en un sutil movimiento de cabeza. «Al revés, Él me regala la sonrisa de cada día».

Una confidencia que, a modo de ofrenda, posa sobre el único deseo que le queda en sus labios: «Tan solo deseo ser libre. Tan solo eso. ¿Tú me ayudarás?». Y tras un silencio mudo y espacioso, percibo que la pregunta es para mí… «Por supuesto, María José, en todo lo que pueda», respondo a media voz. «Gracias, muchísimas gracias por decírmelo», revela ella, entre lágrimas, sin ser consciente de la lección de vida que acaba de plantar en un jardín de palabras donde, cuarenta y dos minutos antes, tan solo había escarcha.

«Llevamos ya dos meses sin luz y la situación es desesperante»

El frío en el sector 6 de la Cañada es cada vez mayor. Dicen, incluso, que la noche anterior el termómetro rozó los cero grados. Voy en busca de Toñi, esta religiosa que acude allí a acompañar a mujeres como María José que, estando en aquel arrabal de amargura, han ingresado en prisión. Lo hace para que, a su salida, no regresen a dicho lugar. Pero antes me espera un encuentro muy especial, en el corazón de esta barriada donde cuesta tanto ordenar las lágrimas…

«Padre Agustín, ¿cómo estás?». Le hablo de tú, porque es el terreno de juego donde más a gusto se siente. Y yo también. Es Agustín Rodríguez, el párroco de Santo Domingo de la Calzada desde hace trece años. Este madrileño convocó hace unos días una semana de ayuno y oración por la insostenible situación que se está viviendo en la Cañada Real por la falta de luz. «El escenario de ahora es más o menos el mismo, no ha habido absolutamente ningún cambio ni mejora. Llevamos ya dos meses sin luz y esto es desesperante», expresa, de entrada, poniendo en las plantaciones de marihuana el foco del incendio. «Esto genera una sobrecarga en el tendido eléctrico y hace que se caiga la capacidad de la red», y «ahora hay unas 4.000 personas —1.800 niños, entre ellas— que son rehenes de este secuestro».

«¿Y qué hace un cura ahí, en medio de todo eso?», le pregunto. «En primer lugar, cabrearse como una mona», contesta enseguida, entre la resignación y el disgusto. «Después, vamos intentando desde la parroquia apoyar lo máximo en todo lo que se está viviendo». El sacerdote de 58 años admite que este problema arrastra secuelas muy serias… «El que la población esté sin luz tiene muchas consecuencias: ¿qué haces en casa sin luz, desde las seis de la tarde? Los niños no pueden hacer sus deberes y, en relación con el estudio online, se quedan totalmente fuera de juego porque no tienen posibilidad de acceder a los dispositivos». Niños, continúa, «que huelen mal», porque «no se pueden lavar y no van al cole»; y «no tienen lavadoras para la ropa y hay que secarlos con una lumbre, por lo que huelen a humo y esto genera situaciones de abandono en la asistencia a clase». Por esto, «el absentismo escolar se ha disparado en estos dos meses. Y dos meses en estos chicos puede suponer la perdida del curso». Y «también sufren los enfermos, quienes dependen de aparatos eléctricos para su salud».

La cruz, la resurrección y la vida

Agustín se interroga hasta imaginar a Dios en la forma del pobre. Y también en el eco del dolor. Porque sabe que, más al sur del olvido, habita una añoranza que viene revestida de fe: «Este tipo de situaciones te pone en el límite entre lo humano y lo inhumano. Y aquí, en la Cañada Real, vive Cristo, el sufriente y el resucitado». Porque «la historia es un continuo, una sucesión de experiencias y de momentos», reconoce, «y hoy puedes estar tremendamente preocupado por la luz y, de repente, nace un niño; o puedes estar agobiado por el tema de las plantaciones y, de repente, alguien tiene un realojo; o alguien es capaz de superar un examen de grado, o el ingreso a la universidad…». Al final, insiste, sin necesidad de maquillar ningún fracaso ni de arrancar la esperanza de su armadura, «la vida es un cúmulo de cosas, no es solamente cruz o resurrección; es la cruz y la resurrección, y la resurrección necesita pasar por la cruz porque es inherente a ella, y la cruz desemboca en la vida». Y, entonces, «¿el papel Dios?», le interpelo. «Dios está inmerso en toda esa historia», alega, con la respiración tan templada como su credo.

El rostro de Jesús se ve en cualquier realidad humana. En cualquiera. Con más fuerza, cuando más duele vivir, en la certeza de la cruz. «El rostro de Cristo es el rostro de sus hermanos, son los hijos de Dios los que expresan el rostro del Padre en la historia», añade el párroco, que ya suma 29 años consagrado al amor de sus entrañas. Por lo tanto, «el rostro de Cristo se encarna a diario en la Cañada».

«Dios no va a ser quien dé la luz»

En la Cañada Real se pueden vender en un día hasta 12.000 dosis diarias. Pero Agustín, como tantos otros, luchan por demostrar que allí, en el mayor supermercado de la droga de Europa, también hay humanidad. Los 16 kilómetros de extensión de esta antigua vía pecuaria —dividida en seis sectores que colindan con los municipios de Coslada, Madrid y Rivas—, donde las chabolas salen ardiendo porque las ratas se comen el plástico de los cables de la luz, también hospedan a Dios. Aunque, a veces, parezca que se esconde…

«Muchas veces —cuenta el padre Agustín, mientras mira al teléfono porque espera una llamada importante— fomentamos una imagen de Dios muy naíf. Pensamos que Dios es el que resuelve los problemas; y, entonces, cuando uno crece y se da cuenta de que Dios no los resuelve, entra en crisis la imagen de Dios». Momento que el sacerdote aprovecha para desligar de su corazón algo que parece que le conmueve demasiado. «Yo creo que ese ha sido uno de los grandes errores de la Iglesia en muchos años, el de intentar presentar a un Dios que resuelve papeletas. Y si alguien cae en la tentación de pensar que Dios es el que resuelve las papeletas, que mire a la cruz», confiesa sin miedo. «¿Entonces Dios no resuelve?», le pregunto yo, confiado en que en la mirada Dios caben las miradas de todos los espejos. «No, Él da sentido, a la vida en lo concreto y en lo abstracto que es la historia», responde.

«¿Y dónde está Dios en medio de todo esto?», le reclamo, de nuevo. «Ahí, en medio», susurra, «es que no puede no estar». En algún momento «lo podremos descubrir en su sentido pleno, pero cuando la vida se va viviendo, el sentido de lo que Él propone es difícil». Y entonces me acuerdo de los discípulos del Maestro, cuando apenas entendían sus palabras y siempre iban a remolque de lo que Jesús les iba presentando como realidad de Dios y como realidad del Reino. Apunte que, enseguida, retoma el párroco… «Así vamos, como los discípulos, que no terminaban de entender». Por eso, «no nos confundamos, Dios no va a ser quien dé la luz, esto lo tenemos que hacer nosotros; y Dios es el que será capaz de iluminar esto, valga la comparación, para que tenga sentido y genere vida, que en definitiva eso es lo que ha ocurrido siempre». Desde el destierro a Babilonia, pasando por cualquier otro tipo de acontecimiento en el que resalta la cruz, «todo aquello que ha sido dolor, ha terminado generando vida, y esa es la propuesta del Dios de la vida», declara, mientras se deja anochecer en sus mejillas.

«Aquí vertemos todo en la Eucaristía»

Al final, la Palabra de Dios es una propuesta que se tiene que hacer historia. Ese es el sentido de la Encarnación; si no, no habría sido necesario que Dios se encarnase. Agustín lo vive a diario en la Cañada, pues sabe que «tenemos que seguir siendo amalgama que facilite, que aúne, que permita que otros puedan encontrarse y, en este caso, reencontrarse porque se han separado y distanciado». Una promesa que, cada domingo, hace presente en el altar, porque esta parroquia no podría entenderse sin sus Misas… «Aquí todo sale de la Eucaristía y todo vuelve a la Eucaristía el domingo siguiente. Es una puesta en común, haciendo lectura creyente de lo vivido y de cómo se ha manifestado (o no) el rostro de Dios».

Cristo «se hace presente en la Eucaristía» y para nosotros «es fundamental porque es donde vertemos todo». Y para ellos, explica, por la intensidad con la que se vive, «es más sencillo reconocer lo que expresamos en el símbolo; es decir, recogemos nuestra vida, son nuestros dones y los ponemos encima del altar, sabiendo que sin Dios no son nada». Con lo cual, «la fuerza del Espíritu es la que transforma esa vida y esos dones que llevamos en el Cuerpo y la Sangre de Jesús». Y eso «revierte en que, a partir de ahí, se prepara la siguiente semana». Una presencia, sin duda alguna, donde yacen todas las lágrimas del otoño, pero también de la primavera, le trato de expresar —antes de nuestra despedida—, aunque él ya se lo sabe… «Intentamos, de nuevo, reconstruir o avanzar en lo que Dios nos va pidiendo, y el domingo siguiente volvemos otra vez a empezar…», descubre este generoso y compasivo sacerdote, antes de abandonarse a otra llamada que requiere de todos sus sentidos para desanudar algunas tristezas.

Junto al rostro crucificado de Jesús

En este vertedero social es necesario cuidar el silencio de demasiadas mariposas heridas: que nunca deshojaron una margarita, que ya olvidaron hasta hablar. Antonia López acude, desde hace cinco años, a esta tierra tan de barro y desconsuelo. Acompaña a mujeres que, como María José, transitan por la vida sin un horizonte donde morar. «Toñi, ¿qué hace una religiosa adoratriz como tú en un sitio como este?», le pregunto, mientras siento en su mirada ese rumor de eternidad que luce el vacío. «Acoger, escuchar, respetar, no juzgar, creer en la persona, posibilitar el encuentro, acompañar… Y, a partir de ahí, se desencadenan procesos de sanación y de reconstrucción de la propia vida», manifiesta, a contraluz, como se dan quienes sanan de puntillas, porque no sabe ser de otro modo.

Y en un alarde de amor, braceado en un mar infinito de aguas, desenvuelve el secreto mejor guardado… «Aquí se ve el rostro de Jesús en el rostro herido de cada persona y se escucha a Jesús que sigue diciendo “tuve hambre y me diste de comer, sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, en la cárcel y viniste a verme…, Cada vez que lo hiciste con el más pequeño de mis hermanos, a mí me lo hiciste…”. Aquí se ve con gran claridad el rostro crucificado de Jesús, que no te deja indiferente, sino que suscita interpelación, responsabilidad, compasión, solidaridad y compromiso».

«¿Por qué permitimos todo esto?»

Con olor a tierra mojada, y ante tanta jeringuilla hundida bajo el barro, Toñi se reviste de plegaria —como hace desde hace 38 años, cuando decidió consagrar su vida como religiosa al Amor que siempre llega— para adornar cada letra del credo: «Tantas vidas rotas y empobrecidos de la Cañada son los crucificados de este mundo y de este momento histórico».

Y lo hace al estilo de santa María Micaela, su fundadora y la hoja preferida del libro de su vocación. Porque ella poseía una dimensión contemplativa que proyectaba en su apostolado de liberación de las mujeres con graves problemas de marginación, por prostitución y otras formas de exclusión social. Y en ese mismo latido escribe esta religiosa su poema… «Yo entiendo que Dios está en esta barriada interpelando nuestra conciencia, las estructuras y dinámicas injustas de nuestro mundo». Y «estoy convencida de que Dios, aquí, sigue clavado en la cruz». Para mí, reclama, con las manos y los ojos mirando al cielo, «la pregunta sería: ¿Por qué los seres humanos, nuestra sociedad y nuestros gobiernos permiten todo esto?». Un pensamiento lanzado al aire que desea caer en tierra buena, y que acompaña sus pasos más cansados, más agrietados, más rotos.

«Siempre juntos y yo cada vez más suya»

La confianza hace que el encuentro rompa las normas y reavive los quereres. Así que vuelvo a la conversación de nuestro primer encuentro, hace ya muchos años: «Toñi, y aquel «siempre estaremos juntos, y yo seré siempre tuya» que le dijiste al Señor el día de tu Primera Comunión, ¿sigue latiendo con el mismo amor?». Me lo reveló una fría tarde de enero, y no puedo evitar volver la mirada hacia esa confesión con la tierra de la Cañada Real besando nuestros pies. Su sonrisa, desde luego, no deja lugar a la duda… «Después de todo el tiempo que ha pasado, sigue latiendo con el mismísimo amor. Ni un solo día de mi vida ha sido diferente, y lo que empezó siendo un gran deseo y sueño de niña, se ha ido haciendo realidad: “Siempre juntos y yo cada vez más suya”. Lo vivo y experimento con gran alegría y gratitud, convencida de que la iniciativa no fue mía, sino que fue puro regalo de su gran amor y de su fidelidad».

Y en medio del andar, necesita desatar sus sandalias porque sabe que está pisando tierra sagrada. «¿Sabes? Gastarse y desgastarse por amor es el verdadero sentido de la vida», expresa convencida, sin dejar de contemplar —con tristeza— cada casa de cartón que yace entumecida por el frío. Y también por el dolor. «Nuestro gran modelo es Jesús, quien se entregó hasta el extremo y se sigue entregando cada día en la Eucaristía. Esta es la vocación adoratriz, ser pan que se parte y reparte para que otros tengan vida». En este sentido, «asumimos los desafíos de la misión y sus riesgos, entregándonos diariamente. Allí donde la vida es amenazada y herida, nosotras ponemos signos de resurrección».

Un enclave no habitado de riesgos, pero que aguanta abrigado, aunque a veces también sangre por amor. Como santa María Micaela, «nosotras miramos el mundo desde la Eucaristía, es el centro de nuestra existencia, que nos moviliza a descubrir su Presencia en el mundo». Empapadas de este inmarcesible amor, anuncian la Buena Noticia del Banquete del Reino en el que se parte y comparte el Pan para todos, sin excluir a nadie… «A nutrirnos del Cuerpo roto y la Sangre derramada, y sentimos comprometidas a entregarnos en donación y servicio; a hacer memoria de la Muerte y Resurrección de Jesús, reconociendo y asumiendo la realidad de muerte y vida con la que cada día nos encontramos». La Eucaristía, concluye mientras se cuenta las arrugas de sus manos, «alimenta nuestra vida, y nuestra vida se convierte en Eucaristía».

La vida es más fuerte que la muerte

Ya se ha hecho demasiado tarde en la Cañada Real. Ni siquiera quedan llamas de bidones por arder. Al fondo, a modo de rumba, dos niños entonan un prestigioso estribillo, y lo adornan de oración: «Resistiré para seguir viviendo, soportaré los golpes y jamás me rendiré, y aunque los sueños se me rompan en pedazos, ¡resistiré! ¡resistiré!».

Entonces, tal vez, aún no es tarde para abandonar. Al menos del todo. Suena mi teléfono. Es el padre Agustín. «Escucha, que antes se me olvidó decirte algo», susurra, con su voz tan entrada en batallas. «Mira, si yo sigo a un Crucificado que resucitó de entre los muertos, ¡esto tiene que estar tirado! Si nuestra fe expresa que la muerte no tiene la última palabra y que la vida es mucho más fuerte que la muerte, estas muertes que estamos viviendo nosotros ahora aquí, tienen que dar paso a la vida. Pero anótalo bien. ¿Lo has apuntado?». Y, ante mi «sí», me confiere un solo atisbo de su inmensa generosidad, me empapa de esperanza y me deja de regalo su risa.

Y así, la vida —de la mano de María José, de Agustín, de Toñi y de tantos otros que se ofrecen solamente por servir— se va abriendo paso entre las heridas. Mirando con los ojos de Jesús para sentir con el corazón de Dios. Desde dentro. Viviendo en el reflejo de un catecismo encarnado en la Doctrina Social de la Iglesia. Donde claman las espinas y la cruz. Y también la sonrisa, porque ellos son la mirada tierna del Señor allí donde la lumbre huele a nostalgia, a recuerdo entrelazado, a hojas secas que unas manos buenas recogieron la penúltima noche que fueron rescatadas por amor.

Por Carlos González
@charlywriter_



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